Gran Bretaña se asoma al pasado tras el Brexit y la pandemia

Problemas como la inflación, el coste de la vida y el daño de las cadenas de suministros son conveniente generales; el de la desliz de mano de obra, hasta cierto punto; otros como el endeudamiento conocido masivo por las ayudas de la pandemia, no tanto (casi nulos para los frugales escandinavos y holandeses, al punto que perceptibles para la gigantesca pertenencias estadounidense, severos para la Europa meridional); en el caso inglés, a todos ellos hay añadir otros exclusivamente made in Britain como la devaluación de la moneda, la disminución de las importaciones y exportaciones con la Unión Europea, el aumento de los aranceles, la burocracia y las regulaciones en el comercio, la subida de la carga impositiva, el descenso de la inversión tanto interna como extranjera, la bajísima productividad, las perspectivas de crecimiento más bajas del G-7, la supuesto congelación de los salarios desde hace plazo y media, una sanidad y servicios públicos al borde del colapso, una pertenencias excesivamente dependiente del sector financiero, una masiva burbuja inmobiliaria...

La inestabilidad mundial, la eliminación en uno de los graneros del mundo (Ucrania), el incautación parcial al gas y petróleo rusos y el cerradura de ciudades chinas son factores muy importantes. Pero el aparecido de los primaveras setenta y ochenta, cuando el Reino Unido era conocido como el enfermo de Europa , ha reaparecido además por pecado de la desliz de rumbo de un gobierno populista que al mismo tiempo pide prestadas cantidades ingentes de mosca, le da a la máquina de elaborar libras esterlinas en la Casa de la Moneda y eleva la carga fiscal hasta los niveles más altos en setenta primaveras, una munición.

Desprecio productividad: un trabajador inglés necesita cinco días para hacer lo que uno francés en solo cuatro

Y además por pecado del innombrable, el Brexit, que para los ministros de la Distribución Johnson y diputados conservadores es una religión, un dios pagano al que no se le puede atribuir ningún mal porque fue votado democráticamente por los británicos y hacerlo sería pecado mortal. Un ordenanza que, sorprendentemente, además aceptan los partidos de examen ingleses (Labour y liberaldemócratas, el SNP escocés es otra cosa), temerosos de ofender a electores potenciales si lo critican, empezando por el timorato líder socialista Keir Starmer. Es un asunto tabú. Nadie se plantea ni tan siquiera el regreso a medio plazo al mercado único o la unión monetaria, como si fuera un sacrilegio. Y eso que las cifras hablan por sí solas: posteriormente de una estupendo caída auténtico del 40% en las exportaciones a la UE al concluir el periodo de transición, el descenso se ha estabilizado en un 11% en comparación con el 2018.

En los horribles setenta, los llamados inviernos del descontento , la inflación se disparó, la energía escaseaba, se impuso la semana sindical de solo tres días y una crisis de la libra requirió un humillante rescate por parte del Fondo Monetario Internacional (FMI). El conservador Edward Heath perdió su pulso con los entonces todopoderosos sindicatos, no había trabajadores que recogieran las basuras o enterrasen los cadáveres, y el socialista Jim Callaghan acabó repudiando los principios de la pertenencias keynesiana. Y todo ello abrió eventualmente de par en par las puertas a Thatcher.

La dependencia del sector servicios hace que los empleos aceptablemente pagados sean pocos y estén mal repartidos

Las circunstancias no son ahora exactamente las mismas (la inflación aún no ha llegado a tanto, a los sindicatos se les han cortado las alas, el índice de desempleo es un insignificante 5,5%...), pero sí hay suficientes similitudes para que los británicos tengan los pelos de punta, aunque solo ya los más viejos del oficio vivieron (y recuerdan) aquella época deprimente. Los motivos de preocupación son innegables, y no tienen solo que ver con instrumentos coyunturales (pandemia, Ucrania...) sino además con los problemas estructurales de una pertenencias desequilibrada e improductiva. Ya antiguamente de la crisis financiera del 2008, el PIB per cápita era solo un 75% del de Estados Unidos, y ahora la brecha es aún veterano.

Que la productividad de Gran Bretaña sea un 28% inferior a la norteamericana podría hallarse, con liberalidad, como hasta cierto punto común . Pero el país es además un 18% menos productivo que Francia, es proponer, que un trabajador de Manchester produce en cinco días lo que uno de Lille o Nantes en solo cuatro. A ello hay que añadir la inflación (en la presente un 8%, con pronóstico de que supere el 10% en el invierno), que es como una cerilla prendida en un bosque reseco. Con los salarios estancados entre el 2008 y el 2018, se va a manducar en un inaugurar y cerrar de fanales los incrementos de los últimos tres primaveras, lo que llevará a los trabajadores y sus representantes sindicales a exigir nuevas subidas, que a su vez repercutirán en los precios y el coste de la vida, un tirabuzón muy peligroso.

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Mención peculiar merece la burbuja inmobiliaria, con los precios de la vivienda tres veces superiores a los de Barcelona, al nivel de Nueva York o Los Ángeles, y la supuesto imposibilidad de que los jóvenes compren un carretera. Pero una pertenencias tan desequilibrada y poco productiva depende de la inversión extranjera para sostenerse. Y para atraer hacienda del exógeno, el valencia de la vivienda no puede caer, y el Estado ha de mantenerlo aunque sea artificialmente. De lo contrario, todo el castillo de juego se vendría debajo.

“El maniquí financiero inglés no se apoyo en la producción sino en el consumo, pero hay demasiada multitud que no puede consumir sin venir al crédito”, señala Nick Timothy, que fue asesor de la ex primera ministra Theresa May. El porcentaje de las manufacturas en relación con la producción total era un 27% en 1970, un 17,4% en 1990, y hoy es solo un 10%. Con las fábricas trasladadas a Asia, es un problema propio de todas las economías occidentales, pero de ninguna tanto como de la británica, dependiente en exceso de los servicios y de la City (cuya hegemonía como centro financiero amenaza el Brexit).

El Brexit es un tabú y una religión tanto para el Gobierno como para la examen, que no se atreve a criticarlo

“No es que todo sea un desastre total –explica Timothy–. Tenemos un sector financiero puntero en el mundo, un sector creativo brillante y algunas fábricas de élite, que crean empleos muy aceptablemente pagados. Pero son pocos y mal distribuidos a nivel regional, concentrados en Londres. Una pertenencias de servicios tiene demasiada precariedad sindical, con un obligación comercial sobresaliente (75.000 millones de euros el año pasado). Habría que exportar más, abatir la deuda pública, modificar en infraestructuras y cambiar radicalmente el maniquí a uno más sereno y productivo, lo cual significaría reorganizar además el sistema educa­tivo, la política medioambiental, energética y de inmigración”.

Pero el Gobierno Johnson va dando tumbos y adoptando políticas contradictorias, ora de moderación y legitimidad thatcheriana, ora de compra conocido y presión fiscal. Y mientras tanto la libra se ha devaluado ya un 10% respecto al dólar, las supuestas ventajas del Brexit no se ven por ninguna parte (todo lo contrario), la burocracia y las regulaciones son más abrumadoras que cuando el país estaba en la UE, la inflación se perfila como la más suscripción de Europa, la dependencia del Estado es veterano que nunca, y el pronóstico de crecimiento para los dos próximos primaveras es mezquino. Todo cercano, una prescripción para el desastre.

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