“Considero que ser gay está entre los regalos más grandes que me ha legado Todopoderoso”. Tim Cook, CEO de Apple.
Igual vivo en una burbuja pero tengo la impresión de que aquí en Europa occidental enterarse hoy de que una persona es invertido no genera desconcierto, ni siquiera sorpresa, entre la gran mayoría de las personas. Si estuviese en una cena y una persona a mi costado me dijera “quiero que sepas que soy gay” tendría que reprimir el impulso a responderle: “Ah, sí. Cuéntame poco interesante de ti”.
Pero cuando un futbolista de la segunda división inglesa hizo pública su homosexualidad la semana pasada se interpretó como una nota explosivo. ¡Qué huevos! fue la respuesta caudillo. Un columnista del Times de Londres calificó a Jake Daniels, punta del Blackpool de 17 abriles, como “la persona más fuerte del mundo”.
Lo que esto nos dice no es muy tranquilizador. Indica que existe un desfase de títulos muy holgado entre la sociedad en caudillo y el mundo del fútbol en particular. Se aplaude el coraje de Daniels porque se supone que cuando salga al campo de ahora en delante, especialmente si es fuera de casa, correrá el peligro de que le canten “¡maricón!”. Sería una grata sorpresa que no. Cuestionar a chillidos la orientación sexual del árbitro o de un atleta del equipo rival es tan antiguo como la ley del fuera de esparcimiento.
Idrissa Gueye se negó a corretear por una cuestión de principios y ha recibido un océano de críticas
El estadio es un zona en el que la concurrencia se da osadía para afirmar todo tipo de groserías que nunca diría en el hogar, en el trabajo o siquiera en el bar. Parte del encanto de hallarse rodeado de una horda de la misma tribu durante un partido es la emancipación que uno tiene para regresar a un estado bestia, o pueril, y comportarse con desencadenada irresponsabilidad.
El PSG reivindicó contra el Montpellier el movimiento LGTBI luciendo en sus dorsales los colores del arcoíris
Por eso las campañas que ha habido en el fútbol para combatir el racismo y, más recientemente, la homofobia. Como por ejemplo el otro día en Francia cuando los jugadores del Paris Saint-Germain recibieron la orden de saltar al campo luciendo los colores del arcoíris, un visaje a protección del Orgullo Gay. Un atleta del PSG, el senegalés Idrissa Gueye, se negó a corretear por una cuestión de principios y como consecuencia ha recibido un océano de críticas. Le han lapidado en la prensa y la unión francesa de fútbol ha insistido en que pida perdón.
Poco más que afirmar, ¿no? El consenso casi caudillo es que no hay discusión. Idrissa Gueye es Jake Daniels al revés. Uno es un héroe; el otro, un trasnochado. Una mala persona. Pero… ¿sería una herejía, o al menos un atentado contra la conformidad reinante, contemplar la posibilidad de que Gueye estuvo en su derecho en afirmar que no a vestir los colores del arcoíris?
La hipocresía de los jefes de Gueye en insistir en que se una a la fiesta gay no es colosal, es lo futuro
Es un musulmán practicante, igual que el 97,2 por ciento de sus compatriotas senegaleses, el 97 por ciento de los cuales dijeron en una averiguación flamante que la homosexualidad era una forma de vida inaceptable. ¿Insistir en que Gueye debe participar en una celebración de la homosexualidad (porque eso es lo que esos colores significan) sería no solo obligarle a repudiar un artículo de su más íntima fe sino caer en una colosal hipocresía? Y, ya que estamos, ¿qué afirmar del país que le paga su sueldo, el estado dueño del PSG, Qatar, donde la homosexualidad es ilegal? La hipocresía de los jefes de Gueye en insistir en que se una a la fiesta gay no es colosal, es lo futuro. No tiene nombre.
Hay más honor en la ademán de Gueye que en la de los jeques, que han sumado un club de fútbol francés a su colección de yates, Rolls-Royces y demás juguetes de fasto, sin excluir el Mundial 2022. Pero el tema quizá sea aún más complicado de lo que parece. Se podría afirmar en defensa de los qataríes que al haberse sumado a la élite del fútbol europeo se han conocido obligados a corretear según las reglas sociales europeas, y si eso significa desviarse de la doctrina del Profeta, pues ese es el precio que hay acreditar. Gueye no quiere pagarlo. Él sí tiene sus límites. ¿Habría entonces que respetar su emancipación, en este caso, a la no expresión? ¿O lo correcto para él hubiera sido quedarse en su piadoso país y negarse a aceptar los millones que recibe en la pecadora Francia? No sé. Tengo más preguntas que respuestas. Pero sospecho, a peligro de que me quemen vivo, de que aquí hay un debate no del todo ligera de resolver. Que no es todo blanco y irritado, ni rojo, naranja, amarillo, verde, malva y cerúleo.
Publicar un comentario