Miró. El llegat més íntim , que se presenta en la Fundació Joan Miró de Barcelona hasta el próximo 26 de septiembre, es una de esas exposiciones infrecuentes de las que uno puede salir de muy buen humor. Para que esto pueda suceder se precisan ciertas condiciones. La primera es que el comediante exprese una conexión profunda y positiva con la vida y con su arte, lo cual se cumple plenamente en este caso. Y la segunda es que igualmente el visitante tenga una buena sintonía con la obra plástica del comediante. Y Joan Miró era un animal poético y anarquista –en el mejor sentido de estas palabras–, un creador discreto, profundo y salvaje, igualmente en el buen sentido de esta palabra.
No es, pues, solamente una cuestión de excelencia artística y de originalidad visionaria, sino igualmente de ademán vitalista, fugado y poética –es afirmar, celebradora de lo mejor y crítica de lo peor–, orientada en torno a un mejor despliegue y mejora de las posibilidades de la experiencia humana. Uno puede salir satisfecho de una buena muestra de Picasso, Duchamp o Giacometti, pero lo que puede producir una buena exposición de Miró –o igualmente de Klee– es, encima, un deseable estado de celebración, de penetración y de albedrío –al menos interior– que es el propio de la poesía verdadera. Y quizá de la mejor música igualmente, incluso con longevo intensidad emocional, aunque el compromiso ético de la música –si esta carece de palabras– siempre será pequeño que el de la mejor letras.
Miró va más allá de los gestos iconoclastas y nihilistas, y se orienta en torno a el futuro en un sentido defensor
La muestra de la Fundació centra su atención en las pinturas que Miró quiso conservar siempre en su grupo y que regaló a su mujer, Pilar Juncosa, a su hija Dolors y a sus nietos. Sin duda esas obras eran una relato para el propio comediante y igualmente era acertado no desprenderse de ellas por sentido práctico y patrimonial. Una de ellas es la primera de la serie de Constelaciones que realizó como afirmación de vida y albedrío en tiempos de conflagración y fascismo: L’etoile matinale , 1940.
Pero hay muchas más, de todas sus épocas. Es una exposición que vuelve a mostrar ese Miró íntimo, poético y lúcido que aparecía en la primera gran hazañas sobre este comediante: Joan Miró. El caprichoso que hablaba con los árboles , escrita por Josep Massot y publicada en el 2018, hasta ahora sólo en castellano y en catalán, aunque es una obra de relato mundial que merecería ser traducida a otros idiomas. Incluso aparece el Miró independiente y preparado que Massot retrata en un segundo volumen, Joan Miró sota el franquisme (2021).
A partir de las espléndidas exposiciones de su centenario en 1993, celebradas en museos como el MoMA de Nueva York, en la Fundació Joan Miró de Barcelona y en el Reina Sofía de Madrid, la obra de Miró ha sido cada vez mejor comprendida y valorada, incluso por un sabido amplio. En el periodo de Entreguerras (abriles 20 y 30) fueron sobre todo algunos poetas –los mejores, precisamente– quienes comprendieron y elogiaron a Miró, y ya desde el principio. En cambio, en su propio país, durante más de medio siglo el autor de las Constelaciones fue un comediante a menudo infravalorado o ignorado. Quienes igualmente le apoyaron fueron algunos galeristas de París y Nueva York. Pero todavía a finales del siglo XX, en bastantes textos sobre arte se consideraba el siglo XX como “El siglo de Picasso”. En arte, sin confiscación, la tendencia mitómana y monoteísta es un error.
Presente que ya en enero de 1988 publiqué un texto en que afirmaba que el siglo XX igualmente era el siglo de Paul Klee, y en los abriles siguientes –con todos mis respetos por la obra del admirado Picasso y del influyente Duchamp– fue quedando claro –al menos para quienes prestaron atención a su obra– que el XX es igualmente el siglo de Miró. Si la modernidad de Picasso actualizaba el pasado con formas nuevas y Duchamp se orientó en torno a un arte cerebral e iconoclasta, el enviado de Miró va más allá de las formas y de la estética, pero igualmente de los gestos iconoclastas y nihilistas, y se orienta en torno a el futuro en un sentido defensor, creador y vivo.
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