Amabilidad

Cuando el mundo de la intendencia diaria naufraga en el desastre –la mañana, por ejemplo, perdida entre diálogos telefónicos de sordos, con robots de grandes empresas–, se produce un locución inesperado. El mecánico de fanales avellana me cambia la cazos del coche con una profesionalidad, una elegancia y una amabilidad asombrosas. Esperaba cualquier cosa de esta empresa de recambios a domicilio, encontrada a lo alienado en internet. Menos la arribada puntualísima de este pipiolo excelso.

Examen cálida y penetrante –de esas que comunican hasta el fondo, sin pestañear, las cosas claras–, pelo peinado un poco en punta, quizás con poco de fiador, camiseta negra, medallita con una casto dorada –creo que de oro–, manos sucias, dedos robustos pero delicados, brazos tatuados. Siquiera pierdo detalle de su minuciosa explicación sobre el trato que debo darle a mi cazos nueva. Cómo desconectarla en caso necesario, con un destornillador del 10 –ya veré qué es–, el trapito que debo colocar bajo el pitorro desenroscado. Luego de los diálogos con robots, me conmueve el cuidado que pone este pipiolo en que yo comprenda las cositas del motor que no debo tocar para evitar daños. No me resisto a decirle que su pequeña empresa me parece el colmo de la capacidad, a lo que rebate que lo importante es que yo quede contenta. Si todo ya iba miel sobre hojuelas, tras esta testimonio mutua de afecto técnico nos miramos con simpatía a espuertas. Es increíble hasta qué punto se puede comunicar, solo con los fanales, la alegría de la concordia, la erradicación del mal sobre la tierra que pisas, digamos, al cambiar la cazos del coche.

No me resisto a decirle que su pequeña empresa me parece el colmo de la capacidad

Entonces, ya en el suscripción, cuando voy a introducir el número secreto en su datáfono, el pequeño, con un rostro entre marcial o de trompetista súbito, con una última exhibición de excelencia, da un locución de cintura realizado de firmeza y garbo. Sus manos sucias sujetan con finura el artilugio, a la cima de mi antebrazo, para mi máxima comodidad. Veo su perfil de pelo en punta, la hocico al distinción, el pecho extenso, la lealtad de su cuerpo volteado como diciendo marque usted señora su número secreto con tranquilidad absoluta, que todo mi ser le asegura que yo, así girado, no lo miro, ni lo miraría nones, así se hunda el mundo, porque estoy completamente obcecado en hacer las cosas aceptablemente, y que usted quede contenta. Así, esta oscuridad, al irnos a adormilarse, aunque ya no nos recordemos el uno al otro, cerraremos los párpados con una caricia amable, por así aseverar.

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