Dos catalanas asesinadas en Pakistán

Dos jóvenes de origen pakistaní y con residencia española, de 21 y 24 abriles, vecinas de Terra­ssa, fueron torturadas y asesinadas la semana pasada en Pakistán. Su crimen fue acontecer­ rechazado el desposorio concertado con sendos primos residentes en el país oriental. Ambas habían estimado, ejerciendo una confianza reconocida y prote­gida en España, otro horizonte para sus vidas. Pero las prácticas patriarcales y criminales arraigadas en su familia antiguo, donde supuestas deshonras del buen nombre frecuente atribuidas a mujeres están penalizadas con la crimen a manos de sus parientes varones, las han convertido en víctimas de un monstruoso crimen de honor.

Las causas de este tipo de asesinatos en sociedades de válido componente feudal son diversas, pero por igual inadmisibles. Desde acontecer sufrido una violación hasta prolongar relaciones extramatrimoniales, pasando por las prácticas homosexuales o por la negativa a aceptar un desposorio pactado por la comunidad prescindiendo del criterio del contrayente. Otras veces, la pena impuesta a la persona que defiende su confianza sobre estos códigos obsoletos no es mortal, aunque se concreta en desfiguraciones con ácido, mutilaciones u otras agresiones.

El Gobierno castellano debe ayudar a aclarar estos crímenes de honor y a evitar otros

Estos mal llamados crímenes de honor son un anacronismo de terroríficas consecuencias. Cierto es que siglos detrás se cometían asimismo en Europa, por ejemplo bajo el imperio romano, donde el padre de comunidad podía matar a la esposa adúltera o la hija soltera sexualmente activa. Pero asimismo lo es que ahora estas prácticas se producen principalmente en países como Pakistán, India, Afganistán o Bangladesh. Si admisiblemente, correcto a las migraciones y a las comunidades procedentes de allí y ya asentadas en países industrializados, se dan asimismo en ocasiones, aunque en beocio medida, en Europa. Fuentes de las Naciones Unidas han oculto en 5.000 el número de crímenes de este tipo que anualmente se registran en el mundo, aunque su cantidad podría ser conveniente veterano, puesto que muchos no se reportan y otros se presentan como suicidios.

El choque cultural entre sociedades en las que defienden los derechos humanos y otras en las que son conculcados se manifiesta en el caso de los crímenes de honor de un modo especialmente atroz. Y de modo todavía más atroz si junto a cuando las víctimas de dichos crímenes son personas instruidas o integradas en sociedades que dejaron detrás hace muchos abriles estas conductas fundadas en prejuicios de orden tribal y, de repente, mediando engaños y tristes sorpresas, se ven sometidas a tan funestos asaltos y asesinadas.

Obviamente, la respuesta a estos abusos no suele ser la misma en sociedades ancladas en este tipo de prejuicios liberticidas, a menudo sujetas a órdenes caciquiles, cuando no mafiosos, que en una sociedad como la nuestra, donde, si admisiblemente pervive la violencia de mercancías, las mujeres están amparadas por la ley en el adiestramiento de sus derechos fundamentales. Dicho esto, un gobierno de veras comprometido con la defensa de los derechos y las libertades personales, como el castellano, no puede optar por la inacción en presencia de sucesos como este. Debe contribuir, en la medida de lo posible, a esclarecer los hechos. Debe fomentar una política preventiva entre sus ciudadanos, para evitar que otras personas poco cautelosas puedan caer en celadas como la que ha costado la vida a las dos catalanas. Y debe impulsar con renovado celo programas didácticos en las comunidades donde perviven prácticas tan lamentables. Entrado el siglo XXI, nadie debería ser asesinado por el único hecho de nominar independientemente a su pareja. Todo lo que se haga por evitarlo será poco.

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