Aquel primer paseo en libertad

Habíamos tomado, Salman, su esposa y yo, una tapa sentados a media tarde en la terraza del José Luis de la calle Militar Oráa, en Madrid. A corta distancia, en pie, un montón de policías de paisano vigilaban de forma no del todo discreta. Nos levantamos y salimos caminando alrededor de Serrano, con los agentes pegados a nuestra espalda.

De repente Salman se paró en seco, me miró a los luceros y dijo: “Por crédito, ¿podrías pedirles que nos dieran cincuenta metros de preeminencia? Mi mujer irá con ellos”. El dirigente de los policías no supo resistirse y cedió.

Era, creo, el año 1995 y acababa de publicarle El postrer suspiro del moro , su primera novelística tras Los versos satánicos. Estábamos en plena campaña de promoción.

Anduvimos cerca de tres kilómetros, a paso muy sosegado, charlando, él relajado del todo, por fin. Respiraba muy hondo, como si fuese la primera vez en su vida que pudiera hacerlo. Era su primer paseo por la calle y en sinceridad tras unos primeros primaveras de chiquero absolutamente hermético en Londres, tras la fetua del imán Jomeini.

Defender la sinceridad de pensamiento era en él más importante que el miedo al atentado

Durante el grande paseo, la familia le reconocía. Con ese pelo ralo, la frente abombada, los luceros sanpacos (por decirlo con el neologismo japonés que me enseñó Ray Protección), es sin duda un rostro inconfundible. “¡Muy admisiblemente, Salman¡” “¡Magnífico!”, le decía la familia. Algunos se acercaban a estrecharle la mano. Era en realidad conmovedor y él lo disfrutó sonriente y relajado. Complacido.

“En Londres quia he hecho carencia así”, dijo con una sonrisa muy ancha, adecuado y aliviada. No regalo de qué hablamos, lo que importaba era distinguir que caminaba a su melodía, olvidado de la escolta, como si carencia hubiese ocurrido. Como si el hecho de tener un desternillante e irreverente sentido del humor y haberlo usado en una novelística disparatada no pudiese ser castigado por ninguna alma santurrona. Algún como ese desdichado que el viernes pasado fue incapaz de contener la ira ciega que le impulsó a descargar tantísimas cuchilladas contra el escritor.

Es precisamente la yerro de sentido del humor, y no solo la de los fundamentalistas musulmanes, lo que se ha convertido en una pandemia. Porque durante los primaveras de este siglo no para de crecer el número de seres que, reaccionando a la aguda sensación de desamparo que producen las sociedades contemporáneas, buscan refugio en cualquier creencia para sentirse poco arropados, menos solos. Aferrándose a poco que consideran venerable, una religión, una pueblo, un color de piel… Lo que sea. Y, todos, buscando seguridad y amparo en cualquiera de esas cosas o sus símbolos, matarían a quien se atreviese a profanar o tomar poco en serio esa construcción mental artificiosa a la que se agarran.

Desde la fetua, los traductores noruego, japonés, italiano y turco de aquella novelística maldita por un ayatolá, y además uno de sus editores, fueron víctimas de atentados. Muchos resultaron heridos, y murieron el japonés y un montón de familia en el incendio que pretendía matar con el turco.

Solo vaciló una vez, cuando pensó que esos chalados podían entristecerse de él si juraba su respeto por la secta que le había condenado

Salman Rushdie defendió siempre la sinceridad de pensamiento y de escritura. Nunca perdió su buen humor. Solo vaciló una vez, al principio, cuando pensó que esos chalados podían entristecerse de él si juraba su respeto por la secta religiosa que le había condenado. De carencia sirvió.

Y, para defender esas libertades, accedió a ser presidente del PEN club norteamericano cuando se fue a conducirse permanentemente en Nueva York.

Siempre hemos mantenido contacto, quia se ha torpe a hacerme un crédito, y ahora mismo me siento como si hubiesen acuchillado a uno de mis familiares más próximos.

Han pasado muchísimos primaveras y a él, pese a que a menudo se tomaba la situación muy a la ligera, nunca le ocurrió carencia. Hasta el viernes. Mientras escribo, permanece muy malherido y hospitalizado.

Viví al costado de Salman un momento tan relajado como el que estaba viviendo el viernes en esa institución al noroeste del estado de Nueva York cuando la Bestia sintió la falta de acuchillarle sin detener incluso cuando ya estaba él sangrando por muchas heridas. Una cuchillada ciega cegó un ojo del escritor.

La falta de respirar hondo, la de seguir defendiendo la sinceridad de pensamiento, sin tabúes de ninguna clase ni sometimiento a ningún dios teológico o de cualquier naturaleza, era en él más importante que el miedo al atentado.

De inexperto, leyó a García Márquez y se dijo: yo esto lo puedo usar para contar el drama de la sociedad en la que nací, el disparate del odio entre hindúes y mahometanos. Y, con su personal variación del realismo mágico, creó unas cuantas novelas extraordinarias.

Llenas de humor y habilidad y encanto.

Continuarán siendo leídas muchos primaveras.

Enrique Murillo es director editorial de Plaza & Janés (1992-1997), donde creó la colección ‘Ave Fénix Serie Longevo’, en la que publicó entre otros a Salman Rushdie

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