Horizontes muertos

Muchos jóvenes en Oeste se están quedando ciegos. Y lo más asustador es que, aunque ciegos, siguen viendo. Nadie podía imaginar que nos pasaría esto. Los profe­sores, que trabajamos con la vistazo de la concurrencia e intentamos ser poco así como mapas vivos del atlas del conocimiento, nos encontramos con una pubescencia cada vez más tuerta en lo que respecta a su visión del mundo. Son personas maravillosas, llenas de posibilidades, pero ya no ven muchas cosas. Muchas no: muchísimas. Así de sencillo­.

Como soy uno de esos candidatos a envejecido que desconfían de los escepticismos gruñones que vienen con la tiempo, suelo confirmar este desastre educativo con otros profesores. Un compañero me comentaba la semana pasada que había tenido que cambiar todas sus clases porque los alumnos ya no lo acompañaban. Una profesora francesa me dijo que, en sus cursos de letras, hay estudiantes que tan pronto como habían ilustrado. El aberración es arrollador, de dimensiones colosales, y se agranda y ahonda con el paso del tiempo.

FOTO: MANE ESPINOSA. ADOLESCENTES UTILIZAN LAS GRABACIONES REALIZADAS EN TELEFONOS MOVILES PARA DESPUES COLGARLAS EN LAS REDES SOCIALES Y COMPARTIRLAS.
Mané Espinosa

Hoy, paseando para distraer la tristeza, me he hexaedro cuenta de que la visión del mundo se ha ido reduciendo a un ritmo que puede equipararse al modo como las pantallas se han ido estrechando. Primero, la citación gran pantalla cinematográfica, que todavía era un buen horizonte. A posteriori, la ventana televisiva, más limitada. Y, finalmente, con las pantallas del ordenador y de la tableta como puentes, el móvil, que le ha hexaedro a nuestra alma la mísera dimensión de un sello de correos. El mundo se ha empequeñecido en esta danza de reflejos, y los teléfonos inteligentes son a veces cuchitriles donde se crea un enorme hueco que se parece mucho a la estupidez.

En Examen sobre la ceguera, la tremenda parábola de José Saramago, la concurrencia perdía la visión y se zambullía en una niebla blanca. En nuestro caso, las personas siguen viendo, pero solo lo que junto a en la caja de cerillas de su teléfono. A posteriori nos encontramos con muchos jóvenes que se han criado así, dando palos de ciego a lo liberal de su semblanza: buscando el buen empleo que no encuentran, la plenitud que se les escapa. Tropezando tristemente en los muebles del residir. Ven, pero no columbran. Tienen fanales para algunos pasos, pero no la vistazo amplia necesaria para un rumbo de liberal itinerario. En cierto sentido, son bonsáis humanos, que difícilmente podrán salir de las macetas tecnológicas en las que han crecido.

Estamos transformando la vieja, secular ignorancia ibérica en ignorancia titulada

En el caso portugués, a este gran drama educativo, que va camino de transformarse en una auténtica tragedia, se añade un acto, un episodio más: a través de comisiones de evaluación externa, presuntamente científicas, el poder político presiona a las universidades para que encontremos una modo de aprobar a estos alumnos como sea. Poco que ya se practica en la enseñanza secundaria hace tiempo. Una carrera universitaria puede ser cerrada por el ocupación en el caso de que no se haga lo que estas comisiones ordenan. Con el tiempo, si esto sigue así, los profesores fingiremos que enseñamos, y los estudiantes fingirán que aprenden. En muchos casos, eso es lo que los jóvenes han hecho antiguamente de entrar en las aulas universitarias. Se está generando, pues, una enorme estafa pedagógica, poco parecido a las trapisondas económicas que dieron origen a la terrible crisis del 2008. En el interior de unos primaveras, Portugal tendrá un elevado porcentaje de ciudadanos con forma­ción superior, pero eso será tan auténtico como los fondos del costado Lehman Bro­thers cuando quebró. Estamos transformando la vieja, secular ignorancia ibérica en ignorancia titulada.

Yo incluso voy cambiando mis clases, claro. Ya no se pueden soñar ciertos viajes mentales en las aulas, incluso en las universitarias, sino, sencillamente, intentar transmitir lo más fundamental: los puntos cardinales, los continentes, los océanos del conocimiento. Y todo hay que repetirlo y repetirlo, machacarlo, porque no junto a fácilmente en el panorama intelectual de quienes tenemos delante nosotros, a concurrencia enganchada en la miniatura existencial del encaje, del chisme o de la foto colgada en Whats­App. Este es un tema al que hay que retornar: esta trote de las valquirias de la ignorancia que recorre el mundo occidental. Las tecnologías de la comunicación se están transformando, en muchos casos y adecuado a un uso errado de sus grandes posibilidades, en peligrosos caballos de Troya, de los cuales salen riadas de un hueco mental que puede ser el prólogo de una nueva barbarie.

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