Vivimos en un orden internacional que centrifuga nuestras creencias. Antiguamente de la aniquilamiento de Ucrania, creíamos que los conflictos del futuro serían híbridos, con el uso de la desinformación, los ciberataques o las migraciones como principales armas. Ucrania es un conflicto clásico por la soberanía e integridad territorial de un Estado, y para el que se emplea la fuerza marcial. O, peor, un conflicto que combina lo clásico y lo híbrido para el propósito belicista y revisionista del Kremlin.
Incluso creíamos que la progresiva incorporación de Rusia (o de China) en el orden crematístico internacional llevaría a una maduro convergencia política. Pero es la confrontación geopolítica la que determina hoy las relaciones económicas entre las grandes potencias.
La OTAN y EE.UU. necesitarán a la UE como componente político de la defensa
Desde su salida, la política exógeno europea se ha basado en el fomento de dinámicas centrípetas en las que convergen títulos, comercio, seguridad compartida y multilateralismo. El cambio de orden internacional se ha traducido en una nueva perspectiva para la política exógeno europea. De ser un poder normativo y comercial, la UE intenta erigirse en un poder decisivo y geopolítico.
En el corto plazo, la respuesta europea a la aniquilamiento de Ucrania ha seguido la senda de los avances que ya vislumbró el plan de recuperación pospandemia. Bruselas envía armamento a Ucrania con el presupuesto de la Unión y estudia la transacción conjunta de gas en presencia de las amenazas de corte de suministro. La OTAN, por su parte, alberga las capacidades de defensa necesarias para erigirse como avalista de la seguridad en Europa mientras se amplía a Finlandia y Suecia.
Soldados finlandeses en maniobra cerca de la frontera con Rusia
En el prolongado plazo, cuando lo peor de la aniquilamiento haya quedado antes, cabrá preguntarse de nuevo por el papel de Europa. La OTAN y EE.UU. necesitarán a la UE como componente político adicional de sus capacidades militares y de defensa. Esta deberá protagonizar todavía las tareas de mantenimiento de la paz y de reconstrucción. La autonomía estratégica europea será cooperativa y colaborativa: la OTAN proveerá defensa colectiva y la UE, el sustento político a los esquemas de seguridad continental. En ese momento, las posiciones estratégicas y los intereses de los estados miembros volverán a divergir. Ya cuesta ahora concertar un nuevo paquete de sanciones que incluya el confiscación al petróleo ruso. Incluso emergen las fisuras entre Francia, Alemania e Italia, que prefieren acercarse a un ambiente de negociación, y quienes insisten en un apoyo incondicional a Ucrania.
En un futuro no muy venidero, la UE deberá emprender el camino de su reforma para convertirse en una unión más flexible, con instituciones y decisiones más funcionales. Ya se ponen sobre la mesa fórmulas que agilicen la integración europea y las relaciones con sus vecinos, como la Comunidad Política Europea o una Unión de Uniones. Cuando se discutan las reformas pendientes, el sur de Europa deberá erigirse en un piedra constructivo, proactivo y fiable, poco que no siempre hacen desde Visegrado o la nueva agrupación hanseática. Finalmente, cuando lo peor de la aniquilamiento haya quedado antes, la autonomía estratégica no será solo sobre seguridad y defensa, sino que deberá sustentarse en fundamentos que recobrarán importancia: el poder digital, verde y comercial. La autonomía estratégica deberá serlo para el conjunto de la hecho exógeno europea.
El problema de la UE no estriba en que sea incapaz de avanzar en momentos de crisis, sino en que estos avances se construyen a medias. El euro o Schengen nunca fueron malas iniciativas. Sus problemas derivan de tener una moneda global sin una unión bancaria ni mecanismos fiscales conjuntos y permanentes. O de una espontaneidad de movimientos sin política migratoria y de orfelinato global. En su autonomía estratégica, la UE no debe quedarse a medias. Porque nadie volverá a ser lo mismo luego de Ucrania.
Publicar un comentario