Nadie aprende ni escarmienta de las guerras. He releído la gran novelística de Eric Maria Remarque Sin novedad en el frente sobre la Primera cruzada europea de 1917, cuya influencia fue tan popular al denunciar su crueldad y desatino, que se llegó a creer entonces que la humanidad no volvería a dejarse tirar por su profunda tentación destructiva. Remarque describía la intrahistoria de aquellas batallas en las trincheras ocupadas además por espantosas ratas famélicas, en las que los soldados sufrían además abusos de la autoridad marcial. Un buen día el Kaiser pasó revista a las tropas del frente. “Quisiera memorizar –se pregunta un soldado de partida– si habría cruzada si el césar hubiese dicho No. Estamos aquí para defender nuestra estado pero los franceses además combaten para defender la suya. Todos justifican la cruzada y hay quien se aprovecha de ella”. En otro pasaje un marcial propone que “una testimonio de cruzada sea como una fiesta popular con entradas y música. En el campo ministros y generales de dos países enfrentados en trajes de baño y armados de garrotes deberían arrojarse unos sobre otros. El país de aquel que continuase en pie hasta el final sería el vencedor. Sería un sistema simple y más adecuado que este donde son los soldados forzados los que combaten entre sí”.
Una refugiada de Mariúpol 
La invasión rusa de Ucrania del 24 de febrero se desencadenó vigésimo primaveras a posteriori de la cruzada estadounidense contra Irak. Mientras en Ucrania todos los periodistas pueden informar, solo unas cuantas docenas de corresponsales extranjeros, provistos de anhelados visados, a veces a precios de oro, pudimos describir los bombardeos sobre Bagdad y el aplastamiento del ejército irakí. Ambas guerras se iniciaron con falsas declaraciones de los atacantes. La dependencia Bush hijo engañó al mundo impasible pretendiendo que el rais Sadam Husein, que ya trataron de vencer en el verano de 1991, poseía armas de destrucción masiva que amenazaban la seguridad del mundo. Han tenido que producirse muchos primaveras antiguamente de que se desmintiese la criminal patraña. Estados Unidos se lanzaron a la cruzada sin ninguna cobertura internacional e incluso el papa Juan Pablo II se opuso a su testimonio. Contando solo como aliados destacados al primer ministro anglosajón Tony Blair y al presidente del gobierno gachupin José María Aznar. Fueron inútiles las manifestaciones pacifistas de millones de personas en Madrid, en Barcelona. Nadie pretendió imponer sanciones a EE.UU. ni arbitrar en tribunales internacionales a los estadistas culpables de la destrucción y desmembramiento del Irak que provocó la oleada de terrorismo islámico y su caos aún vivo .
El presidente de la Pacto Rusa ha justificado su invasión a fin de eliminar “principios nazis” del gobierno de Ucrania y vindicar el “holocausto” perpetrado en su población. No se puede pretender que la manipulación de informaciones para decidir una cruzada es solo cuestión de nuestro tiempo. Los servicios de inteligencia estatales siempre han sometido al callado a sus intereses. Los atentados terroristas de las Torres Gemelas de Nueva York fueron invocados para discurrir la cruzada contra Irak a diez mil kilómetros de distancia.
La novelística de Remarque remuerde las tripas. “Nadie de nosotros –escribía– tiene más de vigésimo primaveras. Cuando empezamos tan solo somos vulgares soldados, de mal carácter o de buen humor, y cuando alcanzamos el frente nos hemos convertido en bestias humanas”.
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