La fuerza de la alianza entre Estados Unidos y los países bálticos

Tres jóvenes bailarinas irrumpen en el comedor del restaurante ruso Troika, en la plaza medieval de Tallin. Los comensales dejan sus blinis con caviar y boles de strogonoff para estimar las piruetas al puro estilo cosaco. “¿De qué parte de Rusia es el bailable?”, se le pregunta al dueño. “De Estonia”, argumenta, preocupado.

A la reverso de la punta, delante de la embajada rusa, tres ositos de peluche salpicados de pintura roja cuelgan de una valla inmediato a un traje de bebé adornado con los nombres de Bucha, Mariúpol y otras ciudades ucranianas.

La invasión rusa de Ucrania ha traumatizado a Estonia y los otros dos estados bálticos, Letonia y Lituania. No puede ser de otra guisa en minúsculos países, engullidos tantas veces por potencias en expansión como Alemania, Rusia, Polonia e incluso Suecia. No solo hay miedo de convertirse en el próximo Ucrania. Crece además la tensión entre las comunidades rusófonas –del 25% al 30% de la población y el 80% de la ciudad fronteriza de Narva– y los que se consideran estonios étnicos.

Pero el fin de semana pasado, en el hotel Radisson Collection de Tallin, no se palpaba ni división ni trauma. Los políticos locales, expertos geoestratégicos y generales estadounidenses de cuatro estrellas que participaban en la conferencia de seguridad Tempus Fugit se mostraron satisfechos, incluso eufóricos.

Tras la invasión de Ucrania, la sensibilidad antirrusa está muy presente en la vida cotidiana de Tallin

La solicitud de ingreso de Finlandia y Suecia en la OTAN fue celebrada con dedicación en las cenas de networking . Otro motivo de satisfacción: ya se da por descontado que en la cumbre de la OTAN, el mes próximo en Madrid, se aprobará el despliegue aquí de miles de tropas, sistemas de defensa aérea y artillería de misiles.

Hace tiempo que los estados bálticos, animados por sucesivas administraciones en Washington, piden el aumento de fuerzas de la OTAN en la frontera con Rusia y Bielorrusia así como el refuerzo escandinavo. Ahora, tras el radical cambio de la opinión pública europea, el deseo puede hacerse existencia.

“Es el sueño húmedo de nuestros planificadores de defensa”, dijo Anna Wieslander, la directora sueca para Europa del boreal del Consejo Atlántico con sede en Washington. “Podremos crear una burbuja A2/AD desde el Báltico hasta el Ártico”, añadió en remisión a un sistema regional de armamentos y tropas que impediría el camino de Rusia. “El Báltico va a ser un gran alberca de la OTAN”, coincidió Tomas Henrik, el expresidente de Estonia, en consumado ingles norteamericano.

Pocos en el Radisson se mostraban preocupados por las posibles consecuencias de construir un A2/AD en una región que zapatilla el militarizado enclave ruso de Kaliningrado –la colchoneta de la flota rusa del Báltico, colindante con Lituania–, y, en el Ártico, el puerto de Múrmansk, en el mar de Barents, con su flotilla de submarinos equipados con misiles nucleares intercontinentales.

“Por muy resistente que suene, tenemos que decirle a Putin: ‘¡Tú tienes armas nucleares, nosotros además; si quieres cruzada, la puedes tener; no te tenemos miedo!”, dijo el ministro de Defensa de Letonia, Artis Pabriks, en una entrevista mantenida durante la conferencia, organizada por el Centro Internacional de Defensa y Seguridad, cuyos patrocinadores incluyen las fabricantes multinacionales de armas BAE Systems y Saab.

A diferencia de Ucrania, los estados bálticos –integrantes de la OTAN desde el 2004– cuentan con la protección del artículo 5, que garantiza la intervención marcial de todos los 30 países miembros de la Alianza en caso de atentado contra uno. Pero no se sienten a fuera de. Bajo la indicación táctica trip wire (cable trampa), solo tienen capacidad marcial para detener provisionalmente un ejército invasor mientras los aliados reaccionan.

