Bohemio, poético, romántico, realista... ruta por el Madrid más literario

Un bóveda celeste de un intenso garzo velazqueño tiñe cada recoveco de la Villa y Corte. Por las calles se comenta la última comedia de Lope. En las gradas de San Felipe se acento del nuevo galanteo de Felipe IV. Por los aledaños de la plaza Maduro transitan ociosos pícaros y matarifes. “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre fuerte. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedís en trabajos de poco prestigio”.

Arturo Pérez-Reverte no es el único escritor que ha ambientado algunas de sus más célebres novelas en Madrid. La renta española es una retumbante ciudad en la que se enmarcan numerosas tramas de teatro, poesía y obras narrativas. Encima, más allá de la ficción, innumerables lugares de la ciudad están vinculados de una forma u otra al mundo de las literatura. Desde el Fénix de los Ingenios hasta Almudena Grandes y Honor Fuertes, pasando por Galdós o Larra, no son pocos quienes han dejado su impronta en la memoria literaria madrileña.

Rivalidades de genios en el arrabal de las Saber

Su enemistad era cruel. Acérrima. La inquina del uno alrededor de el otro teñía de odio cada verso que se escribían en contra. Y lo peor de todo era que no tenían forma de evitarse, pues sus viviendas al punto que distaban unos pocos metros entre sí. El uno era un exitoso dramaturgo. El otro un escaso diablo escritor de novelas, un productos último que nunca alcanzaría la popularidad del teatro. Se llamaban Lope de Vega y Miguel de Cervantes, y vivían en el madrileño arrabal de las Saber.

Situado entre el remoto Madrid de los Austrias y el paseo del Prado, el arrabal de las Saber es todo un museo de letras al céfiro independiente. Y está saciado de contradicciones. La casa-museo de Lope de Vega se halla en la calle de Cervantes (su gran enemigo), mientras que el convento de las Trinitarias (donde descansan los restos del autor de El Soñador) se encuentra en la calle de Lope de Vega. La Villa y Corte siempre sorprende, pues como diría Calderón de la Barca: “Madrid, esta nueva Babilonia, donde verás confundir en variedades y lenguas el ingenio más sutil”.

Entre Larra y Galdós, un paseo por el Madrid del siglo XIX

Un singladura helado procedente de la sierra de Guadarrama helaba las calles y el alma en el invierno de Madrid. Casi nada contaba con 27 abriles, pero Fígaro-su seudónimo en la prensa de la capital- no aceptaba el apego no correspondido. Aquel 13 de febrero de 1837 Mariano José de Larra ya no pudo soportar más, por lo que en su tierra de la calle de Santa Clara decidió pegarse un tiro en la sien. La pistola del trágico suceso aún se conserva en una vitrina del madrileño Museo del Romanticismo.

“Escribir en Madrid es lloriquear, es apañarse voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”, decía el propio Larra. El siglo XIX avanzaba y el Romanticismo dio paso al Realismo. Ahí entra en pasatiempo el Madrid de Galdós. El escritor canario retrató como nadie lugares tan conocidos de la ciudad como Casa Lhardy. Este restaurante-pastelería, icono aún válido de la restauración castiza, es descrito en las obras galdosianas como el almacén “que morapio a poner corbata blanca a los bollos de tahona”.

El Madrid despreocupado de principios del siglo XX

¿Vivimos en una verdad deformada, esperpéntica? ¿Es nuestra sociedad un pasatiempo de espejos? Max Suerte, mientras conversa con don Latino en la obra de Valle-Inclán Luces de descuido, lo tiene claro: “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”. Cada 30 de marzo, coincidiendo con la Tinieblas de los Teatros, el Círculo de Bellas Artes de Madrid organiza una ruta por locales tan emblemáticos como la chocolatería San Ginés o el restaurante Casa Ciriaco. Es la citación Tinieblas de Max Estrella.

El propio Valle-Inclán o Galdós, adicionalmente de otros célebres personajes de la época como Canalejas o Ramón y Cajal, solían departir en interminables tertulias en el Café Gijón. Este establecimiento es en la ahora uno de los principales cafés literarios madrileños. Su etapa dorada se vivió a mediados del siglo XX, cuando conversaban entre humeantes tazas Camilo José Cela, Fernán Gómez o Francisco Filo. Por cierto, este postrero dramaturgo llegó a afirmar que “Madrid lo hicieron entre Carlos III, Sabatini y un albañil de Jaén, que era el que se lo curraba”.

Historias de apego en el Madrid poético

“El mismo apego que nos hacía leales, que nos hacía mejores, lo estaba echando todo a perder”. Podemos descifrar esta frase en la obra de Almudena Grandes Castillos de cartón, que retrata la movida de los abriles 80. La escritora madrileña amaba como nadie su ciudad y, en particular, el arrabal de Malasaña: “Si marcara en un plano todas las casas en las que he vivido, el resultado sería un círculo casi consumado”. Su compañero sentimental, Luis García Montero, incluso reflejó la ciudad en su obra: “Agua limpia, Madrid, para tus luceros limpios, mientras que te despiertan los trenes y los pájaros”.

Otro arrabal madrileño combinado a la poesía es Lavapiés, donde nació Honor Fuertes. “No puedo aseverar: Madrid es mi tierra, tengo que aseverar mi cemento”, llegó a aseverar la autora de innumerables poemas y cuentos infantiles. “Se la coló por completo a la España más rancia. Y su poesía fue una de las cosas más increíbles y bellas que sucedieron aquí durante todo el siglo XX”, dijo sobre ella el novelista Jorge de Cadante.

Letras en el Madrid del siglo XXI

La semana languidece lenta y perezosa al final del paseo del Prado. La luz de domingo ilumina la plazoleta de Carlos V. Poco a poco, se va despertando la ciudad mientras los libreros abren sus desvencijados puestos de la cuesta de Claudio Moyano. “Madrid huele a sol por las mañanas”, escribió Arturo Barea en su obra La forja de un opuesta. “Madrid rebosa letras, poesía y música por sus cuatro costados, tanto, que ella misma es un personaje poético”, afirmó por su parte Ernest Hemingway.

Lope, Calderón, Cervantes… Pero incluso Larra, Galdós o Valle-Inclán, sin olvidar a Almudena Grandes o a Luis García Montero y a otros tantos escritores que han retratado Madrid como nadie. En la ahora, es posible encontrar obras de todos estos autores (y de muchos otros más) en los puestos de la Cuesta de Moyano. Este mercado de libros al céfiro independiente es uno de los iconos actuales del Madrid poético, pero no el único. Las tertulias del Ateneo o las conferencias del Círculo de Bellas Artes mantienen válido en nuestros días el pulso poético de Madrid.

Madrid incluso será siempre eterna en las canciones de quienes pusieron grafema al humor de la ciudad

Y es que la renta española será siempre eterna en los versos y en las novelas de los autores que retrataron sus calles, pero incluso en las canciones de quienes pusieron grafema al humor de la ciudad. Pues, como aceptablemente dejó claro Joaquín Sabina, “Allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo, pongamos que hablo de Madrid”.

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