Saigō Takamori, el rebelde último samurái

Casi 150 primaveras luego de su cese, la huella de los samuráis sigue ahí. Envueltos en un luminosidad de romanticismo. Hábiles guerreros armados con su catana, ocultos tras un casco con máscara de demonio. Diestros en el dominio de las artes marciales. Firmes defensores de su código ético, el bushido, basado en siete principios: imparcialidad, coraje, benevolencia, respeto, honestidad, honor y adhesión... Hay mucho de lema en esa imagen. Pero aún así, le épica de los samuráis continúa firmemente arraigada en el imaginario japonés.

¿Quién fue el posterior superviviente de su clase?

En el céntrico parque de Ueno, en Tokio, hay una estatua que suscita estima. No es raro encontrarse a un especie de alumnos sacándose fotos a sus pies durante una excursión escolar... Los gruesos carrillos de la figura, sus rasgos tranquilos, las humildes ornamentos y el perro que la acompaña no parecen encajar con la imagen de aquellos temibles luchadores. Sin retención, lleva una catana al cinto. La mano, presta bajo su empuñadura.

Es Saigō Takamori, el posterior samurái auténtico. Una personalidad llena de contrastes: hombre de origen humilde que llegó a liderar el Gobierno de Japón, respetado marcial que prefería la tranquilidad de su hogar a las responsabilidades del mando, que se rebeló contra el régimen que había ayudado a erigir... Fue, encima, el liante que murió tres veces.

El inicio de un líder

Saigō Takamori nació en 1828 en el seno de una tribu samurái de bajo rango en Kagoshima, al sur del país. Fue el decano de siete hermanos. A los seis primaveras entró en la escuela primaria samurái, donde aprendió a manejar el wakishashi, la espada corta de los guerreros. Y al conseguir a la adolescencia, entró al servicio de su señor feudal, el daimio Shimazu Nariakira.

Primero trabajó como asesor agrícola. Pero poco a poco fue ganándose el respeto y la confianza de su señor, quien acabó ascendiéndole como asistente suyo. En tal calidad, en 1854 Saigō Takamori lo acompañó a Edo (la futura Tokio). Allí ejerció como cultivador y informador.

Perspectiva del castillo de Edo, cuya rendición aceptaría Saigō Takamori durante la Guerra Boshin

Perspectiva del castillo de Edo, cuya rendición aceptaría Saigō Takamori durante la Enfrentamiento Boshin

S.P.

Cuatro primaveras más tarde, el daimio murió de forma súbita. Según la tradición samurái, Saigō Takamori debería haberle acompañado quitándose la vida. Sin retención, un religioso logró disuadirle con el argumento de que honraría mejor la memoria de su señor continuando su lucha política. Y a ello se consagró: a restablecer el poder del emperador en detrimento del sogún, el comandante del ejército que ejercía de regidor de facto del país.

Cuando las fuerzas del sogunato le detuvieron, lo desterraron a la pequeña isla de Amami Ōshima, más al sur de Kagoshima. Las autoridades lo declararon oficialmente muerto.

Su segunda crimen

Eran aquellos tiempos convulsos en Japón. En 1853 había arribado a sus costas el comodoro norteamericano Matthew Perry, con cuatro buques de guerrilla y una doble tarea. Por un flanco, conseguir para los barcos de Estados Unidos el derecho de repostar en los puertos nipones. Y por otro, establecer relaciones comerciales entre entreambos países. Sus exigencias, bajo amenazas de guerrilla, vinieron a precipitar el fin de la era feudal.

Fue desterrado a la pequeña isla de Amami Ōshima, al sur de Kagoshima

La política japonesa estaba polarizada. Frente a los defensores del sogunato, se alzaban los partidarios de disolverlo. Su consigna era “Reverenciar al emperador, expulsar a los bárbaros” (es sostener, a los extranjeros). Saigō Takamori formaba parte de esta segunda fisonomía.