Esto es motivo de inquietud legado el problemático camino a la región a través del llamado paso de Suwalki, un tramo de 80 kilómetros de la frontera polaca-lituana, entre Kaliningrado y Bielorrusia. En caso de un conflicto, “no existe infraestructura que permita trasladar tropas rápidamente por el paso de Suwalki”, advirtió el universal estadounidense Ben Hodges. El peor atmósfera: la ocupación del paso por Rusia, que aislaría los tres estados bálticos. Por eso “hay que tener presencia delantera”, dijo Hodges, del Centro de Estudio sobre Política Europea (CEPA) con sede en Washington, cuyos patrocinadores incluyen a Militar Dynamic, Lockheed Martin y Mercedes Benz, así como el Gobierno de Estonia.

La presencia delantera supondrá un drástico aumento de la presencia marcial en el este europeo. Ya está en marcha. En los últimos tres meses, se han multiplicado por diez –de 4.000 a 40.000– las tropas occidentales en el este de Europa, desde la frontera con Noruega y Finlandia hasta Ucrania. Rusia tiene unas 300.000 tropas emplazadas al otro banda de la frontera, aunque muchos han sido desplazados a Ucrania.

Polonia, colindante con Bielorrusia y Ucrania, es el país del noreste que más se ha militarizado, con una subida de 1.000 a 10.500 militares. En Estonia, con un resistente aumento de tropas británicas, danesas y francesas, se ha duplicado el número de efectivos militares de 1.000 a 2.000.

Ahora se paciencia que se consolide. “Tenemos elevadas expectativas para Madrid. Un aumento permanente de fuerzas terrestres y la acogida de defensa aérea”, dijo Eva María Liimets, ministra de Exteriores estonia, en una entrevista concedida a La Vanguardia .

La incorporación del potente ejército de tierra y la artillería finlandeses y la capacidad aérea y naval sueca dará el primer paso con destino a el soñado A2/AD en el Báltico/Ártico. Pero para financiar el plan, se calcula que haría error un aumento del presupuesto de defensa en los 30 países miembros –entre ellos, España– hasta el 2,5% del PIB. Es mucho pedir tras la crisis fiscal de la pandemia.

“El Báltico va a ser un gran alberca de la OTAN”, se congratula Tomas Henrik, expresidente de Estonia

Para Estonia, sin requisa, es un imperativo recatado. Bajo el liderazgo de la primera ministra, Kaja Kalla, “la dama de hierro europea”, según la revista británica The New Statesman , el pequeño país ha proporcionado armas y ayuda humanitaria a Ucrania, equivalente al 2% de su PIB. Casi 40.000 refugiados de la cruzada ya se encuentran en Estonia, un país de 1,3 millones de habitantes. “No son turistas, son ucranianos”, dijo un empleado de un hotel céntrico frente a una larga culo en la admisión. ¿Cómo se paga todo esto? Con la ayuda de Washington. La Empresa Biden ha canalizado 350 millones de dólares a los estados bálticos en el postrer año.

Kalla apoya abiertamente la entrada de Ucrania en la OTAN, una idea considerada temeraria hasta por Henry Kissinger que ya apetencia adeptos en EE.UU. “Hay que ayudar a Ucrania a ingresar la cruzada, crear una extraordinaria democracia, (…) eso merecería la entrada en la OTAN”, dijo Damos Wilson, el asesor delegado de la agencia estadounidense de “apoyo a la osadía en todo el mundo”, la Fundación Franquista para la Democracia, otro patrocinador de la conferencia.

Por si la OTAN parpadea en el pulso con Vladímir Putin, Tobías Ellwood, presidente del comité de Asuntos Exteriores del Parlamento britano, que llegó a Tallin tres días posteriormente de la panorama del primer ministro‚ Boris Johnson, a Helsinki, propuso la creación de una “coalición de voluntarios” al estilo de la cruzada en Irak. “La OTAN ya es obsoleta (…) si no entramos con más fuerza, Putin sobrevivirá y el problema se repetirá en otras partes de Europa”, dijo.

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