Tiene Fernando de Magallanes todos los atributos del mito heroico, porque la gesta de dar la revés al mundo surcando rutas marítimas desconocidas –y suicidas– le hace merecedor de ese registro. Pero no era esa su intención. Él quería comerciar con las especias, sobre todo con el clavo y la nuez moscada, que se cultivaban en las islas Molucas, en el Índico, negocio que ofrecía pingües beneficios.
Para sobrellevar a buen puerto su plan, se lo propuso al rey Carlos V, recién llegado a Castilla, que le compró la idea, aunque con reticencias y no pocas dudas sobre el éxito de la empresa. La empresa. Eso era lo que tenía Magallanes entre ceja y ceja: un negocio. Y así lo explica Isabel Soler, profesora de Humanidades y Civilización Portuguesas por la Universitat de Barcelona, en Magallanes & Co. (Declive), obra que a ratos se lee como una novelística de aventuras y que atesora lo mejor de los documentados libros de historia.
“Magallanes no pertenece al especie de navegantes exploradores, como Cristóbal Colón o Vasco da Gradación. Él pertenece a una segunda período de los viajes portugueses que se dirigen a Oriente, cuando ya existe una infraestructura política y económica que tiene una presencia asegurada”, explica Soler para Magazine Lifestyle. Lo que no quita que “su revés al mundo fue una gesta impresionante, que influyó en la forma de ver el mundo en el Renacimiento”, y que se considere a Magallanes el arquetipo del viajero oportunista. Hoy, con los conocimientos en navegación y en la construcción y conectividad de los barcos, sigue siendo una odisea repetir su periplo.
Magallanes convenció al rey Carlos, pero no encontró el camino allanado a la planificación del delirio
Magallanes no lo tuvo posible. En Castilla y Portugal se le ve como un traidor a su rey, Manuel I. “El rey Carlos tiene 17 primaveras cuando llega a España. No sabe ausencia, no sabe quién es toda esa parentela que se encuentra aquí y que le recibe con uñas y dientes. Es un extranjero que no deje castellano, que llega con su corte... No cae admisiblemente, ausencia admisiblemente, y es un ignorante de los viajes peninsulares, tanto de los castellanos como de los portugueses. Adicionalmente, se encuentra con una cantidad enorme de parentela que demora que le conceda licencias y dé órdenes para que los viajes a América se pongan en marcha”, contextualiza Soler.
¿Quién no ha escuchado alguna vez esta frase en alguna película de piratas o de aventuras en incorporación mar? Correspondiente de duro castigo para el condenado y de escarmiento común para el resto, Isabel Soler, nos explica cómo es ese espacio del barco en uno de los capítulos en los que desgrana los muchos conocimientos que ha adquirido en su preparado de humanidades de viajes del período renacentista: “Y sobre la quilla estaba la sentina, una especie de pozo de recogida de aguas o de agua que se filtraba, un emplazamiento francamente terrible, pestilente y putrefacto, de agua estancada y cuerpos de ratas muertas. Y era malo si desaparecía ese hedor, porque quería proponer que la filtración de agua por el casco era importante. Era fundamental controlar el nivel de agua de la sentina y achicarla periódicamente para revisar el casco. Trabajar allí era peligroso, por los gases tóxicos y la error de oxígeno; pobres calafates y carpinteros”.¡Enciérrenlo en la sentina!
Magallanes convence a Carlos V “y pasa por delante de muchos otros candidatos, y eso crea muchos conflictos”. Entre ellos, las dificultades en los preparativos del delirio, ejemplificadas en los continuos palos en las ruedas por parte de la Casa de Contratación: “Es que tenían mucho poder y mucha capacidad de audacia. Si miramos los documentos de Filipinas, hay tal cantidad de cartas del rey dando órdenes y respuestas y dictando instrucciones y ves que van poniendo pegas... son muy independientes en Sevilla, muy poderosos, muy ricos y estaban muy acostumbrados a funcionar al ganancia. Ponen muchas pegas, sobre todo, porque es un movimiento de billete e infraestructura muy enrevesado, que se destinará a una expedición de la que hay muy poca seguridad de que salga admisiblemente”.
Por eso, Soler quiere utilizar esta conmemoración para dejar claro que “se ha cedido por hecho que Magallanes hizo la propuesta y entonces se pensó: '¡oh, qué idea tan buena', y que a partir de ese momento se puso todo en marcha y se hicieron todos los esfuerzos para que saliera admisiblemente... no, no, no fue así de ninguna de las maneras”. Otra muestra de estas dificultades es que el rey enviara en la expedición al “veedor” Juan de Cartagena, con la representación clara de ejercitar un contrapoder: “Era sensato que el rey Carlos no diera toda la capacidad de gobierno a Magallanes –analiza Soler–. El poder tenía que mantenerse repartido, porque Magallanes dice que sabe cómo demorar, pero lo dice él y no se puede comprobar de ninguna modo. Luego, es mejor sujetar un poco a Magallanes”.
