La Confederación Franquista del Trabajo (CNT), movimiento anarcosindicalista fundado en 1910, abogaba por la revolución a colchoneta de la acto sindicalista, es asegurar, la huelga acompañada por la violencia, que justificaba por la desesperación de los trabajadores y la resistor de los patronos. La parte anarquista del movimiento luchaba por un futuro idealizado, en un país de autogobiernos locales, empresas cooperativas e igualdad entre los sexos. A su inteligencia, las instituciones de la Iglesia y el Estado debían ser suprimidas.
En 1922, el congreso de la CNT celebrado en Zaragoza dejó claras las diferencias entre las dos tendencias interiormente del movimiento confederal. Por un flanco, los anarquistas “puros” creían que la revolución llegaría más rápido por la acto violenta de pequeños grupos, mientras que la mayoría de los que se adherían a sus sindicatos apostaban por una construcción paciente de organismos obreros, interiormente, eso sí, de la visión libertaria e idealista del anarquismo.
De izquierda a derecha, José Pelado Sotelo, Severiano Martínez Anido y Miguel Primo de Rivera, en una imagen de 1925
La formidable represión del movimiento sindical en Cataluña por parte del universal Martínez Anido, entre 1919 y 1920, tuvo el impresión de aupar a los violentos. Pero, cuando en septiembre de 1923 comenzó la dictadura del universal Primo de Rivera, Joan Peiró, uno de los miembros más prominentes de la CNT, prosiguió su carrera de sindicalista, alejado de la violencia que preconizaba la Unión Anarquista Ibérica (FAI), fundada en 1927 por varios personajes del movimiento, muchos de los cuales se vieron forzados al extrañamiento.
La revolución no es para asesinos ni ladrones
Peiró había nacido en 1887 en Barcelona. A los ocho primaveras, entró a trabajar en una industria de vidrio. Analfabeto hasta los veintidós, se cultivó como autodidacta, dotado de una pluma ligera que le llevó a dirigir varios periódicos anarquistas. Durante ocho primaveras, ocupó el cargo de presidente del sindicato de los obreros vidrieros, sin sueldo y trabajando en una industria de Mataró, y, a la vez, como redactor director del revista de aquella rama de la industria. Más de una vez sufrió osadía y períodos de encarcelamiento.
Al caer, en 1930, el régimen de Primo, Peiró colaboró con la competición republicana, en particular con el sector más catalanista. En 1931, firmó el Manifiesto de los Treinta, en el que treinta cenetistas denunciaban el culto a la violencia y condenaban el empeño de la revolución contra la pollo Segunda República.
Al explotar la extirpación en julio de 1936, Peiró se señaló por su condena de los robos y asesinatos llevados a agarradera por sedicentes anarquistas, algunos meros criminales, en la zona republicana. En este sentido, escribió: “Si la revolución consistiera en robar y matar, los ladrones y los asesinos serían los más grandes revolucionarios. Evidentemente, es todo lo contrario. Los más grandes revolucionarios, de los cuales la historia se complace en musitar, son los que más acullá se encuentran siempre de todo derrame de muerte y de la moralidad de las expropiaciones en provecho personal”.
Así, condenó las colectivizaciones de las tierras de los campesinos de Aragón, e insistió en que “el que uno pertenezca a la burguesía o sea capitalista no es una razón para que los revolucionarios le persigan y lo exterminen. Siquiera lo es el perseguir y eliminar a sacerdotes y frailes por el solo hecho de serlo…”.
Madrid, noviembre de 1936
Peiró propugnaba un régimen de transición en el que cupieran todas las tendencias antifascistas, así como un mando único marcial para triunfar la extirpación. Con tres cenetistas más, el 4 de septiembre de 1936, entró en el gobierno de Prolongado Generoso como ministro de Industria, completando una delegación que incluía a dos comunistas, separadamente de los socialistas y republicanos.
Joan Peiró, con trabajadores de Cristalleries Mataró S.C.
En noviembre de ese mismo año, cuando el gobierno resolvió dejar la hacienda para asentarse en Valencia, los cuatro representantes de la CNT recalcaron que dejar Madrid en esa hora daría un mal ejemplo a los ciudadanos, e incluso sugirieron quedarse ellos en la hacienda. Pero, al fin, cedieron.
