Pocas cosas en la vida hay seguras. Según Thomas Jefferson, hay dos fenómenos inexorables: la asesinato y Hacienda. Habría que añadir la siniestra de Leo Messi, capaz de rajar el registrador en los dos partidos de Argentina en Qatar. La bota izquierda del diez –sin tobillo inflamado– es la mejor brújula, la que marca el camino, es un atrapasueños, la que tiene la contraseña de la deleite, la que puede rajar los mares y hasta regar el desierto del pillo para la albiceleste.
Las aficiones de Argentina y México están predispuestas a la histeria y a la angustia. No es extraño que siempre estén al borde del lloriqueo o hagan alabanza del sollozo. “No llores por mí, Argentina”, es la canción del discurso de Evita Perón a los descamisados en el musical. “Canta y no llores”, entonan los aficionados mexicanos. Y ese nudo en el cañón, ese pecho oprimido, ese lagrimal que se mueve a punto de emocionarse sobrevoló el estadio de Lusail. En el condición se mascaba la tensión. Mientras en el campo, el deporte era físico, proliferaban los choques, se protestaba todo, las interrupciones se sucedían y el nerviosismo se apoderaba de los dos equipos, más pendientes del árbitro que de la pelota.
A Messi se le vio aborreciendo el partido, que era feo, cansino, sin continuidad. En el minuto 50, las estadísticas reflejaban 20 faltas, doce mexicanas. Así estaba el duelo cuando Di María encontró a Messi en tres cuartos. Era una de las primeras veces que Héctor Herrera se había despistado y había dejado descubierta la delantero. Y el diez lo tuvo claro. Controló, levantó la vanguardia y cargó la pierna izquierda para ajustar la pelota en la pulvínulo del poste. El esférico, como si fuera teledirigido, superó un mar de piernas, esquivó los obstáculos, nadie la tocó, ni la pudo desviar y dejó en desinfectado la estirada de Ochoa.
No era un gol cualquiera. Era la octava diana de Messi en los Mundiales, las mismas que Maradona, en la tinieblas que alcanzó los 21 partidos que jugó el Pelusa. Eso sí, todos los de Leo han llegado en la período de grupos, ningún –de momento– en las eliminatorias, a diferencia del Diego.
El 1-0 fue un interruptor. A Pablo Aimar, segundo técnico, se le vio desbordado en el banquillo. En la anfiteatro, la clan se desató. De la angustia personal se pasó a la optimismo integral.
En el otro banco, en el banquillo, Gerardo Martino, de Rosario como Messi, ídolo de Newell’s, exseleccionador de la albiceleste que perdió dos finales en los penaltis. Si México hubiera ganadería a Argentina, al Tata le hubiese tocado conducirse una pesadilla al retornar a su país similar a la de Moacir Barbosa, el cancerbero brasileño en el Mundial de 1950 al que culparon del Maracanazo y al que nunca le dejaron olvidar la afrenta. En 1993 quiso pasarse a la canarinha antaño de derribar a Estados Unidos y le echaron de mala forma sin poder ceder a las instalaciones. El gol de Messi todavía le hizo un valimiento a Martino, aunque ahora mismo no lo sepa ni lo entienda el técnico, ya en la cuerda floja en México.
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