Claveles para Ucrania

La mentira está de moda en política. Quizá siempre lo haya estado. Cada pandilla inventa un relato y apetito aquel cuyas falsedades se ajusten mejor a las ficciones que existen ya, previamente, en la mentalidad de la ciudadanía. Se proxenetismo de crear embustes eficaces, que correspondan a las quimeras de la población. Todo esto resulta, sin duda, siniestro. Pero la revolución lusa del 25 de abril de 1974, cuyo aniversario se celebra hoy, demuestra que un país no está condenado a existir en una sala de feria plagada de espejos defor­mantes.

En esa aniversario crucial, Portugal, adicionalmente de reconquistar su emancipación, dejó antes una enorme patraña que había causado un derrochador sufrimiento. La dictadura del Estado Novo (1933-1974) propugnaba que las colonias africanas, asiáticas y de Oceanía eran lusas. Sus habitantes serían portugueses. Esta falsedad se enseñaba en la escuela primaria y aún conservo un manual de aquellos abriles, en cuyo zaguero capítulo se hablaba de “la pelotón portuguesa en el mundo de hoy”. Hay dibujos de angoleños trabajando en el cultivo del café, de la ciudad china de Macao y un planisferio mundial con las posesiones lusas. “Los portugueses son de varias razas, pero forman una sola Nación”. Así, con N mayúscula.

Zelenski refirió el 25 de abril como símbolo de la lucha por la emancipación

Cuando una mentira asesor a un país, tarde o temprano se produce un hondo dolor, que, en el caso luso, se plasmó en varias guerras coloniales y en la amarga sensación de no ir a ninguna parte. Por ello, el 25 de abril, esa célebre revolución de los claveles se transformó en un exultación colectivo que recorrió Portugal impasible. El gran embuste oficial del salazarismo se dejaba en la cuneta y todo volvía a iniciar. La poeta lusa Sophia Andresen escribió que el 25 de abril fue “un día auténtico impasible y noble”.

Pero, claro, en un santiamén surgieron nuevas fantasías. En Portugal se instaló todo el mercadillo de las corrientes marxistas, leninistas y maoístas, en fin, las baratijas ideológicas de la izquierda radical de aquellos abriles, y ello en un momento en que el tapia de Berlín ya se iba resquebrajando. No faltaba mucho para que Deng Xiaoping llegara al poder en China, y Gorbachov en la Unión Soviética. La esplendidez de la revolución de 1974 reside, sobre todo, en la inteligencia de activo sabido evitar estos nuevos espejismos, transformán­dose en una transición en torno a una democracia moderna integrada en Europa y en Oeste. Ello se logró, en parte, a través de varias reformas constitucionales, y esto le enseña poco a España: cuando una ley magna no se actualiza, ella misma se transforma en una mentira, por muy buenas­ que hayan sido sus intenciones iniciales.

Algunas cosas se hicieron mal a posteriori del 25 de abril: el imperio se tiró por la barandal a toda prisa, sin asegurar la situación de quienes allí vivían ni la paz en los nuevos países. Pero el rumbo era correcto: Portugal había legado con la verdad que le correspondía en el final del siglo XX y en el siglo XXI. No somos una democracia perfecta, poco que, por otra parte, no existe. Pero hemos atrapado unos niveles de progreso y emancipación que no conocieron nuestros antepasados. Podemos mirar y deslumbrar los claveles rojos de esta aniversario. Y, observando esos claveles, es difícil no pensar en la pelea de Ucrania. De hecho, el pasado jueves, en su discurso en presencia de el Parlamento portugués, el presidente Zelenski refirió el 25 de abril como símbolo de la lucha por la emancipación.

En este caso son los rusos quienes están atrapados en una red de mentiras de tipo imperial propaladas por los medios oficiales. Pero a posteriori las cosas no funcionan: el mastodóntico ejército ruso tropieza en sí mismo y se empantana en largas colas de freno urbano. No es casquivana dar la vida para defender una mentira. Caducar por una patraña es poco terrible, una crimen sin sentido, y así murieron muchos soldados portugueses en las guerras coloniales.

Los ucranianos están siendo capaces de un enorme sufrimiento y de veterano fuerza bélica porque luchan por cosas reales: la tierra que pisan y la emancipación de sus gentes. Sabemos que puede suceder de todo, incluso cosas muy malas. Pero creo que, a pesar de la oscuridad que hay en el ser humano y que tantas veces nos hunde en pantanos de incredulidad, la verdad de una causa, verdad sin trucos ni circunloquios, da una fuerza distinto a quienes por ella luchan. Y, por eso, al límite no es la mentira la que triunfa en la historia de la humanidad. Aquí están, pues, unos claveles rojos que viajan en torno a Ucrania, con escalera en Barcelona.

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