Nuevos patrones para la globalización

El comercio es hoy una cuestión de seguridad doméstico, y va a serlo por un amplio tiempo. Desde esa premisa estamos viendo una reordenación de los límites y principios que rigen la globalización. Caminamos cerca de una hacienda más fragmentada y menos cooperativa, donde priman los intereses geopolíticos frente a la eficiencia de mercado. Continuamos, y continuaremos, viviendo en un mundo profundamente interconectado, pero se moldean patrones de nueva etapa de la globalización.

Bajo esta método, el presidente Joe Biden ha puesto en marcha enormes inversiones y subvenciones públicas que pretenden dopar a sus sectores estratégicos, especialmente el tecnológico y la hacienda verde, promover el Made in America y recuperar puestos de trabajo industriales y de buena calidad. Una política ambiciosa, no exenta de riesgos y egoísmo, pero que tiene el potencial de combinar la competencia geopolítica, la lucha contra el cambio climático y la procreación de empleo.







Si queremos que Europa se adapte al nuevo decorado internacional, debe impulsar un mecanismo para movilizar capital para una política industrial estratégica

Por su parte, China ha construido un capitalismo de Estado donde siempre fue difícil discernir entre lo conocido y lo privado y donde, delante todo, prevalecen los intereses nacionales. Semiconductores, energía renovable y baterías son algunos de los campos de batalla donde los grandes bloques querrán evitar dependencias y en los que se juega la competitividad del futuro. Especialmente descarnada está siendo la rivalidad sino-americana en el ámbito tecnológico.

Y a este nuevo contexto, un plan como la Unión Europea, que había hecho de un mercado competitivo y extenso su identidad, va a tener que adaptarse. Tras poner en marcha un pionero aparato de inversión, el Next Generation EU, cimentado en deuda mancomunada, abrimos el llave al tabú de las ayudas de estado y canalizamos fondos europeos cerca de sectores estratégicos, ganando en autonomía y acelerando la transición ecológica.

Pero los riesgos de este nuevo molde no son pocos. Podemos acontecer de una querella de aranceles a una de subvenciones, examinar en las presiones inflacionistas y convertir la hacienda total en un conjunto de suma cero. En el caso europeo, si hacemos reconocer la competitividad de sectores secreto de la hacienda de los márgenes fiscales nacionales, corremos el peligro de agravar asimetrías y aclarar una nueva hueco socioeconómica interna. Como ejemplo, Francia y Alemania acapararon el 77% de las ayudas a empresas por la crisis de Ucrania, generando una enorme distorsión en el mercado popular europeo.

Si queremos que Europa se adapte a este nuevo decorado internacional, actúe con eficiencia y mantenga su dispositivo, es necesario poner en funcionamiento un aparato permanente europeo que movilice capital para una política industrial estratégica. Eso ya es hoy una de las discusiones en Bruselas y podría tomar forma de Fondo Soberano europeo.

A su vez, España está desplegando un Plan de Recuperación que incluye proyectos sectoriales de carácter clave donde la colaboración público-privada es esencial para percibir competitividad. En Catalunya, el acuerdo sobre unos Presupuestos para la Generalitat debiera poner en marcha su maquinaria para modernizar nuestro tejido financiero. Son señales alentadoras que los poderes públicos asuman la responsabilidad que este nuevo tiempo requiere, porque sólo quien se adapte con agilidad a los nuevos patrones de la globalización garantizará su prosperidad para las próximas décadas

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