Tras dos abriles en barbecho, las ciudades vuelven a sumar poco a poco los turistas perdidos a la fuerza durante la pandemia. El sector empieza a recolectar los primeros brotes verdes en una temporada que apunta a cifras cada vez más cerca de las que se marcaban antaño de que la covid llegara con restricciones al movimiento de las personas. Entonces, en 2019, muchas ciudades multiplicaban su densidad en temporada entrada, llegando a estados cercanos a la saturación. Es el caso de Barcelona y parte de su ámbito metropolitana, que durante ese año llegó a sumar el doble de turistas de los que llegaron a París, la ciudad más turística de la Unión Europea.
Así lo reflejan los datos de Eurostat, que recoge cifras de 2019 —antaño de que quedaran distorsionadas por la pandemia de la covid— de pernoctaciones turísticas reservadas a través de cuatro de las mayores plataformas del mercado (AirBnB, Booking, TripAdvisor y Expedia). Esta es la anciano compendio de datos por ciudades a nivel europeo. Los datos de hace ahora tres abriles —antaño de que quedaran distorsionados por la pandemia— sirven de remisión ya que, tal y como apuntan expertos como Antonio López-Gay, investigador del sección de Geografia de la Universitat Autònoma de Barcelona y del Centre d'Estudis Demogràfics (CED), este 2022 el nivel de turistas se encuentra ya “entre un 85-90% de las que habíamos tenido hasta junio en 2019”.
Según estas cifras, París es la ciudad con anciano número de reservas turísticas con 13,5 millones durante 2019, mientras que Barcelona se sitúa en segundo ocasión con más de 11 millones. En proporción, sin incautación, la caudal catalana y sus municipios colindantes se situaron en 3 reservas turísticas por cada indígena, mientras que en París sumaron menos de 1,5.
Encima, el número de visitantes fue hace tres abriles mucho anciano que el reflejado por estas cifras —solo el INE ya refleja en la ciudad más de 21 millones de pernoctaciones ese año—: a ellas se les debe sumar no solo las reservas directas con los alojamientos y por otras plataformas (muy minoritarias), sino las cifras de cruceristas, una modalidad turística muy puntual limitada a aquellas urbes con puerto.
Los cruceros hacen culo en el puerto de Barcelona 
Este engendro es muy similar al que pasa en otras grandes ciudades europeas. Ciudades como Berlín, Milán o Atenas —que, remotamente de la caudal catalana, acogieron a 4,2, 4,4 y 4,5 millones respectivamente— incluso se sitúan, en proporción a sus habitantes, en un nivel muy inferior al caso catalán: las tres urbes recibieron a través de alguna de las cuatro grandes plataformas entre 1,2 y 1,4 reservas turísticas por cada indígena de media en todo el año.
Los datos muestran que Barcelona fue la ciudad que más visitantes recibió a través de estas plataformas entre las grandes urbes españolas. Allí, y por debajo de los 8 millones, se sitúa en botellín ocasión del ránking Madrid. La caudal española, en proporción a los habitantes de la caudal y de 14 pequeños municipios que la rodean, recibió en 2019 1,6 turistas por cada madrileño.
En toda la Unión Europea se reservaron, en 2019, más de 512 millones de noches a través de una de las cuatro plataformas, o un promedio de 1,4 millones de huéspedes en un día casual. Una de cada cinco pernoctaciones se pasó en España (106 millones de pernoctaciones), seguida de Francia (99 millones). Italia (76 millones), Alemania (37 millones) y Portugal (31 millones) completan los cinco primeros.
Las ciudades, y sus alrededores más próximos, “están cambiando a consecuencia de los volúmenes de turistas que absorben”, señala Antonio López-Gay. Estos cambios han llevado a muchas áreas, sobre todo a las más visitadas, a permanecer saturadas “porque la actividad turística ha comportado cambios en el perfil poblacional: desde la pérdida de población por el cambio de un uso residencial a uno turístico o la marcha de la población anciano e pueril autóctona”, lamenta.
En presencia de la inexistencia de un gran maniquí de gobernanza turística en nadie de los países de Europa, que tienen, en último o anciano medida, los mismos problemas que los de Barcelona u otras ciudades españolas, las grandes ciudades toman estrategias distintas para malquistar la situación. Algunas optan por descentralizar el turismo, redirigiéndolo a otras zonas. Ámsterdam, por ejemplo, acoge al año poco más de 2,2 millones de turistas a través de las cuatro plataformas recogidas por Eurostat poco más de 2,2 pernoctaciones turísticas por cada indígena. Para tratar de descongestionar sus zonas más turísticas, la ciudad “está moviendo los cruceros a las arrabal”, apunta Claudio Milano, profesor e investigador del sección de Antropologia Social i Cultural de la Universitat Autònoma de Barcelona.
Cada vez hay más pisos en liquidación por el incuria de muchos vecinos frente a la transformación de los barrios más turísticos
Y es que en el interior de las ciudades, hay áreas que sufren más una saturación por exceso de turismo que otras. “Barrios como Eixample dreta, la Barceloneta o algunas zonas de Ciutat Vella tienen más camas turísticas que habitantes”, denuncia el investigador del CED. Por ello, otras ciudades están empezando a “turistificar otros barrios —como en el caso de Amsterdam Noord, un intramuros completamente industrial—”, apunta por su parte Milano. Estas dinámicas, sin incautación, están provocando “una ola gentrificadora en barrios que antaño no eran tan turísticos, como en el caso de La Flota, el puerto o el Poble Nou en Barcelona”.
Gran parte de las grandes ciudades europeas “han intentado regular el turismo, no es un hecho separado de Barcelona”, recuerda López-Gay. “París, Ámsterdam, Berlín o Venecia, por ejemplo, regulan la actividad turística en relación con la vivienda estipulando un tope de días que uno puede arrendar o el tope de licencias de alojamientos turísticos”.
Ahora, y tras dos abriles en los que las cifras se desplomaron a nivel mundial, el turismo vuelve a crecer para unos y a preocupar a otros. Allí de lo peor de la pandemia, las ciudades se enfrentan ahora a “nuevas movilidades”, apunta Claudio Milano. Hay regiones del Mediterráneo, como ciudades catalanas o andaluzas, que acogen, encima de mucho turismo y gracias a las oportunidades del teletrabajo, “clan del centro y del finalidad de Europa atraída por el buen clima y por el estilo de vida mejor gracias a los sueldos centroeuropeos”. Esto, sumado a la masificación turística de determinadas urbes en verano, provoca que las ciudades se conviertan en espacios de “transformación donde unos ganan y otros pierden”, apunta López-Gay: “El precio de los pisos sube, es más difícil vagar por espacios públicos, cambia el comercio… Los que pueden salir ganando se encargan de que la ciudad se transforme, olvidando, a menudo, los impactos negativos”.
“El turismo sostenible no existe”, lamenta por su parte Milano. Las nuevas formas de movilidad y la especialización de las economías urbanas alrededor de el turismo provocan “no solo problemas en las infraestructuras de las ciudades y de cohesión social, sino incluso problemas de consumo de capital y medioambientales”.
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