Entre pijos y chisperos

El marqués de Salamanca, malagueño de principio y con una nubilidad ardientemente revolucionaria, se instaló en Madrid en 1837 dispuesto a modificar la ciudad. Viajero y de espíritu cosmopolita, dejó dicho: “Madrid se nos está quedando pequeño. Es tan pequeño que no se puede salir a la calle. Siempre tiene uno la desdicha de encontrarse a todas las personas que le cargan”. Sin poder imaginarlo, se convertiría en inspiración para Isabel Díaz Ayuso, que rompe ahora con la tradición de los calcetines naranja sobre el alfombrado de las porterías de Juan Excelente y asume el trono del PP citadino celebrando la ciudad torera. “La Ilustración, para los franceses”, asevera con sus ondas castizas de chispera, así se claridad a los de Chamberí, un arrabal donde acampó el regimiento francés, de Chambéry.

Soñando con ser una carnación hispánica del barón Haussmann, el marqués concibió un barriada residencial a imagen y referencia del faubourg Saint-Germain. Abogado, conspirador, corregidor, ministro, banquero, contratista de obras, patrón de teatros, marqués, conde y magnate de España, murió escueto. Pero de aquel sueño surgió la milla de oro, y incluso una forma correctamente aquilatada de arrostrar los mocasines con borlón y la pashmina.

¿Quién no ha querido alguna vez huir de sí mismo?

Ayuso se autorrepresenta como el pueblo sencillo, más rumbera que el pijerío del barriada de Salamanca, el PP de toda la vida, sumado a venezolanos y mexicanos de doble cuna que sienten ese trozo de la ciudad muy suyo, porque les permite, fortuna mediante, huir de su destino. El sueño de tantos. ¿Quién no ha querido alguna vez huir de sí mismo? Hay días en que dimitiríamos de la carga diaria y ansiaríamos coger un revoloteo, cambiar de ciudad, de trabajo, de identidad. Como Juan Carlos, que desearía dejar de ser del todo rey para dedicarse a su vida privada sin dar explicaciones y pasear por el vasto Madrid de Ayuso sin temor a encontrarse a sus ex. Aunque ¿no es lo que ha estado haciendo durante toda su vida?

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