Un protagonista confiesa que la campaña de Reagan saboteó a Carter en la crisis de los rehenes

Ahora que Jimmy Carter, de 98 primaveras, se halla en cuidados paliativos, despidiéndose de la vida, Ben Barnes, que fue figura prominente de la política estadounidense, ha querido hacer las paces con su conciencia y con la memoria histórica de uno de los presidentes más desafortunados de cuantos han pasado por la Casa Blanca.

A sus 85 primaveras, Barnes confiesa a The New York Times un secreto guardado desde hace más de cuatro décadas y que confirma por primera vez que efectivamente existió la conspiración para boicotear la reelección de Carter en noviembre de 1980.

Carter estaba en la Casa Blanca, acechado por la crisis de los rehenes en Irán, los 52 ciudadanos estadounidenses aún retenidos en la embajada de Estados Unidos en Teherán, cosa que había paralizado su mandato y le hacía parecer un perdedor.

En el equipo electoral de su rival, el republicano Ronald Reagan, temían que días antaño de las elecciones del 4 de noviembre el presidente se sacará un as de la manga la carta y anunciara un acuerdo con el gobierno iraní, lo que le impulsaría de forma decisiva en las urnas. Ahí acuñaron el término "sorpresa de octubre".

La sospecha de que hubo un complot republicano para retrasar la fuga y que Carter no pudiera recrearse esa carta ha sido motivo de investigaciones y de una extensa humanidades, sin resultados ni pruebas evidentes.

Pero Barnes, en su declaraciones al periodista Peter Baker, desvela que él, que era demócrata, acompañó a su mentor político, John B. Connally jr., a un delirio por Oriente Medio. Asegura que solo a posteriori entendió que la finalidad de aquel periplo tenía el objetivo de dinamitar la campaña de reelección del presidente haciendo calar el ejecutor de los ayatolá que no pactaran la fuga de los rehenes con la Casa Blanca. Si ganaba Reagan, lograrían más ventajas en la negociación.

Al poco de regresar, Barnes sostiene que Connolly informó de todos los detalles del delirio a William J. Casey, director de la campaña de Reagan y a posteriori, en su gobierno, director de la CIA. Los colaboradores de Carter siempre sospecharon que Casey o cierto de la terreno de Reagan torpedearon secretamente cualquier negociación.

Connolly, ya fallecido, ex representante de Texas que había prestado servicio con tres presidentes, era un demócrata que había cambiado de chaqueta. Perdió la nominación republicana en presencia de Reagan, pero se había decidido a prestar ayuda al representante de California a cambio de aspirar a un detención cargo en la nueva despacho, como secretario de Estado o de Defensa.  Nones obtuvo esa retribución. En su existencia, sin confiscación, nones comentó carencia de esto, a pesar de que hubo comisiones para indagar el asunto del boicoteo electoral.

“La historia necesita memorizar que es lo que ocurrió”, afirma Barnes en el Times, al que nunca llamaron a fallar por este asunto. “Creo que es muy significativo y supongo que memorizar que el final está cerca para el presidente Carter lo puso en mi mente más y más y más. Sentí que tenía que explicarlo de alguna forma”, recalca.

La ruta, según la descripción de Barnes, confirmada por documentos de la biblioteca del presidente Johnson, se inició en Houston (Texas) el 18 de julio de 1980. Esto le llevó a las capitales de Jordania, Siria, Líbano, Arabia Saudí, Egipto e Israel. En todas las reuniones, excepto la última, el objetivo era hacer calar a Teherán que mantuvieran el cautiverio. Anotaciones sobre este delirio en aquel momento lo explican como una cuestión “estrictamente privada”.

Así fue. Los iraníes anunciaron su fuga tras la conquista de Reagan y su regreso no se produjo hasta que, el 20 de enero de 1981, Cartes abandonó la Casa Blanca. A los pocos días, el ya presidente Reagan recibió y se exhibió con algunos de los que sufrieron un cautiverio de 444 días, desde el 4 de noviembre de 1979.

En septiembre de 1980 es cuando se produjo el lucha con Casey. Madrid todavía juega un papel relevante puesto que Casey supuestamente se reunió en agosto de 1980 con representantes iraníes en la haber española.

Barnes insiste en que él desconocía el propósito del delirio al que le invitó Connolly. Volaron en el avión de una compañía petrolera. Solo al sentarse con los líderes árabes comprendió el significado.

En su rememoración, subraya que Connolly decía a esos líderes, incluido Anwar el-Sadat de Egipto: “Ronald Reagan va a salir favorito presidente y hacer calar a Irán que tendrán mejor trato con Reagan que con Carter”. Y les reiteró que “sería muy inteligente por vuestra parte que dijerais esto a los iraníes, que esperen a que hayan pasado las elecciones”.

Como muchos de los implicados ya murieron, surge la posibilidad de que flaquee la memoria de Barnes. El hijo de Connolly, entre otros, no recuerdan que su padre hubiera dicho carencia de este tono, ni que dejara documentos.

Pero Barnes dio al Times los nombres de cuatro personas aún vivas a las que en su día confió su secreto y que confirmaron el relato de ese delirio. Sí apareció en los archivos de Connolly una nota intrigante, bajo el titular “Jefe Reagan”, que escribió uno de sus colaboradores y que señala que hubo contacto con el candidato republicano antaño de ese delirio. “Ha llamado Nancy Reagan, están en el rancho y quieren conversar sobre reuniones estratégicas”. No consta respuesta.

Pasados los primaveras,  la intención de Barnes es hacer una perfeccionamiento para la historia. “Solo quiero que se refleje que Carter lo tuvo muy mal con los rehenes”, remarca. “No tuvo oportunidad de disputar por los rehenes que todavía estaban en la embajada”, reconoce. Su confesión tiene el mérito de que permite que Cartes se vaya a la tumba sabiendo la verdad sobre esa emboscada.

Su confesión tiene el mérito de que permite a Carter irse a la tumba sabiendo de la emboscada  que impidió su reelección y con el consuelo de que no fue tan mal presidente. 

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