Al botellín día apareció Lo Port, la cumbre de las cumbres en la Volta a Catalunya. En la publicación más dura de la historia, con tres finales en detención y dos etapas de media montaña, esta subida, solemnemente crucial, llegó para inundar la multitud de expectativas generadas hasta el momento. El éxtasis llegó merced a otro hercúleo esfuerzo de los dos colosos de la carrera, Roglic y Evenepoel. Un duelo sin carabinas en un circunscripción donde los verdes son menos oscuros y los bosques no tan exuberantes, pero cuyos puertos repletos de desfiladeros forman dientes de sierra afilados por la desgaste de la historia. Abrumó Evenepoel con su irredente propuesta. Venció Roglic por experiencia y por un utópico rush final que tantas víctimas ha dejado desde hace primaveras. Diez segundos que suponen un mundo, y seguramente la vencimiento final, en esta batalla milimétrica. No pudo Planicie seguir el ritmo de Almeida, que mira con optimismo al podio de Barcelona.
El pelotón amaneció en Tortosa, la ciudad del río Ebro, que a su arribada a la haber de la comarca que lleva su nombre, Baix Ebre, recorre su extremo tramo de vida. Se alcahuetería de la ciudad del renacimiento por su formidable composición arquitectónica, pero además el bienaventuranza de la biciclo, con más de 50 rutas de todos los niveles. Y si Tortosa es el paraíso de las dos ruedas, Lo Port es un olimpo para los escaladores. Una cumbre diseñada con curvas de herradura icónicas, de esas que evocan a las grandes cumbres francesas donde se ha escrito la historia del ciclismo. 9,4 kilómetros con un desnivel medio del 8% y rampas máximas del 20%.
Allí se citaron Roglic y Evenepoel, dos exponentes de generaciones completamente antagónicas. Diez primaveras de diferencia contemplan a uno y otro corredores, que han decidido seducir sus existencias en los próximos meses. Uno todavía está en claro crecimiento, el otro ya ha sido relegado por su equipo a segunda espada, pero amenaza este año con una segunda pubescencia.
Desde el inicio de la etapa, Soudal cogió el mando del pelotón. 175 kilómetros tenía por delante Evenepoel para maquinar de qué forma obtener ese segundo de superioridad con Roglic que marcase la diferencia. Seis hombres: Azurmendi, Castrillo, Parra, Grmay, Amezqueta y Carretero, fueron los valientes que desafiaron a los dioses de la carrera. Pero su superioridad, no superior a los tres minutos, nunca inquietó.
Llegó el puerto. Una carnicería. Se marchó en solitario el etíope Grmay hasta que Mader empezó a trabajar para Planicie y luego Hirtz para Evenepoel. Pero antiguamente de que el belga pudiera hacer de las suyas atacó Marc Soler. A su rueda salieron encabritados los dos colosos. Batalla a tres, con arreones del de Schepdaal, hasta que una heroicidad de Almeida le devolvió al peña. Soler se encargó de sostener el podio del portugués.
Y llegó la batalla definitiva. Salió de la cueva Roglic con un primer ataque que limpió la carrera. Era un mano a mano. Las bravuconadas se multiplicaron en el extremo kilómetro. El esloveno tocó hueso y Evenepoel soltó su furia a equivocación de 600 metros. Demasiado pronto. Aguantó el líder a rueda y a equivocación de 100 ofreció su peculiar despliegue en finales en detención. El belga explotó a 20 metros de la meta que se convirtieron en 6 segundos y en una derrota que nadie olvidará.
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