“Es indigno de hombres excelentes desperdiciar las horas como esclavos en la bordadura de calcular, una tarea que sin peligro podría relegarse a algún más si se utilizaran máquinas”. La cita es de Gottfried Leibniz (1646-1716), filósofo, matemático, teólogo, jurista y muchas cosas más. Por eso se le claridad el “zaguero inteligencia universal”, ayer de la especialización de las ciencias, y quizá incluso por eso tuvo la paisaje de duro para advertir, ya en el siglo XVII, que la calculadora era una condición apremiante.
Si aceptablemente es un dispositivo prohibidísimo para los que se inician en la aritmética –los pupilos deben entrenarse en las operaciones mentales–, para los demás ha resultado maravilloso. Permite deshacerse de tediosos cálculos para centrarse en lo medular de una disciplina, ya sea construir una casa o contar nóminas. Pero, a pesar de su perentoriedad, el invento tardó muchísimo en conservarse.
De hecho, muchos recordarán todavía las reglas de cálculo, usadas hasta hace muy poco. Las jubiló Jack S. Kilby (1923-2005), el físico estadounidense que, pegado con otros científicos, inventó el circuito integrado, o microchip, en 1958, dando carpetazo a cuatro mil primaveras de cálculos mecánicos. Esta historia empieza en la antigua Mesopotamia…, y quizá ayer.
En el principio fueron las piedras
En existencia, no lo sabemos con seguridad. Como explicó Howard H. Aiken (1900-1973), padre de los célebres ordenadores Mark, la voluntad de economizar el tiempo y evitar errores es tan vieja como el ser humano. En un primer momento, especulan los historiadores, se debieron de usar piedras u objetos semejantes para contar y calcular magnitudes.
Rodeando de 3000 a. C., apareció el tanteador, seguramente en Sumeria. Compuesto por una serie de varillas dispuestas de forma paralela, en ellas se insertaban unas bolitas a modo de conteo. Las sumas y restas se indicaban desplazando una cuenta a lo espléndido de una de las varillas, de las que había para unidades, decenas, centenas, y así sucesivamente.
El utensilio se extendió por Europa, y en algunas partes de Asia se sigue utilizando ¡en la contemporaneidad! Al fin y al lugar, durante siglos fue el método preferente para realizar cálculos, hasta que, en el XVII, irrumpieron las primeras calculadoras mecánicas.
Antigua ilustración de un hombre oriental con un tanteador
Hay consenso en que la pulvínulo de estas la puso, en 1623, el matemático germano Wilhelm Schickard (1592-1635). Sin requisa, este no habría llegado tan remotamente sin el tanteador neperiano, así popular en honor a su inventor, el escocés John Napier (1550-1617), quien mejoró el tanteador de toda la vida para que pudiera hacer operaciones más rápidamente.
Los productos se reducían a operaciones de suma, y las divisiones, a restas. Gran simplificador del cálculo, Napier fue incluso el padre de los logaritmos, que, de modo similar, transforman las potencias en productos y las raíces en divisiones.
Logro tras logro en el siglo XVII
Con esos cimientos, Schickard creó una calculadora capaz de mecanizar el método del tanteador neperiano, evitando hacer mentalmente las sumas y las restas. ¿Cómo lo logró? Pues mediante un sistema de ruedas dentadas. Así, una dorso completa a la rueda de las unidades propiciaba un movimiento en la pestaña de las decenas.
Poco luego, el filósofo y matemático Blaise Pascal (1623-1662) concibió una calculadora del tamaño de una caja de zapatos, similar a la de Schickard, que incorporaba, igual que aquella, una cautiverio de transmisión a pulvínulo de ruedas dentadas. Pese a las exageraciones de la historiografía clásica, lo cierto es que la “pascalina” era mucho más simple que la máquina de su predecesor.
Ideada para solucionar el trabajo de su padre, un cobrador de impuestos de Ruán (Francia), no integraba ningún mecanismo análogo a las tablas de multiplicar, por lo que las únicas operaciones que podía realizar, directamente, eran sumas y restas.
El germano Gottfried Leibniz solucionaría ese problema en 1694, con una calculadora de dos mecanismos más fiable que la de Schickard. En la sección de entrada, el favorecido fijaba el operando mediante una especie de mando. Al mismo tiempo, con un tanteador, determinaba el número por el que se deseaba multiplicar. Tras avivar una manivela, el resultado aparecía en unas ventanillas.
De la Revolución Industrial al microchip
Aquel avance cualitativo le debió mucho a un tambor cilíndrico de su invención. En su superficie, la llamamiento rueda de Leibniz estaba marcada con una serie de dientes cuya largo se iba incrementando. Estos dientes, a su vez, se acoplaban a unas ruedas dentadas que el favorecido podía mover en dirección a hacia lo alto o en dirección a debajo, para fijar el operando. Una vez establecidos los títulos, la máquina producía el movimiento necesario para obtener el resultado de la multiplicación.
Máquina de sumar ideada por Leibniz.
A pesar de su practicidad, el ingenio se popularizó solo cuando el emprendedor francés Thomas de Embargar (1785-1870) logró producirlo en masa, ciento cincuenta primaveras más tarde. La Revolución Industrial permitió simplificar y perfeccionar todo el proceso, para convertir el producto en poco de poco valor y fiable. Llamados aritmómetros, eran capaces de realizar las cuatro operaciones básicas: sumar, restar, multiplicar y dividir. No así rememorar cálculos o hacer operaciones sucesivas, poco que se solucionaría, a lo espléndido del siglo XX, en posteriores diseños.
Hasta aquí la historia de las calculadoras mecánicas, las únicas disponibles hasta la período de los setenta. En la mayoría de los casos, se trataba de aparatos enormes y pesados, que copaban buena parte de los escritorios. Admisiblemente es cierto que, en 1957, la japonesa Casio lanzó una calculadora eléctrica, lo que no quiere sostener que utilizara la método electrónica. Y aunque en 1949 el ingeniero germano Werner Jacobi (1904-1985) patentara ya un circuito integrado o microchip, esa tecnología todavía estaba en pañales.
Y así continuó hasta que el físico estadounidense Jack S. Kilby y su equipo crearon el primer circuito integrado eficaz, un invento que, en el año 2000, le valió el Premio Nobel de Física. Llamado el “alma” de los ordenadores, su invento aspiraba, nadie más y nadie menos, a imitar el funcionamiento de un cerebro humano.
De escasamente unos milímetros de tamaño, y hechos con materiales semiconductores, los microchips incorporan circuitos electrónicos que, como un cerebro, son capaces de procesar información. Así nacieron las calculadoras electrónicas, que se empequeñecieron hasta lo impracticable y que, hoy en día, son capaces de las operaciones más complejas.
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