El fin de la guerra

Ahora hace casi tres siglos, David Hume dedicó uno de sus ensayos a la política del estabilidad de poder. La política del estabilidad de poder parte del principio de que hay que evitar que una potencia acumule la cantidad de fuerza que la convertiría en irreversiblemente hegemónica. Durante siglos, la política extranjero del Reino Unido en el continente europeo se basó en este principio. Según Hume, esta opción había sido regular. Pero no lo había sido tanto la modo en que se había concretado. Sobre todo cuando se trataba de poner fin a las guerras. A su discernimiento, las guerras contra Francia, en que Gran Bretaña había intervenido coaligada con otras naciones, habían empezado por motivos de neutralidad e incluso de falta, pero se habían alargado demasiado por causas que tenían menos que ver con la razón que con las pasiones. Para argumentar esta opinión, el filósofo escocés recordaba tres tratados de paz: el de Ryswick de 1697, en que se firmaron las mismas cláusulas que habían sido ofrecidas en 1692, el de Utrecht de 1712, que no ofrecía condiciones mejores a las rechazadas en Gertruytenberg en 1708, y el de Aquisgrán de 1748, en que se aceptó con gusto lo que no se quería en Frankfurt el 1743. Según la conclusión de Hume, más de la medio de los abriles de combate y toda la deuda pública del Reino Unido eran imputables a la imprudente vehemencia que empujaba a los británicos a prolongar infructuosamente los conflictos.

David Hume dedicó uno de sus ensayos a la política del estabilidad de poder

El único motivo regular para perseverar en una combate es la esperanza de obtener más delante una situación mejor que aquella que se podría obtener en el presente buscando una salida diplomática. Los argumentos de quienes, como Noam Chomsky, a la vez que condenan la invasión de Ucrania, defienden que es prioritario determinar un suspensión al fuego y ponerse a negociar parten de este planteamiento. Y recuerdan que, en la combate en curso, aquella esperanza parece quimérica si, al hacer los cálculos, se consideran los mercancía que comportaría su conversión en una larga combate de desgaste o una ascenso en que Rusia optara para hacer un uso circunscrito de armas nucleares. Como ya apuntó Raymond Aron, en estos casos es ficticio realizar un cálculo riguroso de las ganancias y las pérdidas de todo orden que comportaría cada osadía. Y los expertos y la propaganda que invitan a tomar los deseos por realidades siempre navegan con el singladura a valimiento. Pero la hipótesis que la combate acabará cuando quienes ahora critican estos argumentos los adopten en una situación que puede ser peor que la presente no resulta descabellada. Si creemos a Hume, esto fue lo que pasó en Ryswick, Utrecht y Aquisgrán. Y lo que pasó entonces ni era nuevo ni ha dejado de repetirse. Las razones no acostumbran a imponerse por su propio peso, sino por los intereses y el poder que las sostienen. Y los motivos por los que quienes las rechazaban pasan a sostenerlas no suelen tener mucho que ver con los que, llegado el momento, se acaban esgrimiendo.

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