‘Franciáfrica’, el imperio que no muere

La Nueva Cumbre África-Francia celebrada en octubre del 2021 en Montpellier. marca un cambio de rumbo de Francia respecto a sus antiguas colonias. •Emmanuel Macron no convocó a los jefes de Estado sino a merienda figuras jóvenes de África y su diáspora francesa, preferentemente bloguera.

L’empire qui ne veut pas mourir es el título de una ambiciosa historia de la Franciáfrica publicada coincidiendo con la Nueva Cumbre África-Francia de octubre del 2021 en Montpellier. Presentada como el 28.º conversación de ese tipo desde 1973, la cumbre no tenía un nombre del todo adecuado puesto que excluía por primera vez a los dirigentes africanos para centrarse en un debate divulgado entre el presidente Emmanuel Macron, respaldado por el profesor universitario camerunés Achille Mbembe, y merienda    perlas elegidas entre la lozanía de África y su diáspora francesa, bloguera preferentemente

Ese estrafalario acontecimiento que tuvo oficio en un gran estadio cubierto usado en conciertos de rock, con el cantante futurista chadiano Afrotonix en prime time, contrastó deliberadamente con la circunspección de una Franciáfrica cuyo ritual se nutría desde hace más de medio siglo del protocolo de las cumbres a puerta cerrada, que expresaban con formalismo una relación privilegiada de Estado a Estado.

Nueva época o sistema evolutivo

FILE PHOTO: A French soldier mans a machine gun in the door of a NH 90 Caiman military helicopter during Operation Barkhane over Ndaki, Mali, July 29, 2019. Picture taken July 29, 2019. REUTERS/Benoit Tessier/File Photo

Un soldado francés en la operación antiterrorista del país en Mali. 

Benoit Tessier / Reuters

Macron no deja de repetir que quiere librarse de tal herencia y dialogar directamente con los africanos. Se defiende continuamente de la inculpación de paternalista frente a un continente al que, según dice, no pretende asesorar desde fuera ningún maniquí político, ni siquiera la democracia parlamentaria. En eso se diferencia de la UE, de EE.UU. e incluso de la fila iniciada por Mitterrand en la cumbre de La Baule de 1990 según la cual la ayuda francesa a los estados africanos se concedería en función de sus esfuerzos democratizadores.

Considerándose como se considera surgido de la sociedad civil y sin cargo electivo antiguamente de resistir a la presidencia, Macron ha querido romper con esa posición diplomática. De acuerdo con su principio del “al mismo tiempo”, anunció en Montpellier la creación por parte de la ayuda francesa de un Fondo de Democratización para África. Pero ese nuevo aparato financiero tendría una “gobernanza independiente” a cargo de un “comité investigador africano”, lo que confirmaría su rechazo a cualquier presión extranjero directa sobre los diferentes regímenes del continente.

La posición presidencial sigue siendo la presentada en noviembre del 2017 en la Universidad de Uagadugú, frente a un divulgado de estudiantes y no de dirigentes: más “política francesa” en la fila marcada por su predecesores en el Elíseo, pero sometida a una reconstrucción progresiva que se apoya en el multilateralismo y la Unión Africana en el extranjero, así como en la diáspora africana en el interior. A una pequeña élite de amici principis seleccionados individualmente para formar el Consejo Presidencial para África se le ha confiado desde su puesta en marcha un papel a un tiempo político y crematístico en las futuras relaciones con África. Símbolo de ese nuevo enfoque, el coordinador del Consejo Presidencial, Jules-Armand Aniambossou, condiscípulo de Macron en la Escuela Franquista de Despacho (ENA) y antiguo embajador de Benín en Francia, fue famoso en el 2019 embajador de Francia en Uganda, a pesar de las reservas de los diplomáticos.

