Los 27 meses largos que faltan para las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre del 2024 son una inmortalidad, particularmente en este imprevisible tercer decenio del siglo XXI, que en poco más de dos primaveras nos ha traído una pandemia, una hostilidades abierta en Europa y el retorno a unos niveles de inflación que en algunos países desarrollados no se habían pasado en 40 primaveras.
Es prácticamente seguro, por consiguiente, que la política interna estadounidense evolucionará en los próximos meses y primaveras, aunque no es factible que cambie significativamente un medio ambiente pertinaz y trascendental: la enorme polarización social y política. En términos estrictamente políticos, la próxima cita son las llamadas elecciones de medio mandato del próximo 2 de noviembre, donde están en engranaje las dos cámaras del Congreso –Senado y la Cámara de Representantes–, ambas en poder del Partido Demócrata, si acertadamente en la Cámara Inscripción se registra un igualada, resuelto en su caso a honra de los demócratas por el preceptivo voto de la vicepresidenta Harris.
Tanto Joe Biden como Donald Trump son candidatos con serias deficiencias de cara al 2024
Pero, suceda lo que suceda en esos comicios parciales, en poco alterará lo que se va configurando como la gran paradoja de las elecciones presidenciales del 24, a asimilar, que los republicanos tienen grandes posibilidades de reconquistar la Casa Blanca si el candidato demócrata es el presidente Biden y ellos no presentan al expresidente Trump. Y, en sentido contrario, que los demócratas tienen grandes posibilidades de proseguir el poder ejecutante si su candidato no es Joe Biden y el de la concurso sí lo es Trump.
Parece un trabalenguas, pero hay una forma ciertamente más clara de expresarlo: tanto el presidente Biden como el expresidente Trump son candidatos con muy serias deficiencias, si acertadamente de muy distinta índole y, digámoslo de forma clara e inequívoca, mucho más excusables en el caso del coetáneo inquilino de la Casa Blanca.
Ahora hace precisamente casi un año de que las cosas se le empezaron a torcer al presidente Biden, a raíz de la desastrosa retirada de las tropas aliadas de Afganistán en agosto del 2021. Ese episodio, yuxtapuesto al estancamiento en el Congreso de alguna de sus iniciativas más progresistas, el sólo modesto éxito de las campañas de prevención contra la covid y el imprevisto repunte de la inflación –un engendro no directamente achacable al presidente, pero así de dura es la política– propició, yuxtapuesto a otras diversas razones, un espectacular, profundo y duradero hundimiento de la popularidad del inquilino de la Casa Blanca.
Trump, escuchando, anteayer, el himno en un torneo de golf
Pero no es ni mucho menos seguro, ni siquiera probable, que esa impopularidad se traduzca en un cómodo regreso a la presidencia del expresidente Trump, al que las audiencias públicas en el Congreso sobre los acontecimientos del 6 de enero del 2021 le están presentando no ya como un cheerleader chulo de las hordas que asaltaron la colina del Capitolio, sino como el autor intelectual de un intento de gracia de Estado.
Y es que al beneficio de que de esas actuaciones se deriven o no responsabilidades penales, en el Partido Republicano se advierten incipientes indicios de cansancio con respecto a la figura de Trump. ¿Para qué seguir apostando por una personalidad tan polémica si el administrador de Florida, Ron DeSantis, o incluso el exvicepresidente Pence, pueden impedir con relativa facilidad la reelección de Biden? Y en el mandato demócrata, en el que fue y sigue siendo un secreto a voces que Biden solo aspiraría un mandato, no faltarían los candidatos –sobre todo candidatas– dispuestos a enfrentarse a Trump si éste fuera candidato. Lo dicho, una auténtica paradoja.
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