Una casa rodeada de viñedos en una planicie fría del finalidad de Francia. Así describe Clos Mosny, en el término de Saint-Martín-le-Beau, un marcial. Está impresionado por la extrema sobriedad de los Tarradellas: ni los suboficiales del ejército usan muebles tan humildes, escribe en noviembre de 1976. Pero no vayamos tan rápido. Todavía estamos en el verano de 1965. Un damisela economista, Josep M. Bricall, ha atravesado Francia para conocer a Tarradellas, quien, a posteriori de décadas de deportación, entre dificultades de todo tipo, mantiene viva la institución de la Generalitat, que todo el mundo da por muerta. De repente, suena el teléfono. Es el banquero de Tours: un extraño saldo sale de la caja de seguridad. Se dirigen al sotabanco. Es el corazón de Macià, pudriéndose. Cuando este murió, el maestro Gassol propuso imitar el ritual de los Habsburgo, que conservaban el corazón del difunto en una caja de plata. Colocado el corazón de Macià en una caja de plomo, acabó en las maletas del deportación de Tarradellas.

Esta es, quizá, la más pintoresca de las anécdotas que aparecen en la monumental hazañas escrita por el profesor y periodista Joan Esculies. Tarradellas, una cierta idea de Cataluña (RBA/Pòrtic). Monumental porque son mil páginas de un rigor infrecuente. Pero sobre todo por el contenido. Un delirio oceánico por la historia del siglo XX catalán y castellano a través de la vida del president Tarradellas. He estado nadando en tal océano durante una intensa semana y estoy entusiasmado. No es una encarecimiento del president, sino un relato muy preciso de sus luces y sombras. Tarradellas tenía una voluntad de hierro. De damisela, fue un self made man y se hizo rico. Dominado por la pasión política, sacrificó su fortuna y el confort casero. Poseía la determinación de los héroes o los visionarios. Tenía un formidable sentido de la estructura, insólito en una época de espontaneidad y calenturas.
Tarradellas era un hombre resiliente. Resurgió de las cenizas muchas veces. Luego de hacerse imprescindible a Macià, vivió desolado el 6 de octubre de 1934 de Companys. Como conseller primer, logró reorganizar la Generalitat y la patrimonio de refriega catalana devastada por el desastre de 1936: con luces (las fábricas de armamento y la patrimonio funcionan) y sombras: tuvo que tolerar ciertas matanzas y abusos de la CNT-FAI. Tras duras aventuras de deportación, se dedicó en cuerpo y alma a rehacer su partido, ERC. Buscando parné, tejiendo contactos por Francia y América. Todo el mundo desconfiaba de él, empezando por los suyos, pero era el único que perseveraba con obsesiva determinación. El pacto de Eisenhower con Franco deprime a los exiliados. No a él. Hereda la Generalitat, que no era más que una palabra y unos archivos. Todo a su aproximadamente es desengaño, indolencia y derrota. Contra el sentido popular, se entrega a un trabajo ingente y pesado, que implica la ruina de los intereses familiares. Envejece engrandeciendo el símbolo y logra convertirlo en cuchitril estratégica de la transición.
Envejeció convirtiendo un símbolo en cuchitril estratégica de la transición
Decenas de personajes y muchas visiones de Catalunya y España forman parte del tejido de un compendio colosal, que se devora con pasión de novelística aunque es un pedagógico y sabio tratado. Joan Esculies no alecciona: muestra. No es la pequeño de las virtudes de esa oceánica hazañas. En un tiempo en el que el periodismo tiende a la trinchera, este compendio se dirige a lectores adultos que desean extraer sus propias reflexiones de las tragedias y los logros del pasado.
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