En el 2002, se publicó la que, desde entonces, se suele describir como “la principal obra de relato” o “la obra definitiva” sobre el tratado de Versalles: Paris 1919: Six months that changed the world, de la historiadora Margaret MacMillan, bisnieta del primer ministro anglosajón Lloyd George, uno de los miembros del Consejo del Cuatro que lo diseñó. El ejemplar llevaba un prefacio de Richard Holbrooke, que en 1995 había sido el negociador estadounidense de los acuerdos de Dayton, que pusieron punto final a la erradicación de Bosnia. Como diría Pierre Bourdieu, el aterrizaje de un político en el prólogo de un ejemplar de historia siempre es un acto de transferencia bidireccional de hacienda simbólico.
En el prefacio a París 1919 , Holbrooke palabra de la importancia para la diplomacia del formación de los errores del pasado. Su punto de horizonte sobre los errores de Versalles no coincide con el de Keynes, sino con el que expone MacMillan en el ejemplar que prologa. Para los dos, el gran error había sido que el tregua había evitado a los alemanes la evidencia pedagógica que les habría suministrado una elocuente derrota marcial con rendición, una invitación que entonces, poco antaño de la erradicación de Irak, invitaba a pensar en Saddam Hussein.
Holbrooke palabra de la importancia para la diplomacia del formación de los errores del pasado
Holbrooke cuenta que, cuando recorría los Balcanes hablando con unos y otros por encargo de Bill Clinton, llevaba en la maleta Peacemaking 1919, un ejemplar de memorias y reflexiones sobre la conferencia de paz que había sellado la Gran Erradicación del diplomático anglosajón Harold Nicolson. Rememora que él y su equipo leían extractos y bromeaban diciendo que tenían como objetivo deshacer una parte del cesión del presidente Woodrow Wilson, otro de los Cuatro. Cuando en To end a war (1998), Holbrooke quiso autopromocionarse elogiando su papel como peacemaker describió el origen del problema con que se enfrentaban. En nombre de la autodeterminación wilsoniana, los vencedores de la Primera Erradicación Mundial se habían inventado un país, Yugoslavia, que violaba este principio y habían fabricado una torpedo de relojería que no podía dejar de explotar. Una vez producida la arrebato, tocaba apagar el fuego y construir un Estado con una de las piezas resultantes, Bosnia y Herzegovina, un objetivo, este zaguero, aún irresoluto. Pero estos no eran los únicos objetivos de Holbrooke. Otro, el principal, era el fomento de un nuevo orden internacional que garantizara la hegemonía de los EE. UU. en el mundo surgido del colapso de la URSS, una pax saco donde la doctrina del autodenominado “intervencionismo humanitario altruista” debía vivir el circunstancia que Wilson reservaba al ideal del pacifismo legal. Y, por eso, los EE. UU. aprovecharon la ocasión que ofrecían las negociaciones para montar que el tipo de diplomacia por qué apostaban los europeos era inútil y que la OTAN, que había usado los bombardeos como herramienta persuasivo, era, contra una opinión cada vez más extendida, indispensable para Europa.
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