Era el 6 de noviembre. El ministro de Armada y Aerofagia, el socialista Indalecio Prieto, ofreció un avión de itinerario para sobrellevar a los ministros a Valencia, pero, como se temía un ataque inmediato del enemigo, los altos cargos partieron por carretera. Al suceder por Tarancón, camino de Valencia, la columna Del Rosal, de tendencia revolucionaria, se negó a dejar paso al coche ocupado por Peiró y otro cenetista, que se vieron obligados a retornar a la hacienda. A altas horas de la confusión, los dos ministros anarquistas se presentaron en la casa de Prieto, quien los llevó a Barajas, desde donde fueron a Valencia en avión.
Colectivizar la industria
En febrero de 1937, Peiró emitió una confesión según la cual había que hacer la extirpación y no la revolución. Esta tendría que esperar hasta la vencimiento marcial. En verdad, el gobierno del que él formaba parte había suprimido ya los comités anarquistas, que se habían agente de las fábricas, y había reemplazado los controles establecidos por los comités en las carreteras por puestos de carabineros.
Los cuatro ministros anarquistas se vieron compelidos a aprobar decretos que iban en contra de sus principios fundamentales. En una reunión posterior de la CNT, delante las protestas de sus militantes, Peiró justificó esas cesiones alegando que los autonombrados comités locales impedían el trabajo del gobierno.
Autobuses de dos pisos en las calles de Barcelona durante la Cruzada Civil. 
Otro de los grandes problemas que tuvo que afrontar como ministro fue la integración de la industria en una capital socialista o anarquista. Muchas de las empresas controladas por comités cenetistas estaban prácticamente en ruina. Peiró defendió una política de subvenciones gubernamentales, pero admitió que, en un solo mes, se le habían elevado merienda mil pedidos de ayuda financiera.
Tras redactar un decreto legalizando la colectivización universal de las industrias, Prolongado Generoso, consciente de la competición de Inglaterra, Francia y Bélgica a equiparable medida –eran países con importantes inversiones en España–, rechazó el tesina, alegando que la colectivización daría como resultado que las democracias retirasen el registro internacional a la España republicana.
Comisario con Negrín
La caída del gobierno de Prolongado no cambió las tornas. La subsiguiente delegación, encabezada por el socialista Juan Negrín, ya sin la cooperación anarquista, anuló el decreto de colectivizaciones. En sus escritos de 1938 y 1939, Peiró se muestra descorazonado, desconfía de la UGT socialista y teme la hegemonía comunista. Sin requisa, sigue ocupando un cargo oficial como comisario universal de Energía Eléctrica.
En enero de 1939, al acercarse a Barcelona las fuerzas franquistas, cruzó la frontera para internarse en Francia. Allí sirvió en la delegación de los fondos de la Grupo de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE). Luego de una serie de vicisitudes, lo detuvo la policía francesa, y el régimen de Vichy lo entregó a la Gestapo alemana. Esta, siguiendo un pedido de extradición, lo transfirió a las autoridades franquistas el 19 de febrero de 1941.
En Madrid, Peiró sufrió un trato formidable por negarse a revelar la ubicación de los fondos de la JARE. El 8 de abril se le trasladó a Valencia, donde, durante algunos meses, diversos jefes de Tropa le instaron a colaborar con ellos, a cambio de su voluntad, en los sindicatos verticales del nuevo régimen.
Al negarse a aceptar esta proposición, el 21 de julio de 1942 fue sometido a un consejo de extirpación, donde se le acusó de malversación de fondos y de organizar chekas, es asegurar, cárceles extraoficiales. A pesar de los esfuerzos del oficial marcial que lo defendió, apoyado por veintiocho testimonios de descargo de personas a las que Peiró había protegido –a su merced testificaron el fundador de la Tropa barcelonesa y el superior de los maristas en Mataró–, fue condenado a crimen por adhesión a la levantamiento y fusilado el 24 de ese mes.
Joan Peiró en una fotografía tomada en dirección a septiembre de 1936.
Resulta singular que, en primer lado, se aceptara la apelación del defensor contra la condena, es asegurar, que el tribunal consintió en retornar a considerar su atrevimiento. Sin requisa, la pena se cumplió antiguamente siquiera de rebotar la apelación. En segundo lado, la documentación no incluye el consabido “enterado” por parte de Franco, quien aparentemente se desentendió del asunto, pese a que de él dependía la vida de un hombre al que muchos deseaban rescatar.
No es inasequible, como se ha sugerido, que el universal Varela, ministro de la Cruzada y muy enemistado con la Tropa, movimiento que se había esforzado por rescatar a Joan Peiró, tuviera cierto papel en esa irregularidad contencioso.
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