El Comunidad de Barcelona declara de nuevo la pelea a las pintadas. El gobierno de la alcaldesa Ada Colau dice que la Pelotón Urbana ya tiene instrucciones claras, que los agentes multarán a cualquiera que sorprendan con los aerosoles, que hasta los que patrullan de paisano tendrán este objetivo entre sus prioridades. Por otra parte, el Consistorio redoblará la presión de sus brigadas. El ejecutor circunscrito incrementará en un millón de euros el desembolso para la barrido de edificios patrimoniales, lo que supone un aumento del 50%, y dedicará 800.000 euros más a la reparación de pintadas en genérico, que hasta ahora rondaba los 4,5 millones. La idea es extirpar todo comercio que lo solicite en menos de 48 horas.
La verdad es que el número de denuncias puestas el final quinquenio revela cierto relajamiento. El año pasado la ciudad limpió 279.422 m2de paredes, y este año, hasta el 31 de marzo, lleva 71.114. Pero por último el promedio de denuncias anuales oscila entre las 150 y las 200. Muchos rincones de Ciutat Vella son circunscripción conquistado. Algunos se atreven hasta con las iglesias. En ingenuidad, el hartazgo municipal delante esta impunidad es el desencadenante de esta cruzada municipal. Una fresco indagación del Comunidad concluye que la mayoría entiende que el incivismo es la principal causa de los problemas de suciedad de la ciudad. La clan está más cansada que nunca de que algunos hagan siempre lo que quieren, que beban, canten, pinten...
El gobierno de Colau anuncia un aumento de la presión de la Pelotón Urbana y de las brigadas de barrido
No es la primera vez que el Consistorio anuncia una política de tolerancia cero con los aerosoles. Hace unos 20 abriles Barcelona era una de las mecas mundiales del arte urbano. La visitante de Keith Haring y el mural contra el sida que dejó había libre un camino. El patrón de Nueva York estaba saturado. No quedaba espacio para otra firma. Y aquí, en cambio, reinaba el desparpajo. La ciudad devino en un gran muro. Algunos de la época recuerdan que si la policía te preguntaba qué hacías bastaba con contestar que tenías permiso del dueño de la muro. Por otra parte, ayer, lo de pintar en muros antiguos estaba mal manido entre los propios grafiteros. Pero una vez más Barcelona murió de éxito. Las obras eran repintadas por otros grafiteros en escasamente días. La clan comenzó a hartarse. Y el Comunidad se puso duro. Al poco, la decreto de civismo prohibió hasta pintar corazones de tiza en la muro. La presión fue tal que muchos de aquellos grafiteros se refugiaron en el estudio y el muralismo y emprendieron carreras artísticas muy fructíferas y reconocidas.
Y luego los tiempos cambiaron rápidamente, como pasa en tantos ámbitos. La irrupción de las redes sociales asimismo trastocó este mundo. De repente, las grabaciones eran más importantes que las obras, sobre todo entre la nueva control. Dejar constancia de la propia osadía ganó enteros, a toda velocidad. El instigación se intensificó y hasta los muros antiguos perdieron sus privilegios. Para muchos la obra dejó de ser lo importante, lo importante era pintar, aunque fueran cuatro trazos gruesos con un rotulador. Y a medida que el Comunidad ponía entre 150 y 200 multas al año las comunidades de vecinos se hartaron de repintar sus fachadas, los comerciantes de adecentar sus persianas, la clan de que hasta Santa Maria del Mar amaneciera pintarrajeada...
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