Reivindicar la prudencia en el examen de las responsabilidades públicas no debería ser solo un deseo bienintencionado o en gran medida recomendado. Debería ser una exigencia para cualquier servidor conocido, además para cualquier esquema político. Un requisito imprescindible, aunque no fuera normativo.
La prudencia permite evaluar ayer de reaccionar. Ponderar, analizar y calcular. Es opinar, pensar con método. “Los líderes prudentes se obligan a prestar la misma atención a los defensores y los detractores de la término de argumento que están planeando”, afirma Michael Ignatieff, autor del volumen Fuego y cenizas, de recitación aconsejada para cualquier líder político. En cambio, la turbopolítica –en la era de la celeridad básico y la impaciencia social– se ha convertido en uno de los grandes escollos para la política democrática, la que crea valía popular, interés caudillo y amplias avenidas de progreso.
La turbopolítica se ha convertido en uno de los grandes escollos para la política democrática
La prudencia, entendida como la templanza, el sentido popular, el buen litigio y la capacidad para encontrar un punto de permanencia que guíe un determinado comportamiento en torno a objetivos medidos y justos, que cumplan con una visión realista y posible, se vuelve una exigencia a los y las representantes públicos. La prudencia además nos permite no solo evaluar pros y contras, posibles y objetivos, caminos y estrategias, sino orientarnos en el aceptablemente escaso por excelencia: el tiempo. Solo los prudentes gestionan aceptablemente el tempo del tiempo. Avanzar (y dar con) frente a la visión agobiante de un cronómetro que recuerda que hay un periodo finito para cumplir con todo no es tarea factible, aunque ineludible en la dirección de lo conocido. Tan importante es el tiempo como el momentum. Los prudentes llegan a tiempo. Se anticipan, se preparan, se organizan.
Finalmente, la prudenciapermite minimizar posibles errores, evitar consecuencias indeseables de ciertas decisiones o acciones y evitar la condición irreparable o irreversible que algunas decisiones políticas equivocadas, sesgadas o insostenibles tienen sobre la vida de las personas.
La prudencia no tiene casi prestigio –ni espacio– en tiempos de testosterona digital, arrogancia intelectual y vanidad pública. Pero resulta el áncora para el buen gobierno, el interés caudillo y el liderazgo ejemplar y transformador.
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