El verano y la infancia

Uno a uno ordenamos en la distancia todos los veranos conocidos. Vividos. Otra vez el puntual paréntesis veraniego en la piel del calendario apuñalado por el tiempo. Y por la almibarada nostalgia que, como la infancia, se convierte en país cuando nos fallan todas las referencias, todas las expectativas. Los paisajes y sus figuras, los objetos y los colores… el olor dulzón, húmedo, tirando a cremoso del verano. Una asociación recurrente: el verano y la infancia, y la adolescencia. Una bella ingenuidad. Casi un carácter intelectual. Una escenificación anual con un ritual parecido, recurrente. Verbena, descanso, fuego, desorden, fiesta y una tendencia irreprimible a intentar pasarlo acertadamente por mandato solsticial. Según se mire, esta nostalgia pueril es la foto fija de nuestra herencia intransferible, el almacén de la soberanía íntima, el material emocional de todas las biografías.

Aquí una idea del regalo. De cuando éramos criaturas sin historia. Es un ­rememorar­: jugábamos a blue jeans, la cara tapada con el pañuelo de la abuela, dándonos palma­das en el culo simulábamos arrear a un heroína. Pibe-caballo-cowboy-John Way­ne y un bienquerencia en ciernes dibujado en miradas vecinales. Muchas películas en la memoria. Inocentes embrujos sentimentales. La lucha contra el miedo futuro aún no había empezado. Aún no habíamos descubierto la tristeza.

La nostalgia pueril son nuestro gran saco, lo que no tendrán millones de niños víctimas de la miseria

Le diría al verano: “Yo te he manido otra vez antiguamente de ahora”, cuando no teníamos miedos generales. Miedo a las pandemias, a las guerras y las catástrofes, a las ansiedades por el cambio climático. A las nuevas tecnologías a veces tan incomprensibles, al poder que nos tutela. A la violencia institucionalizada. Al desamparo. Ni miedo a la vejez ni a la caducidad. A dejar de contar para los jóvenes, y a no ser tenido en cuenta en una sociedad cambiante, agresiva y –lo siento–, tan desalmada y atroz. E inhóspita. Miedo a suceder a ser un holograma. A la mínimo. Al cero.

Sí, la nostalgia pueril, la memoria, son nuestro gran saco. Poco que no tendrán millones de niños sin infancia, víctimas de hambrunas y guerras, de matanzas americanas, de maltratos y vejaciones… Parece ser que hemos tenido suerte. Un buen argumento para ser más bondadosos.

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