“Franciáfrica no me obsesiona. Esta cosa [sic] pasará... es poco generacional”, declaró el presidente a dos periodistas especializados (Antoine Glaser y Pascal Airault, Le piège africain de Macron. Du continent à l’Hexagone). Ese tipo de relaciones muy personalizadas no deja de rememorar las derivas de Franciáfrica, definidas y denunciadas precisamente como una especie de privatización de las relaciones interestatales. Desde afín punto de presencia, el cambio es imperceptible. De hecho, la historia de Franciáfrica citada al principio, muy crítica con Macron, llega hasta su presidencia, en tanto que presidencia de la “gran ilusión africana”. Allí de considerarla como una “nueva época de las relaciones con África”, como él mismo proclamó de modo repetitivo en la cumbre de Montpellier, ese ejemplar muy comprometido ve en ella la última escalón de una Franciáfrica que no sería una deriva de individuos corruptos sino un real “sistema evolutivo” cuyos orígenes estarían en el período final de la colonización. Desde afín perspectiva, ese monumental ejemplar, que cubre el período 1940-2021, insiste en última instancia en “la continuidad de la política marcial” que “contrasta con el mensaje que quieren transmitir Macron y su equipo, el de una disrupción aplicada a la política africana de Francia”. Y remite a declaraciones en un “plano de reconquista” en relación con una África entendida al nivel de todo el continente. Confirmando dicha tendencia en la clausura de la cumbre, el presidente propuso a África una “asociación” múltiple que integrara un nuevo valía cultural, puesto que, dijo, “Francia tiene una relación con lo universal, lo cual la distingue de los anglosajones”.

Posición internacional atacada

Esa observación es una confesión de la indigencia de tener en cuenta un auge de las competencias internacionales a las que Francia debe hacer frente en África, incluidas las del edicto occidental y la anglosfera, así como en el seno de la UE la iniciativa alemana Compact with Africa. Así, a los partidarios de una Franciáfrica resistente a todas las evoluciones mundiales gracias a su flexibilidad (la memoria de L’empire qui ne veut pas mourir), se opone una constatación más empírica que se apoya en el doble aberración de un rechazo interno de Franciáfrica y de nuevos desafíos de potencias exteriores activas al sur del Sáhara por razones políticas o económicas. En impresión, el coetáneo panorama diplomático no se parece a la época en que Francia se proclamaba el agente de África, acabada en 1994 con el exterminio ruandés, revelador de complicidades y cegueras criminales.

Horizontal

Migrantes africanos buscan señal para sus móviles en la costa de Yibuti. 

Archivo

Frente a la nueva situación, la defensa de las posiciones francesas en África se ha vuelto tanto más difícil y evidente por cuanto que Franciáfrica mantiene una consistencia poco sólida. En el fondo, el término es un eslogan político, usado primero en positivo por Félix Houphoüet-Boigny y los defensores de una visión asimilacionista de las relaciones franco-africanas, y luego en imagen retomada en el cambio de milenio por activistas que denunciaban la ocultación tras él de todo tipo de compromisos tejidos por las redes de Jacques Foccart y sus epígonos en la célula africana del Elíseo.

Por ello, la Francofonía –es su maduro amor– sigue sin tener resonancia institucional alguna, al contrario de lo que ocurre con la Commonwealth. Francia –demasiado autoritaria y centralizadora– no ha conseguido nunca duplicar la Commonwealth a pesar de todos los esfuerzos en ese sentido; como cuando rebautizó el antiguo imperio colonial como Unión Francesa bajo la IV República, luego como Comunidad bajo la futuro. La Ordenamiento Internacional de la Francofonía, creada en 1986, siquiera se ha convertido en una estructura políticamente influyente y unida. Por lo que se refiere al gobierno francés, Macron la ha relegado ahora al ámbito lingüístico y cultural.

Adicionalmente, el espíritu de la Franciáfrica se apoyaba en concepciones esencialistas y rígidas tanto de África como del propio ámbito interior francés. Es poco que hoy se ve sacudido por las evoluciones demográficas y sociológicas recíprocas, incluso con la formación progresiva en suelo francés de una importante nebulosa de diásporas africanas diversas. A pesar de la partida de cualquier estadística oficial, el presidente no dudó en referirse en la cumbre de Montpellier a los “siete millones de francesas y franceses cuya vida está vinculada a África”, una estimación imprecisa que ya había utilizado siendo candidato a la presidencia en el 2017. Y, mientras en la perspectiva de las elecciones de abril del 2022 la cuestión de la inmigración se convierte en un tema principal de la campaña en la derecha y la extrema derecha, Macron, por su parte, celebra una relación carnal con África, encarnada por una diáspora que ha modificado el rostro de Francia.

