Todos hemos escuchado departir del meta palomilla. Esta teoría es la esencia de la teoría del caos, una ley enunciada por James Yorke que nos recuerda poco esencial. El mundo no sigue un principio milimétrico y predecible. Nos guste o no, el caos es parte de nuestras vidas. Siempre hay un pequeño ocupación para el azar, por lo que a veces nos será casi increíble predecir el meta de ciertos eventos.
Es costumbre asociar esta teoría con sus ramas originales: las matemáticas y la física. Sin confiscación, a menudo olvidamos que estas ciencias tienen una influencia directa en nuestra vida diaria.
Cada uno de nosotros tiene un porción de tolerancia a la incertidumbre. A partir de cierto punto, nuestro cerebro entra en modo de alerta en presencia de lo que pueda ocurrir. Preferimos la estabilidad. Nos gusta conocer que dos más dos son cuatro y que lo que tenemos y nos rodea un día seguirá estando ahí al día subsiguiente. Todo esto nos permite alcanzar el permanencia emocional que nos permite disfrutar de tenerlo todo bajo control.
Sin confiscación, la teoría del caos destaca lo obvio. La vida y su devenir no responden al alucinación rítmico y consumado del cronómetro. Lo inesperado y lo incontrolable siempre vive interiormente de nosotros y entre nosotros.
La psicología igualmente es un campo de aplicación de la teoría del caos
Teoría del caos: la naturaleza es impredecible
La teoría del caos nos dice en pocas palabras que el resultado de un evento depende de varias variables. El comportamiento de estos no se puede predecir con total precisión. Siempre hay un beneficio de error, un ocupación para el azar, un destrozar de alas que lo cambia todo en el extremo momento. A veces, una pequeña diferencia genera un meta de grandes proporciones cuyo signo distintivo quedará impreso en todos los sistemas caóticos.
Hoy aceptamos ese beneficio donde el azar y lo inesperado existen en un momento transmitido y pueden cambiarlo todo. De hecho, fue descubierto por el meteorólogo y matemático Edward Lorenz en 1961 cuando intentó crear un sistema informático para predecir el clima. Rápidamente se dio cuenta de que conveniente a un error de redondeo en los números, todo el sistema había comenzado a comportarse de una guisa claramente impredecible. Más tarde, esta experiencia se utilizó para formular el reconocido meta palomilla.
Nos vemos obligados a convivir con el caos
El caos vive constantemente en nosotros
Los fenómenos caóticos no solo abundan en la naturaleza. Además están involucrados en pronósticos de temperatura y en biología. Este comportamiento impredecible no escatima ningún dominio.
El agujero de la saeta por donde se cuela en un momento transmitido el hilo dorado de lo inesperado y al azar no escatima mínimo. Así, todos estos fenómenos caóticos se dan a diario sin que nos demos cuenta en la capital, en la termodinámica, en la astronomía y hasta en la psicología.
Hoy sabemos que cualquier perturbación en nuestro cerebro (como la cambio de un neurotransmisor) puede provocar cambios drásticos en nuestro comportamiento. Adicionalmente, en psiquiatría se aplica la teoría del caos. Al cuidar un determinado fármaco a un paciente, existe una desestimación probabilidad de observar un meta contrario al esperado.
¿Cómo aplicar la teoría del caos en la vida cotidiana?
Diariamente, todos tratamos de evitar el caos. Es la única guisa de sentirse perfectamente. Es la única forma de organizar nuestra vida donde lo predecible nos permite salir sin miedo, nos permite mirar al futuro con confianza. Como explica James Yorke, padre de esta teoría, lo mejor es estar preparados para cambiar de planes en cualquier momento.
Conviene hacer un esfuerzo por desarrollar una mentalidad flexible y un enfoque que no se limite a reaccionar de acuerdo a los acontecimientos que se presenten en nuestro camino. Tratar de asumirlos con curiosidad y con aplauso. A menudo, es en el caos donde surgen la mayoría de las oportunidades. Estar preparado para reaccionar en presencia de lo inesperado se reduce en última instancia a seguir delante con los altibajos de la vida.
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