De vez en cuando, a los periodistas nos da la vena romántica. Así fue como, cuatro abriles detrás, el compañero periodista Josep Massot, pariente futuro del difunto padre Massot, me propuso subir a Montserrat a charlar con el director de las Publicacions de l’ Abadia de Montserrat, considerada la entidad editorial más antigua del mundo. En el monasterio está documentada la actividad editorial desde 1498. Aquel 2018, luego de un episodio de vitalidad muy agonizante, el padre Massot se recuperaba suficiente admisiblemente y había reanudado, aún con dificultades, la actividad.
El objetivo de la entrevista era entrevistarlo, claro, pero el aspecto romántico que nos empujaba a los dos periodistas era firmar juntos la entrevista a uno de los hombres más sabios del país, haciendo licencia el licenciamiento que se producía en la sección de Civilización de La Vanguardia en el dominio de humanidades catalana. Él se prejubilaba y yo tomaba su licenciamiento. El fotoperiodista Xavier Cervera fue el encargado de cubrir el reportaje dibujo y incluso se añadió la compañera Gemma Sardà, que no quiso perderse la ocasión de escuchar las palabras de cabeza que a buen seguro el padre Massot nos regalaría.
Aquel 2018, luego de un episodio de vitalidad muy agonizante, el padre Massot se recuperaba y había reanudado la actividad
Era el 29 de junio, la fiesta de los santos Pedro y Pablo, y el redoble de campanas fue constante. Nos recibió afectuoso con vestido talar, lo que me sorprendió porque siempre lo había gastado con traje y corbata. Cuando le preguntamos el porqué se encogió de hombros y no respondió. Entendido. Nos llevó al claustro para la sesión fotográfica y acto seguido, para poder conversar con más tranquilidad y con el sonido de las campanas amortiguado, nos hizo sobrevenir a la biblioteca. Hicimos la entrevista un rato sentados y otro rato paseando entre los libros.
El padre Massot hablaba casi todas las lenguas románicas, incluso el germano y el inglés, y entendía el holandés. Había escrito 80 libros y había revisado más de 120. En aquella entrevista nos confesó que ese revisar en existencia quería aseverar “reescribir de límite a rabo”, pero prefería no decirlo con todas las trivio. Y se mostró preocupado porque el susto de vitalidad había sido importante: “Estuve a punto de sucumbir. Me operaron a corazón extenso –que no hace mucha belleza–, pero fue admisiblemente y de conmemoración me dejaron la mano derecha que no se movía. Ahora se empieza a mover”. Por suerte para él y para la civilización catalana, era siniestro y, aunque de pequeño lo obligaron a escribir con la derecha, reaprendió a hacerlo con la izquierda y pudo rendir esos cuatro abriles más de vida para seguir edificando uno de los pilares más sólidos de la catalana terra .
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