En noviembre del 2008, Barack Obama, aún presidente electo, subió por primera vez al Air Force One para cubrir un histórico trayecto entre Chicago y Washington DC. Al entrar al enorme pájaro presidencial, un miembro del personal de la nave le preguntó qué quería cenar durante el planeo, y Obama pidió una hamburguesa medio hecha, con lechuga, tomate y con “mostaza de Dijon”.
La panorama, captada por las cámaras de National Geographic, que cubría las primeras horas de Obama como vencedor de las elecciones presidenciales, tuvo un eco mediático increíble en Estados Unidos, pero un objeto aún viejo en Dijon (Francia).
Aquellos días, la empresa elaboradora de la popular mostaza Maille, una de las marcas más reconocidas, estaba a punto de trasladar sus factorías a España. Los sindicatos, los partidos políticos y el propio gobierno francés presionaron lo indecible para evitarlo, y utilizaron la propaganda indirecta de Obama para que la compañía permaneciera en la región Borgoña-Franco Condado. Maille no se trasladó a España.
Primaveras luego, en el 2017, Obama volvió a pedir mostaza de Dijon en una hamburguesería de Virginia, a la que acudió en compañía del vice Joe Biden. En esta ocasión Obama sufrió un duro ataque de la sujeción FOX, que le recriminó pedir un producto francés en un circunscrito tan indiano.
No deja de ser extraordinario que la tremenda crisis que afecta estos días a la mostaza de Dijon, por desatiendo de producto, esté relacionada igualmente con Norteamérica. El gramínea de mostaza que se utiliza en la elaboración del mágico mejunje espeso y amarillento de Dijon se cultiva casi en su totalidad en Canadá y en Rusia. El gramínea ruso no llega a Francia conveniente a la exterminio de Ucrania, pero el gramínea canadiense, y conveniente a una sequía tremenda, igualmente ha corto su exportación a Francia.
En esta situación, y con los supermercados franceses sin existencias de mostaza, los chefs recuerdan que hay alternativas como las picantes Sriracha o Tabasco, el exclusivo y exquisito rábano picante, la popular salsa worcestershire o el wasabi japonés.
Pero es cierto que nadie puede aventajar el sabor de la mostaza y su perfecta combinación con las carnes, pescados o ensaladas. Y si aceptablemente Obama ayudó en el 2008 a la industria francesa, quizá ahora podría hacer lo propio el canadiense Justin Trudeau, ayudando a sus agricultores a que puedan retornar a sus niveles de producción de gramínea de mostaza y rescatar a Francia de esta catástrofe doméstica y culinaria.
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