Antes de los androides

Imaginémonos el guion de una película de tarde de verano, de esas que favorecen la siesta: el mundo se ha transformado porque los seres humanos, a los que los avances de la tecnología cambian, son criaturas perfeccionadas físicamente e intelectualmente, capaces de reaccionar con ligereza y de resolver los obstáculos. Pueden juntar una cantidad enorme de datos en el cerebro, tienen habilidades y destrezas multiplicadas, se comunican de forma rápida con los demás, dominan códigos propios.

Todos estos cambios son posibles gracias a minúsculos microchips incorporados en el cerebro. Es proponer, la tecnología alivio a los humanos. A través de la manipulación informática, podemos ser más competentes. La pregunta del millón es: ¿Existe a la vez un cambio en la forma de apreciar y dirigir las emociones? Esta es la tilde de fuego.

Somos ‘figitales’: la verdad física y la digital coexisten en nuestras vidas

Trasladamos la historia a una novelística. Joana Marcús, auténtico aberración de masas entre el conocido profesor adolescente, ha publicado la trilogía Fuego , en que los humanos son transformados en androides, versiones mejoradas. De su pasado humano, solo conservan sus emociones, que son descritas como flashes incomprensibles que evocan una fragilidad perturbadora. Aparecen en ambiente los ciberhumanos.

Vivimos entre el mundo físico y el digital. Somos las generaciones escépticas, que no pueden evitar la propensión por internet, pero que se niegan a aceptarlo como único, universal e inmersivo. No queremos una vida paralela que sea del todo digital. Nos gusta tocar los objetos, olerlos, percibir su sabor efectivo, apreciar su tacto. Conservamos la estupefacción de la Alicia de Lewis Carroll, mientras corría tras un conejo blanco, cabal antaño de caer en la profundidad de un universo paralelo y desconocido.

Artificial intelligence robot touching futuristic data screen.

 

Yuichiro Chino / Getty

Mientras rechazamos la idea de microchips que nos roboticen, convertimos los smartphones en prolongaciones del propio cuerpo. Vivimos con aparatos que casi forman parte de nosotros, que nos generan una dependencia inimaginable hace pocas décadas, y a los que delegamos funciones vitales, como la memoria. Si renunciamos a los móviles, ¿cuántos números de teléfono recordamos? ¿Cuánta información retenemos o, mejor dicho, asimilamos y procesamos? Somos la concepción más informada y, a la vez, la que menos memorizar tiene.

El concepto figital define un aberración de transición que une dos universos: el físico y el digital. Nos movemos entre dos aguas con anciano o pequeño clemencia. Hacemos lo que podemos, entre la curiosidad y la sorpresa.

En esta verdad figital , ámbitos como el comercio, la medicina o la educación oscilan entre lo que es presencia física y digital. La pandemia nos demostró que es posible estudiar desde casa. Las clases a través de una pantalla de ordenador fueron una aventura. Conmemoración a los alumnos de la universidad, cada uno en su casa, siguiendo mis palabras. La experiencia tuvo un coste elevado: momentos de duda, porque la proximidad física había desaparecido y no sabíamos si una pantalla era una buena aparejo de transmisión, escazes de exceder la barrera sentirnos allá, los interrogantes sobre la eficiencia de la nueva comunicación. Salimos delante.

Los médicos multiplicaron las consultas por videoconferencia. Muchas primeras visitas, a menudo de dictamen y toma de contacto con el paciente, quizá se instalen en el mundo aparente. Quién sabe si llegaremos a conectarnos con especialistas de todo el mundo para realizar una visitante clínica sin salir de casa.

El comercio vivió una increíble transformación. La masa se acostumbró a comprar por internet. A pesar de las campañas que defienden el pequeño comercio, el comunicación a un enorme catálogo de opciones de adquisición y la ligereza de recibirlo en casa tienen muchos adeptos. Hace unos días, en una evasión a Estocolmo, me contaban que en Suecia no hay tiendas. Solo las grandes cadenas comerciales han sobrevivido en un país que no ve el sol durante ocho meses al año, donde las temperaturas son muy bajas, y la masa opta por comprar desde el móvil. Muy sensato, pero una piedad.

En Madrid, visité hace poco unos almacenes que quieren ser un ejemplo de mundo figital , donde puedes ver y tocar productos de marcas digitales. En Wow Shop encuentras lo que has descubierto en internet. Si decides comprarlo, te lo envían a casa. Es un tentativa atractivo, pionero, que quisieron inaugurar en Barcelona, pero que se concretó en Madrid. Somos figitales , y la verdad física y digital coexisten en nuestras vidas.

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