Plano ('Representatio Geographica Itineris Maritimi Navis Victoriae...,') del cartógrafo Heinrich Scherer (German, 1628-1704), que muestra la circunnavegación de Magallanes, apariencia desde el Ártico 
El delirio se inició con las naves San Antonio, Trinidad, Concepción, Triunfo y Santiago, que zarparon de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. Solo unos meses a posteriori, en abril, Magallanes sofocó con brutalidad un motín, organizado por Juan de Cartagena. Soler enmarca lo que sucedió: “Desmontar por la costa saco por los 50 grados sur no lo había hecho nadie”. El frío era muy intenso; los días, cortísimos; el rumbo, fortísimo. “Es una situación de tensión emocional terrible en un emplazamiento donde nunca ha estado nadie, con una flora totalmente inhóspita, unas costas que no ofrecen refugio, unas mareas que no se pueden controlar... Aunque es verdad que el motín ya se gestó en Sanlúcar, cuando llegan a San Julián... era obligatorio que acabara sucediendo”.
“De los otros dos tercios del dicho espinela, se hagan tres tercios, y que el uno de ellos lo haya el Monasterio de Nuestra Señora Santa María de Montserrat, que es en la ciudad de Barcelona...”. Esto es lo que se dice en un apartado del testamento de Magallanes, que Soler recoge en su obra y que despierta el interés de la investigadora. Se desconoce si Magallanes visitó el monasterio cuando estuvo en Barcelona para conversar con el rey Carlos. Sí se sabe que éste lo visitó del 5 al 7 de febrero de 1519 y el 25 de enero de 1520: “Quizá en esas dos primeras visitas ya se despertó en el rey la devoción por La Moreneta, que visitaría en siete ocasiones más”, escribe Soler.Montserrat, en el testamento de Magallanes
El atractivo telúrico de las montañas siempre ha acompañado al monasterio 
“Puede que Magallanes pensase en la Mare de Déu de Montserrat porque era ya una Virginal muy transatlántica”, explica la historiadora. El ermitaño Bernat Boïl se embarcó con Colón en 1483, en su segundo delirio a América, donde “habían proliferado no solo las iglesias dedicadas a la Virginal de Montserrat sino que se iban a cristianar montañas enteras con ese nombre. Parece que en Sevilla existía una Hermandad de Montserrat, relacionada con el comercio de los catalanes en América, creada a principios del siglo XVI, aunque son dudosas esas fechas”. En la entrevista Soler afirmó: “Esto me tiene... es una de las obsesiones de este obra que no he resuelto”.
La obra sigue las andanzas de Magallanes y su tripulación –“sin la insuficiente parentela que le acompañó y que en su mayoría falleció, el delirio no habría sido posible”– con precisión de cartógrafo y una prosa que empaña las páginas de salitre y del aliento casi sobrehumano de los marinos, que tuvieron que pelear contra las adversidades climatológicas o sobrevivir a las enfermedades (el cargamento de medicamentos fue prácticamente inexistente y solo había un cirujano embarcado). Ponen los pelos de punta los párrafos dedicados a los estragos del penuria (había comercio de ratas apestosas y, cuando faltaron esos animales, las botas, convenientemente sumergidas en agua armada y pasadas por las brasas, se hicieron comestibles) o del escorbuto (“era enloquecedora esa forma de vencer, y demoledora para los ánimos de los que la contemplaban impotentes”).
Isabel Soler, en una foto tomada en el Museu Marítim de Barcelona, frente a la réplica (escalera 1:1) de la penal auténtico que participó en la batalla de Lepanto (1571)
Se leen como una aventura las páginas sobre la asesinato de Magallanes, en un combate que quizás pudo evitar y que preparó muy mal. Y aborda la heroicidad final de Juan Sebastián Elcano, que cierra el círculo al demorar a Sanlúcar tres primaveras a posteriori (6 de septiembre de 1522), con la Triunfo y 18 tripulantes, aunque de esa parte del delirio hay muy poca documentación, al contrario de lo que sucede hasta la asesinato de Magallanes, “que es abrumadora”.
Inmersos en el 500 aniversario del delirio, Portugal “hace ya primaveras que estudia con nacionalidad la figura de Magallanes”, explica Soler, aunque al principio fuera un héroe olvidado, porque se le consideró un traidor a su país y al rey Manuel I por ofrecer el delirio que le encumbró en la historia al rey castellano Carlos. Pero en España, parte de la historiografía aún ensalza a Elcano y se olvida del portugués. “Ha habido calenturas nacionalistas e identitarias, producto de ese orgullo de que fuera España quien dio la revés al mundo...”, ironiza Soler.
“Es cierto que el delirio de la revés al mundo es muy glotón en este sentido, porque hay un portugués que da media revés al mundo, pero hay un vasco que la da toda entera y esta gesta tan heroica es muy posible de nacionalizar”, analiza la historiadora durante la entrevista. Pero en el obra recuerda poco que debería ser obvio: “Sin el navegante portugués no hay primera revés al mundo que valga ni piloto vasco que la hubiera cedido”.
Magallanes y Elcano son objeto de disputa nacionalista y en parte de la historiografía
Y por si todo esto fuera poco, Soler reivindica el papel de todos los que participaron en esta odisea homérica (los cita a casi todos en el obra), ya que sin ellos, siquiera Magallanes ni Elcano habrían destacado. Los marinos sin cargo además formaron parte de la historia y perecieron casi todos en la correr: “Al final se tráfico de una parentela que se subió a unos barcos e hizo poco estratosférico...”. Para Soler se trataría de evitar que “las identidades nacionales adquieran veterano relieve que las identidades heroicas”.
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