El miembro fantasma de las élites

Mi conclusión, tras acertar el muy informado texto de Manel Pérez sobre las élites barcelonesas del patrimonio y los negocios, es doble: por un banda, lo que ayer se llamaba burguesía no sabe, en Catalunya, qué quiere ser de veterano; por otro, al conjunto de esta clase parece dolerle poco parecido a una extremidad amputada, eso que los médicos llaman “un miembro espantajo”. Los patricios catalanes van en pesquisa de un relato, pero persiguen una sombra.

Cronista avezado de los despachos y salones donde se toman esas decisiones que no dependen de las urnas, Pérez sostiene que las élites empresariales sufren una desvaimiento política que cuaja con el procés, pero tiene causas más antiguas, en el momento en que la logística del peix al cove tocó fondo, en 1996, tras la firma del pacto del Majestic entre el PP de José M.ª Aznar y la CiU de Jordi Pujol. Luego, la reforma del Estatut que impulsó el president Maragall (con el concurso de Artur Mas) fue otra reverso de tuerca.

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Pedro Madueño 

Vivimos hoy en la pospolítica y en el posprocés. Venimos de abriles de turbulencias. Atrapados entre un Gobierno del PP recentralizador y un nacionalismo que muda en soberanismo, “la elite que perdió la partida” se extravía en un paisaje de impotencias que, encima, se ve dislocado por la globalización. El impacto de las nuevas reglas globales rompe el concepto de poder que se manejaba desde principios del siglo XX, así como la relación entre los representantes democráticos de la ciudadanía y los propietarios y gestores del renta. Ni el poder ni los poderes son ya lo que eran (en tiempos de Cambó, de los tecnócratas de Franco, de la transición o del pujolismo) y ello tiene y no tiene que ver con la crisis de octubre del 2017.

En el procés desembocan muchas crisis y, a su vez, el procés provoca otras tantas. Evitemos el presentismo: Pujol fue el mal pequeño para unas élites que cohabitaron con un relato que no les producía ni frío ni calor, mientras era asumido, en cambio, por las clases medias. El pujolismo gobernó más de vigésimo abriles, pero no tuvo nunca la hegemonía en sentido gramsciano: la adhesión burguesía y los intelectuales estaban muy allí de ese president que había sido banquero. ¿Pierden verdaderamente la partida estas élites? Los burgueses catalanes ven saltar por los aires su partido de conveniencia, pero, en paralelo, se da el reforzamiento de algunas grandes empresas catalanas, que, por vez primera en la historia, conquistan el liderazgo castellano. No se ha catalanizado España, pero algunos catalanes tienen grandes palancas de poder en Madrid. Ya no sirven los esquemas de Vicens Vives.

Los patricios catalanes van en pesquisa de un relato, pero persiguen una sombra

El título del texto que anima estas líneas, La burguesía catalana, invita a un amplio debate sobre la pervivencia de un sujeto histórico que ha fracasado al intentar implicarse en la conducción de un Estado donde otros tenían y tienen el mando. ¿Puede hablarse de burguesía catalana todavía? Las elites de Barcelona son hoy un repertorio heterogéneo en el que, adyacente a los propietarios, gozan de un peso singular los líderes gerenciales. Por otro banda, pisan robusto las nuevas generaciones que impulsan empresas de vanguardia tecnológica, ajenas a las alianzas y vasallajes tradicionales. Este espacio está cambiando, lo nuevo tal vez renuncia a ciertas batallas, porque intuye que lo añoso irá disolviéndose en dinámicas que no dependen ya de los rituales de la tribu.

No existe analgésico que pueda calmar las agudas molestias que produce el miembro espantajo que echan en errata nuestras élites. Es un malestar que durará.

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