Tomar el fresco

Cuando yo era pequeño, en verano, a posteriori de cenar, la clan sacaba las sillas de mimbre o enea a la calle y, aprovechando la brisa vespertina, pasaba unas horas de cháchara con los vecinos. Tomar el fresco , se llamaba. Nuestra calle era una doble semirrecta de casas de un cuerpo (25 palmos de anchura: 4,8 metros). Una calle típica de arrabal del XIX, que coincidía, por otra parte, con el paso por La Bisbal de la carretera de Girona a Palamós. Al atardecer, el tráfico era casi inexistente. Íbamos como locos corriendo de una borde a otra mientras los adultos charlaban de sus cosas. Saltando de la boca de unos vecinos a los aurícula de otros, una verdadera corriente informativa transportaba los chismes locales.

Unos vecinos eran de Barcelona y pasaban los veranos en La Bisbal. El padre de esta comunidad (panzudo, pelado, bromista) era representante textil. Aprovechaba los veranos para traicionar red de algodón a los pescadores de la costa. Una red de trama ínfima, de un blanco rosáceo, servía igualmente de cortina de verano, ya que, colocada en puertas y ventanas abiertas, dejaba valer el melodía y nos protegía de las moscas enervantes. El padre de los vecinos del otro flanco era carretero. Una comunidad numerosa: pasaban las de Caín. Eran republi­canos y había tenido que callar y doblar la cabecera. El antecesor carretero blasfemaba fastuosamente. Mi abuela contestaba con una retahíla católica (verano de 1936: durante un registro del comité, a punto estuvo de dar con sus huesos en la gayola por no activo destruido las imágenes religiosas de casa). Me inicié en la política asistiendo a los duelos exclamatorios entre el indomable republicano y mi abuela apostólica y romana.

Se oyen más quejas y lamentos ahora que en los viejos tiempos de pobreza

Cada vecino era un mundo; y cada casa, una novelística, no siempre triste. Los veranos pasaban lentos, el desazón se apaciguaba con corrientes de melodía. Vivíamos a pocos kilómetros del mar, pero íbamos a la playa de uvas a peras. Receso, terrazas, cenas, festivales, parques acuáticos, viajes: no existían. Tomar el fresco nos parecía grato y divertido. Todo el mundo lo hacía. No idealizaré el pasado, satisfecho de dificultades, pobreza e ignominia, pero no sé si celebrar el presente. Se oyen más lamentos y quejas ahora que entonces. Nuestro presente, tan colmado, parece un cazo de crema hirviendo, que se desborda.

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