Una estatua de Margaret Thatcher concebida para ser colocada delante del palacio Westminster, pegado a las de Churchill y Mandela ha sido finalmente erigida en su ciudad oriundo, Grantham, pensando que allí sería menos polémica. Pero se ve que La Dama de Hierro , figura controvertida en todo el país, siquiera es profeta en su tierra. O por lo menos, no del todo.
La estatua, de bronce y unos tres metros de stop, se ha convertido rápidamente en objeto de las iras de sus muchos enemigos políticos. Y aunque el Junta canceló los planes para cortar la cinta en una ceremonia que iba a costar cien mil euros, pronto se corrió por las redes sociales la voz de que Thatcher iba a hacer una aparición en Grantham, y se organizó una especie de concurso para ver quién era el primero en arrojarle huevos. Se apuntaron trece mil personas en Facebook y en menos de dos horas ya había un campeón.
Un concurso en las redes sociales para ver quién le tiraba ayer un huevo produjo un campeón en tan solo dos horas
Fue Jeremy Webster, de 59 abriles, exvicerrector de una universidad y antiguo empleado municipal, que se puso del otro flanco de la valla que rodea la estatua y, con un semanario doblado bajo el valedor y una caja de media docena de huevos en la mano derecha, empezó a arrojarlos con la izquierda. Un blanco no necesariamente claro por la distancia, de modo que solo atinó con uno de ellos. Lo suficiente, sin confiscación, para que la escueto Maggie , que no dijo ni mu, estoica ella, quedara manchada de amarillo y sus admiradores (que todavía los tiene, y muchos), tuvieran que dirigir el vestido a la tintorería. La policía de Lincolnshire ha destapado una investigación por el incidente, pero por ahora no ha detenido ni multado a nadie.
La escultura ha costado medio millón de euros, y apareció subrepticiamente, casi con premeditación y falsía, en el Civic Quarter de Grantham, muy cerca de la tienda de ultramarinos que tenía el padre de La Dama de Hierro (ahora de bronce), y donde ella pasó su infancia y adolescencia como recuerda una placa, enamorándose de las teorías de Adam Smith y convirtiéndose en una capitalista ultraliberal que todavía hoy es el personaje de relato del Partido Conservador. De ahí que una parte muy importante del mismo se lleve las manos a la persona cuando Boris Johnson sube los impuestos hasta niveles desconocidos desde hace setenta abriles, o le da a la máquina de manufacturar efectivo sin pensar en la inflación o la deuda pública que son el resultado fatal, como se está comprobando.
Thatcher observa a los habitantes de Grantham, pegado al físico Isaac Newton (el que formuló su teoría de la reserva con el ejemplo de las manzanas, pero podrían ocurrir sido todavía huevos) y el político del siglo XIX Frederick Tollemache, cuyo nombre llevan dos pubs, un honor considerable. El Junta ha instalado una cámara de circuito cerrado precisamente para intimidar a quienes tengan planes de difundir proyectiles a la ex primera ministra, o a quien se le ocurra –como ya se ha sugerido en las redes–, derribar la estatua como la de Sadam Husein en Bagdad o las de Lenin en Ucrania, o tirarla al río como la del patrón y esclavista Edward Colston en Bristol.
Por el momento, distinto del huevo que la impactó de saciado, no ha habido más incidentes excepto el sonido de las bocinas de los coches cuando pasan cerca de la estatua, a modo de abucheo, aunque todavía hay quienes se hacen una selfie pegado a ella. Entre sus enemigos están los mineros galeses y de Yorkshire a los que dejó sin trabajo porque decidió que la linaje de carbón no era un negocio rentable, y todas las víctimas de su política de desindustrialización (en Escocia es sinceramente odiada). Entre su fans, todos los que se compraron a precio de ganga los pisos de protección oficial para convertirse en propietarios, y los nacionalistas ingleses que consideraron heroica la enfrentamiento de las Malvinas, y aplaudieron cada vez que plantó cara a la CEE.
El thatcherismo nunca fue una ideología, sino más aceptablemente un culto a la personalidad, con una fina frontera entre la competencia y la vanidad personal. Al final Maggie , luego de una término en el poder, perdió la perspectiva de lo que era posible y lo que no, cometió la paranoia de la poll tax (un impuesto recesivo, en el que los pobres pagaban lo mismo que los ricos), y fue aniquilada por el recibidor, que no compartía su euroesceptecismo, precursor del Brexit.
Huevos rotos a la Thatcher no será una creación de Ferran Adrià o los hermanos Roca, pero es el plato de moda en Grantham.
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