Considerado uno de los siete sabios de Grecia, su nombre, cercano con el del rígido Hábil, evocaba el talento y la prudencia que debía poseer un gran parlamentario. En medio de una crisis sin precedentes, Solón (638-558 a. C.) reformó el sistema legal de Atenas y dio a la ciudad la estabilidad que tanto necesitaba. La magnitud de su obra le convirtió en un punto de relato no solo para la Pasado clásica, sino incluso para pensadores de distintos países desde la Perduración Media hasta nuestros días.
Atenas atravesaba una época incierta, en la que su propio futuro estaba en serie. Tras la desaparición de la monarquía, los aristócratas, sin ningún otro estado social que les hiciera sombra, imponían su autoridad sin cortapisas. Su hegemonía y sus abusos suscitaban el resentimiento de los campesinos, cada vez más empobrecidos en medio de una preocupante etapa de malas cosechas. En otros tiempos habían disfrutado de tierras comunales para completar sus posibles, pero en aquellos momentos los ricos se empeñaban en privatizar este tipo de propiedades.
Así las cosas, aquellos que trabajaban el campo no tenían más remedio que subsistir a partir de préstamos, por lo que se hallaban en una situación de considerable vulnerabilidad. ¿Quién podía asegurarles que las deudas no iban a conducirles hasta la esclavitud? Los acreedores, con tal de recuperar su inversión, no dudarían en quitarles la confianza.
En esta época de fuertes antagonismos, en la que todos parecían preocuparse sólo de sus intereses, Solón supo situarse por encima de los dos bandos, ricos y pobres. Él, sin confiscación, pertenecía al primer mandato por su origen social privilegiado. A fin de cuentas, era descendiente por parte de padre de Codro (1089-1068 a. C.), el zaguero rey de la ciudad.
Iguales frente a la ley
Su poder como arconte, o primer magistrado, se vio fortalecido por una capacidad diplomática poco habitual: ambas facciones acudían a él como única persona capaz de alcanzar algún tipo de acuerdo. De esta forma, el gobierno reconocía la igualdad para todos los ciudadanos. En delante, sería la ley la que determinaría el funcionamiento correcto del sistema.
Una ley, por otra parte, que se pondría por escrito y se publicaría para que todos pudieran conocerla. Los ciudadanos ya no dependerían del azar de contar con unos gobernantes con principios éticos, porque lo importante no sería la bondad o maldad del gobernador, sino el contenido de las normas que todos obedecerían.
Pecho de Solón de Atenas.
Solón encabezó una serie de cambios que beneficiaban a los más débiles. En el futuro, la esclavitud por deudas ya no estaría permitida, y los que menos posesiones tenían no se verían excluidos de los derechos políticos.
Salvador Rus Rufino y Francisco Arenas-Dolz, en El descubrimiento de la política: Solón de Atenas (Tecnos, 2022), un muy completo estudio sobre el personaje, señalan que el parlamentario helénico tuvo el mérito de darse cuenta de que la ordenamiento social de su polis no podía sobrevivir sin reformas.
Podría decirse que su objetivo consistía en aguantar a parte la revolución desde hacia lo alto para que los más pobres no la hicieran desde debajo. En palabras de Rus Rufino y Arenas-Dolz, lo que el líder ateniense deseaba “era evitar el caos y el derramamiento de familia en una lucha fratricida entre atenienses. Para él los cambios hay que hacerlos desde en el interior del sistema, con los instrumentos que se tienen, manteniéndose siempre en el interior de la rectitud”.
¿Procuró, al modo de Lampedusa, cambiar poco para que todo siguiera igual? Seguramente. Como gran gobernante, sabía que, si los aristócratas se obstinaban en extralimitarse de su autoridad, lo único que conseguirían sería un cataclismo que destruyera su hegemonía. Tenía, luego, que hacer poco para salvarlos de sí mismos.
Entre la democracia y la tiranía
Atenas se había hecho más democrática, pero el sistema no tuvo, en principio, la estabilidad para funcionar a prolongado plazo. Un tirano, Pisístrato (607-527 a. C), alcanzó el poder y consiguió que sus dos hijos, Hipias e Hiparco, le sucedieran.
Solón frente a Creso, el zaguero rey de Tienta.
El término “tirano” no tenía para los griegos una connotación tan negativa como tiene para nosotros, pero sí es cierto que equivalía a gobernador autocrático. Acostumbraba a ser un populista que, surgido de los estamentos humildes, sabía cómo halagar a la multitud. Su elocuencia como orador le permitía deslizar con facilidad a las masas, a las que tenía que convencer de que su figura no representaba la dictadura, sino la confianza frente a la opresión cotidiana.
El problema de este tipo de mandatarios era que, a medida que crecía su poder, se sentían más solos en la cúspide de la polis. Se volvían entonces paranoicos, siempre con la apariencia puesta en mil amenazas supuestas.
Pese a su fracaso a la hora de construir un régimen estable, Solón se ganó la maravilla de la posteridad, aunque siquiera le faltaron críticos. Unos, como el renacentista Maquiavelo, no quedaron convencidos con el recuento de su gobierno. Sus leyes, al no ser lo conveniente sólidas, no habían podido impedir que Atenas se sumiera en la inestabilidad al oscilar entre la democracia y la tiranía.
Otros, por el contrario, elogiaron su sentido pragmático de las cosas. Para el ilustrado Montesquieu merecía agradecimiento, porque no había hexaedro a sus compatriotas las leyes más adecuadas, sino “las mejores que podían soportar”. Dicho de otro modo: la mejor ley no era la más certamen en el plano teórico, sino la más apropiada para la idiosincrasia de un pueblo.
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