En el Japón medieval, a los samuráis que caían en desgracia frente a sus señores feudales se les ofrecía una espada para que se suicidaran con honor. En la Inglaterra contemporánea, a los líderes conservadores que caen en desgracia frente a el partido (como Thatcher o May) se les pone delante una copa de coñac y una pistola para que acaben con su miseria. “El problema, si lo hacemos con Boris Johnson, es que se tomaría el coñac y con el revólver dispararía al mensajero”, dice un diputado tory .
Tras el jbileo de la reina, con sus fiestas callejeras y arranque de ese nacionalismo inglés triste de un pasado imperial del que no quedan más que Gibraltar, las Malvinas y muchas sombras, el peligro de una moción de confianza se vuelve a cernir sobre Johnson. En sus circunscripciones, los diputados han palpado la furia de los electores con el primer ministro por las fiestas durante la pandemia, su poco respeto a la verdad y la tendencia a tomar a la muchedumbre por tonta. Por no musitar de la inflación y la crisis del coste de la vida, problemas con los que no sabe qué hacer.
Algunos diputados creen que ahora es el momento ideal de un cambio, en el ecuador de la asamblea
Siquiera saben qué hacer los tories con su líder. La pila de cartas expresando la desconfianza en él vuelve a ser harto reincorporación, en medio de rumores de que están a punto de sumar las 54 necesarias para someter su continuidad al conjunto parlamentario. El descontento ha ido aumentado progresivamente desde la publicación del documentación sobre el partygate . Y en el supuesto de que no se envergadura la sigla mágica esta misma semana, podría dirigirse tras las elecciones parciales del día 21 en Wakefield (Yorkshire) y Tiverton (Devon), si los conservadores pierden esos escaños. Vuelven a sonar los tambores del causa final.
La defenestración del líder es –posteriormente del cricket– el deporte preferido de los tories , que se han cargado sin pamplinas, entre otros y otras, a Margaret Thatcher y Theresa May. Mientras el Labour conserva con frecuencia a los dirigentes incluso posteriormente de sus frecuentes batacazos electorales (el alma del partido es estar en la examen), los conservadores no dudan en asesinar a los suyos incluso estando en el poder si creen que así tienen más posibilidades de conservarlo. Y en esa alternativa están ahora.
¿Se ha convertido Johnson en una rémora solo dos abriles y medio posteriormente de percibir una mayoría absoluta? ¿Es ahora un buen momento para cargárselo, acordado en el ecuador de la asamblea, con tiempo para que un sucesor se haga popular antiguamente de las próximas elecciones? ¿O parecería valeverguista en medio de la supresión de Ucrania y una crisis económica cada vez más aguda? ¿Qué piensa la muchedumbre? Los sondeos no son buenos, porque dan una superioridad de ocho puntos al Labour y la popularidad personal de Boris está por los suelos. Ese carácter campechano e informal que hacía clemencia se ha vuelto en su contra. Las virtudes se han convertido en vicios. Los abucheos dirigidos a él en la catedral de San Pablo a su arribada a la ceremonia del celebración son una pésima premonición.
Si hay una moción de censura, harían descuido 180 votos para derrocar a Johnson, y él cree tener en el faltriquera a más diputados que esos. Dice que seguirá aunque gane por la mínima. Los samuráis se suicidaban para preservar su honor, y hasta Thatcher se tomó el tóxico. Ambas cosas le parecen al presente líder tory una tontería supina.
“Más vale un universal con suerte que un gran estratega”, decía el cardenal Mazarino. Y hasta ahora la buena fortuna nunca ha cedido la espalda en política a Boris Johnson. Pero, a la hora de la verdad, todo es una cuestión de números. Tiene una mayoría de 75 escaños. A fin de someterlo a una moción de confianza hacen descuido 54 cartas que lo pidan. Hay 359 diputado tories, y para cargárselo serían necesarios 180 votos, la porción más uno del conjunto parlamentario. El premier cree contar con la devoción de los miembros del Recibidor, ministros, secretarios de Estado y secretarios parlamentarios, es asegurar, de todos aquellos que están a sueldo del Gobierno. Pero eso es mucho encargarse, porque la votación sería secreta, y ni siquiera una conquista es señal de continuidad. Thatcher quedó tan debilitada que a los pocos días se presentaron en su despacho los hombres de enojado para decirle que estaba sentenciadoa. Theresa May sobrevivió seis meses. John Major perdió las siguientes elecciones.
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