Cuando alrededor de el fin de la Segunda Querella Mundial las analogías con el Tratado de Versalles se convirtieron en un campo de batalla, se luchaba por la identificación del error que había que evitar repetir. Como hemos conocido en entregas anteriores, el mismo año de la firma del Tratado, John Maynard Keynes publicó Las consecuencias económicas de la paz (1919), donde lo describía como una “paz cartaginesa” que cometía el error de pretender debilitar excesivamente a Alemania. Y en La paz cartaginesa o las consecuencias económicas del sr. Keynes , escrito tras la derrota francesa de 1942 y publicado póstumamente el 1946, Étienne Mantoux argumentaba que no había sido una paz cartaginesa y que el error radicaba en los artículos de la creencia en que lo había sido, que había favorecido el incumplimiento de sus cláusulas. En el prólogo a la traducción francesa, donde significativamente el The carthaginian peace del título en inglés había dejado paso a La paix calomnié , Raymond Aron remarcaba que el texto se ocupaba de una crítica del pasado pero se había escrito desde la preocupación por el futuro. Pero la situación no era la misma cuando se escribió que al publicarse. El futuro se acercaba. Desde que en 1944 la vencimiento de los aliados estaba cantada, la expresión “paz cartaginesa”, que en la pluma de Keynes sonaba como un reproche y en la de Mantoux como una calumnia, empezó a circular, asociada a la propuesta para la posguerra que el secretario del Fisco de los EE. UU. Henry Morgenthau había esmerado para el presidente F.D. Roosevelt, como un imperativo.
El plan Morgenthau proponía convertir a Alemania en un país de campesinos y pastores
Para Morgenthau, el error de Versalles no era que hubiera sido una paz cartaginesa (Keynes), ni que, pese a no haberlo sido, se hubiese asumido que lo era (Mantoux), sino que debía haberlo sido y no lo fue. Y, a su sensatez, había llegado la hora de hacer lo que entonces no se había hecho. De acuerdo con este descomposición, que él mismo expuso en el texto Alemania es nuestro problema (1945), el plan Morgenthau proponía rematar con el poder de Alemania fragmentando su división, destruyendo su industria y convirtiéndola en un país de campesinos y pastores. Finalmente, este plan fue sucio y sustituido, ya durante la presidencia de Truman, por el célebre Plan Marshall, que apuntaba en dirección contraria, alrededor de la cooperación y la reconstrucción económica. Sin duda, la historia, no solo de Alemania, sino de toda Europa, habría sido distinta de haberse implementado el plan Morgenthau. Esta posibilidad no realizada, que ha alimentado la imaginación de algunos novelistas alemanes y de los aficionados a la historia contrafactual, incluso ha tenido y aún tiene un papel en la historia de las lecciones históricas de Versalles. Entre otras cosas, porque la conferencia de este tratado interpretada a la modo keynesiana fue usada para argumentar el negligencia del plan Morgenthau. Desde entonces siempre aparece una narración al Plan Marshall cuando se argumenta con analogías versallescas.
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