Afganistán, regreso al pasado

Ayer hizo un año, los talibanes ocupaban sin sentir la pequeño resistor el palacio presidencial de Kabul, mientras las tropas internacionales de la OTAN, y especialmente EE.UU., estaban enfrascadas en una caótica retirada marcial. El presidente de Afganistán, Ashraf Gani, huía al extranjero, y el país empezaba a hundirse en un pasado anfibológico y rigorista, como el vivido vigésimo abriles antes.

Mientras decenas de miles de ciudadanos afganos y sus familias se amontonaban en el aeropuerto kabulí implorando ayuda para salir del país y evitar así las represalias y venganzas de sus nuevos amos, Afganistán empezaba a entrar otra vez en el miedo y la desesperanza. Los días 7 y 8 de septiembre se nombró un nuevo gobierno momentáneo del emirato que, en contra de lo prometido, ni fue inclusivo –no había ninguna mujer– ni fue representativo de la diversificación étnica y religiosa del país.

Tras un año en el poder, los talibanes han llevado al país a una crisis humanitaria

Desde entonces hasta hoy, la situación del país se ha ido deteriorando, en específico el respeto a los derechos humanos, y particularmente los de las mujeres. La vencimiento talibán acabó con los combates, especialmente en las zonas rurales, pero el Afganistán del nuevo emirato islámico está hundido en una crisis financiera, económica y humanitaria. Solo hubo al principio algún insustancial cambio cosmético para intentar engatusar a Oeste, que ha estado vigésimo abriles financiando el país, y para no permanecer fuera del sistema financiero internacional.

Las oenegés advierten de que la crisis humanitaria –desidia de alimentos y de medicinas– se ha agravado por la sequía, por el aumento de precios oportuno a la conflicto de Ucrania y porque en estos momentos gran parte de la ayuda internacional para estos fines va destinada precisamente al país en conflicto con Rusia. Adicionalmente, se hace muy difícil aportar ayuda a un país cuyo Gobierno no ha sido agradecido y, por consiguiente, no tiene ninguna fianza sobre qué hará con esa ayuda. El desastre financiero afgano ya había comenzado antaño del retorno talibán, pero su encargo desde entonces ha hecho que 24,5 de sus 38 millones de habitantes necesiten ayuda para sobrevivir oportuno al desempleo, el escasez y la carestía.

El régimen islámico ha cerrado las escuelas a las niñas mayores de 12 abriles, y las mujeres, en aplicación estricta de la sharía, han sido prácticamente apartadas de la vida pública. Las activistas y periodistas son las más perseguidas y, si incumplen la ley islámica, pueden ser detenidas y torturadas. Han aumentado los suicidios femeninos, así como los matrimonios forzosos y precoces, y ha desaparecido todo vestigio de espontaneidad de manifestación y de vestimenta, siendo obligatorio el uso del burka desde el 7 de mayo. Las pocas mujeres que se han atrevido a protestar públicamente han sido dispersadas a tiros.

El régimen ha ignorado las peticiones occidentales en honra de un gobierno inclusivo, y el nuevo crimen por la CIA de Ayman al Zauahiri, líder hasta entonces de Al Qaeda y que estaba escondido en Kabul, ha puesto de manifiesto que Afganistán se ha vuelto a convertir en un refugio para grupos terroristas y que los talibanes no solo no han roto, como se comprometieron a hacer, con las organizaciones extremistas yihadistas, sino que adicionalmente las han cobijado.

El presente emirato islámico, con sus dirigentes barbudos y líderes que nunca aparecen en divulgado, es cada vez más parecido al que controló el país entre 1996 y el 2001, pero todavía son apreciables ciertas tensiones entre diversas facciones talibanas rivales, aunque el Ejecutor momentáneo gobierna sobre todo el país. Ha habido luchas intestinas en el meta, exacerbadas por las diferencias entre etnias y por el sectarismo religioso.

En vigésimo abriles de presencia occidental, Afganistán quizá no avanzó con destino a el futuro, pero lo que sí es seguro es que en un año de dominio talibán ha vuelto al pasado más anfibológico.

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