Su destierro terminó al subir al poder un nuevo daimio. Se trataba de Shimazu Hitamitsu, hermano del fallecido Shimazu Nariakira. Él le indultó y le envió como su representante personal en presencia de el emperador Meiji, en Kioto. Saigō Takamori desempeñaría un papel esencia en la guerrilla civil entre los sectores favorables y contrarios al sogún (la citación guerrilla Boshin), al mando de un cuerpo.

La conquista de la corte abrió una nueva era en el país: la restauración Meiji (1868).

En Kioto Saigō Takamori ejerció como representante personal del daimio Shimazu Hitamitsu

En Kioto Saigō Takamori ejerció como representante personal del daimio Shimazu Hitamitsu

S.P.

Saigō Takamori fue designado maestro del nuevo Gobierno y lideró la creación de un ejército reclutado, el embrión del futuro ejército imperial. Es más, en 1871 llegó a dirigir provisionalmente el Ejecutante, mientras sus responsables emprendían una expedición internacional en rastreo de inversores para la modernización del país.

Sin retención, tenía una visión muy crítica sobre la velocidad de las reformas emprendidas. Temía que en su proceso de occidentalización, Japón renunciase a sus raíces. Es por ello que se opuso a la construcción del ferrocarril y exigió restricciones a la tolerancia comercial.

En Kagoshima fundó una entidad marcial que atrajo a samuráis decepcionados con la deriva de la corte

En ese contexto, Saigō Takamori defendió fallar la guerrilla a Corea, cuyo gobierno se negaba a rastrear la legalidad del emperador Meiji. Incluso se ofreció a ir como embajador, con el secreto propósito de provocar a los coreanos y propiciar su propio homicidio. Ello proporcionaría un casus belli... Pero aquel sacrificio, su segunda crimen, quedó en un plan fallido.

Su tercera crimen

La negativa del Gobierno a apoyar su idea lo encolerizó. Saigō Takamori renunció a sus cargos, abandonó Kioto y regresó a su Kagoshima procedente. Ahí fundó una entidad marcial privada que atrajo a numerosos correligionarios, samuráis decepcionados con la deriva de la corte. De hecho, en poco tiempo abrieron hasta 100 sucursales en la prefectura. Un auténtico poder fáctico. Y por si fuese poco, muy adecuadamente armado.

Temeroso de su influencia, el gobierno Meiji optó por dirigir barcos de guerrilla. Su objetivo era incautar todo el cantera de la ciudad. Saigō Takamori, que no deseaba una ascenso de tensión, finalmente decidió encabezar a los rebeldes. Este episodio toma en nombre de la región: es la sublevación Satsuma (1877).

La estatua de Saigō Takamori, en el parque de Ueno, en Tokyo

La estatua de Saigō Takamori, en el parque de Ueno, en Tokio

Getty Images/iStockphoto

Sus fuerzas, formadas por unos 40.000 combatientes, se enfrentaban a un contingente muy superior: los 300.000 hombres del ejército imperial que él mismo había contribuido a crear. La contienda final se desarrolló en la colina de Shiroyama, en las inmediaciones de Kagoshima. Saigō Takamori contaba con al punto que 400 guerreros. Habiendo sofocado sus municiones y sin armas modernas, debieron apelar a las clásicas de los samuráis: espadas, arcos y flechas.

La crimen de Saigō Takamori forma parte del mito. Según una interpretación, cayó gravemente herido y pidió a un ayudante que lo decapitara ayer que sufrir una captura deshonrosa en manos del enemigo. Otra lema cuenta que se suicidó con el ritual del harakiri. Incluso se especuló con su huida a otro país, en donde forjar la venganza...

Sea como fuere, doce primaveras luego de la batalla de Shiroyama (en 1889), el gobierno Meiji decidió perdonar al posterior samurái. Fue entonces cuando erigió su estatua en el parque de Ueno. El nombre de Saigō Takamori ha quedado asociado a una figura trágica que defendió los títulos tradicionales de Japón durante su transformación en dirección a la moderna potencia en que se ha convertido hoy.

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