Las actuales polémicas sobre la presencia africana en suelo francés se entreveran todavía con debates a veces muy brutales sobre lo religioso y la presencia del islam en Francia. Sin ceñirse en modo alguno a creyentes originarios de África, tienden a velar la variedad efectiva de las identidades religiosas de las diásporas africanas en el país. En ese contexto y desde el 2013, la ataque del Sahel contra el terrorismo islámico y los atentados ocurridos en Francia han contribuido a exacerbar la tensión sobre el tema del laicismo, un concepto difícil de traducir y exportar, pero que está en el corazón de cierta tradición republicana francesa desde hace más de un siglo.

Ese concepto, que dominó la empresa colonial e impregnó particularmente en sus inicios una Franciáfrica poscolonial, ya no es aplicable hoy a la relación política, social y cultural con las antiguas colonias, sobre todo las sahelianas, cuyas constituciones formales, inspiradas en el maniquí francés, proclaman ciertamente el carácter laico del Estado, pero donde un renacer religioso cada vez más acentuado impregna el conjunto de la vida pública. Ese aberración masivo, que supera con creces los movimientos yihadistas armados, vuelve inoperante localmente un discurso divulgado francés que denuncia el oscurantismo y celebra las Luces, un discurso imbuido de su propia historia pero que escamotea la de sus socios africanos.

A esa amor intrínseca ligada a una especie de arrogancia cultural, se añaden los fracasos militares que minan el espíritu y el devenir de Franciáfrica. Desde enero del 2013, la intervención improvisada contra el terrorismo, en Mali primero y luego en todo el Sahel, ha sido cada vez menos eficaz y no ha podido ser complementada por una cooperación civil suministradora de servicios efectivos a las poblaciones, a causa de una inseguridad subyacente y duradera. Macron anunció en junio del 2021 la salida de la fuerza Barjan, aunque luego la idea pareció atemperarse tras el trágico episodio de la salida estadounidense de Afganistán. Pero Francia todavía se retiró de la República Centroafricana tras el fracaso de su operación Sangaris (2013-2016) que no logró pacificar el país. Tras sobrevenir cesado toda cooperación marcial en suelo centroafricano, Francia es hoy sustituida por Rusia como sostén armado del poder presidencial. Igual ocurre en Mali, donde las relaciones de la unión marcial instalada en el 2019 con Macron se han vuelto pésimas.

Horizontal

Chirac, entonces corregidor de París y luego presidente francés, Mitterrand y cada uno de los presidentes franceses tras la descolonización, han ido variando la política del país con África. 

Philippe Wojazer / Reuters

De todos modos, el repliegue no es completo. En el continente africano y sus inmediaciones, Francia conserva en total varios miles de soldados en bases de presencia marcial permanente, llamadas de soberanía (La Reunión y Mayotte) o de presencia en países extranjeros (Yibuti, Costa de Marfil, Gabón, Senegal), en el seno de regiones estratégicas.

En materia monetaria, sigue existiendo la zona franco, que garantiza una misma paridad con el euro para las divisas de tres conjuntos diferenciados (ver planisferio). Creada amoldonado tras    la pleito mundial y 15 primaveras antiguamente de la descolonización, esa zona franco acaba de resistir, por medio de reformas mínimas, una violenta campaña de opinión que acusa a Francia de “robar el oro de los africanos”.

Por todo ello, si admisiblemente Franciáfrica sigue siendo un eslogan polémico más que una existencia y si admisiblemente la coetáneo diplomacia presidencial en relación con África sigue siendo errática, no es menos cierto que Francia conserva una posición robusto al sur del Sáhara a pesar del debilidad normal de su autonomía internacional, correcto a la construcción europea pero todavía a su propia voluntad de trabajar en estrecha asociación con el sistema de la ONU en sentido amplio (incluidos el FMI y el Sotabanco Mundial) desde el fatídico año de 1994 (exterminio ruandés y devaluación única hasta hoy del franco CFA). Su presencia multiforme sobre el demarcación sigue siendo apreciada por los socios africanos y occidentales. Resiste, en definitiva, las ofensivas chinas, rusas, turcas y de otros países. El vínculo de Francia con África sigue siendo más robusto que el de otros países de la UE (con la excepción de Bélgica). Da la impresión, dejando de banda una comprensión más afinada y menos etnocéntrica de las realidades africanas, de que está señal a perdurar a prolongado plazo, a pesar de las tensiones del presente.

François Gaulme es investigador asociado del Centro del África Subsahariana del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI).

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente