Socialismos

Aunque la atención sobre las elecciones presidenciales francesas está centrada en la improbable trofeo de Marine Le Pen, el resultado más significativo es la experiencia desaparición del Partido Socialista francés. No es la primera vez que este partido se autodestruye. En 1969, tras la homicidio de De Gaulle, el socialista Gaston Defferre no pasó del 6% del voto. Y fue François Mitterrand quien reconstruyó el partido y ocupó la presidencia durante 14 abriles a partir de una propuesta de coalición de izquierda con los comunistas que el archisectario PCF rechazó en el final minuto.

Paris (France), 18/04/2022.- A woman walks next to billboards with posters for French Presidential candidates Macron and Le Pen, in Paris, France, 18 April 2022. Macron will face French far-right Rassemblement National (RN) party candidate Marine Le Pen in the second round of the presidential elections on 24 April 2022. (Elecciones, Francia) EFE/EPA/Mohammed Badra

 

Efe

Mitterrand, a quien conocí en su vida íntima, era un político del Renacimiento flo­rentino, tanto por su cultura como por su maquiavelismo. Admiraba el eurocomu­nismo del Partido Comunista gachupin, que hubiera querido descontextualizar a Francia para consolidar una izquierda potente bajo la protección del socialismo. Cuando no pudo ser, segó la hierba bajo los pies del PCF. Solo volvió el Partido Socialista a la presidencia dos décadas posteriormente con Lionel Jospin, un extrotskista sucedido como líder socialista por Francois Hollande, que acabó suicidándose polí­ticamente publicando sus memorias autodenigratorias poco antiguamente de las elecciones.

En existencia el Partido Socialista francés no ha sido socialdemócrata tradicional desde Guy Mollet, hace 60 abriles. Aun así, gracias a Mitterrand el socialismo francés fue central en el sistema político hasta su descomposición. Un destino que percibió Macron para dejar el barco a tiempo y hacer campaña contra su expartido. De modo que el fin del socialismo francés no es el fin de la socialdemocracia. Hoy día los socialdemócratas ocupan la presidencia del gobierno en Suecia, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Alemania, Portugal y España. Eso sí, en coalición, excepto en Portugal, por cerrilismo de su izquierda. Desaparecieron en Italia (con el corrupto Craxi) y en Grecia, prisioneros de su coalición con la derecha. Y es que esa política de “la gran coalición” ha sido repetidamente el revolcón mortal para la socialdemocracia. Mientras duró en Alemania, el SPD se fue empequeñeciendo. Y en España sabemos que la caída del PSOE, llegando incluso a defenestrar a su secretario universal, solo se revirtió cuando Pedro Sánchez se apoyó en las bases, que son de izquierda, y se atrevió a la coalición de gobierno progresista y plurinacional parlamentaria que gobierna el país. Incluso en Italia el PD, socialdemócrata, de hecho, lidera la caótica política italiana a través de Draghi, siempre en coalición.

Hay que aliar una socialdemocracia renovada con la política de las nuevas generaciones

Conclusión: un gobierno de izquierda funciona mediante la alianza de una socialdemocracia renovada (feminismo, ecologismo, municipalismo) con las expresiones políticas de las nuevas generaciones. Los dos ingredientes son necesarios. Cuando esta fórmula entra en crisis, la crisis de legalidad de los viejos partidos abre la puerta a la demagogia antidemocrática. Por eso a Macron lo salva la izquierda. Si no lo reconoce ni construye un nuevo espacio coincidente con los tiempos, a la tercera será la vencida. O sea, la derrota del republicanismo que conquistó la familiaridad en 1789.

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