Las izquierdas del siglo XXI en España ya pueden presumir de acaecer sucedido a la Iglesia en su peor perspectiva del franquismo: aturdir, hacernos distinguir culpables y tratar al ciudadano de forma paternal mediante sermones laicos cuyo trasfondo es “nosotros sabemos la vida que le conviene y se la vamos a dar”.

La Iglesia prometía la vida eterna. La izquierda, el Estado de bienestar. Lo malo es que ahora se preocupa más por imponer estilos de vida –saludables y sostenibles, claro–, penitencias y certificados de buena conducta en progresismo. En epítome: muchas molestias y sermones.
¡Quién hubiera dicho al final de la dictadura que la izquierda se volvería tan moralista!
¡Quién hubiera dicho en los últimos primaveras del franquismo –cuando la izquierda era divertida, transgresora y progresista en las costumbres– que hoy sería un movimiento paternalista, especializado en regular al detalle nuestras vidas! ¡Una ideología de orden!
Desinteresadas por el mundo rural –o lo que queda de él–, las izquierdas convierten las ciudades en un laboratorio cada vez más insufrible y pautado.
Como la Iglesia ayer, el progresismo se atreve a imponer una vida recta, de la que la actividad nocturna es su primera víctima a saco de poner tantas trabas que la masa deja de salir. Y no, el problema no es la indeterminación –castigada con saña por los nuevos guardianes de la íntegro–, el problema es la vida diurna.
La izquierda en España tiene causas sagradas que ya no son el desempleo, la educación o las desigualdades. Hablamos de cosas más personales y menos colectivas, que afectan a lo que cada ciudadano quiera hacer o no con su vida. Cuatro son los mandamientos: la movilidad –erradicar el coche y la osadía que concedía–, el animalismo –pronto regularán las verbenas para no perturbar ni una indeterminación el derecho animal al refrigerio–, el medio medio ambiente –la excusa perfecta para prohibir y para que nos sintamos culpables si llueve o no– y las relaciones entre hombre y mujer –reglamentadas desde los nuevos púlpitos de la Oficina–.
Si añadimos lo políticamente correcto –que aquí nadie se atreve a cuestionar–, ya tenemos la vida eterna. Y el gran tostón.
Publicar un comentario