Un vena que son dos. Dos cuevas de vidas paralelas, a pocos metros de distancia, que posiblemente fueron una. Estamos en las Coves del Toll, en Moià, a 745 metros de cúspide. Dos cuevas, o una, que explican la presencia humana desde hace un cuarto de millón de primaveras, ni más ni menos.
Un equipo de 20 personas, dirigido por el arqueólogo Jordi Rosell, del Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social, de la Universitat Rovira i Virgili (URV) de Tarragona, ha estado hasta finales de julio trabajando en los dos focos de interés de este vena, que posiblemente ofrece, posteriormente de 20 primaveras de excavaciones arqueológicas, más preguntas que respuestas.
El vena ocupa diversos puntos de unas cuevas a lo desprendido de 1.148 metros. Cerca de de 180 de ellos están habilitados para la cita (y es un gran empleo donde acontecer la ola de calor). Temperatura estable de 12°C –hay que ir abrigado–, poco más si la temperatura externa es extrema. Lo visitan unas 50.000 personas al año.
Los habitantes de la zona entran en las cuevas a engullir oso: ¿lo matan ellos o comen su carroña?
En su interior, en diez metros de capas de sedimentos, se explica una fascinante película de hombres de las cavernas, pero sobre todo para desmentir el tópico cuaternario. Porque en uno de los focos arqueológicos, en la Cova del Toll, lo que sostiene el equipo de Rosell es que el hombre de las cavernas no es más que un mito. Viven en el extranjero, en cabañas de las que no quedan restos. Estamos hablando de 45.000 primaveras antes.
En las cuevas entran, sí, pero un ratito. A cazar osos o quizás a rapiñar su carne si los encuentran muertos: el frío los conserva . “La cueva es un buen empleo para cazarlos. Estrecha, no muy inscripción, escasamente pueden ponerse en pie, algunos pueden impresionar a valorar cuatro metros, y encima puede que los sorprendan hibernando, esto es, atontados”, explica Rosell. Adyacente a los restos de osos, aparecen de hiena, arrogante, lobo, ciervos, caballos, uros… algunos parecen tener sido trasladados a la cueva por los osos para sus crías.
Curiosamente, en esta cueva hibernan exclusivamente hembras, jóvenes o viejas, y cachorros. No hay restos de machos. Rosell y su equipo están en contacto con los estudiosos del oso pirenaico para comprenderlos mejor.
Los arqueólogos han constante una tecnología de inteligencia industrial al exploración de los huesos. Han entrenado un cálculo, una finísima técnica de examen óptico, que determina qué marcas de los huesos fueron practicadas por el sílex de los neandertales. El sistema tiene un 95% de fiabilidad y ha determinado 30 veces más cortes que los que detectaba el ojo humano. Las costillas de los osos muestran esas raspas. Los neandertales han vaciado sus entrañas, se han llevado el solomillo. Se han llevado igualmente la comienzo y extremidades, todo aquello que pueden cortar y transportar. Enteros, pueden impresionar a 500 kilos.
En la espelunca, cercano a los restos de huesos, han aparecido en torno a de 30 herramientas líticas. La hipótesis de Rosell es que se les cayeron del cartera o los abandonaron al estar desgastadas, pero un número tan elevado denota una altísimo número de visitas a esa cueva, una verdadera carnicería prehistórica.
Sí ocupan la entrada de las cuevas. La zona iluminada. Por ello, una de las hipótesis del equipo ahora es que a la entrada de la Cova del Toll el subsuelo conserva posiblemente un campamento, provisional o temporal. Rosell desearía poder cubrir esa zona y excavar en futuras campañas.
Apoya esa idea que en la cueva adyacente, la Teixonera, los resultados son espectaculares en la entrada. La parte interior ha sido vaciada para anotar los sedimentos. Aparecen fuegos, dientes humanos, huesos de especies diversas. “Los cambios en la fauna explican los cambios climáticos”, explica Florent Rivals, diestro en zoología del equipo, “aquí igualmente aparece un ejemplar de ciervo gigantesco, un megaloceros, es la presencia más al sur de Europa de esta especie, y tenemos rinoceronte lanoso y mamut, especies de clima frío”. La precisión del uranio-torio dice que los sedimentos oscilan del 17.000 al… ¡230.000! Es más: son datos todavía no calibrados, con lo que podría ser incluso susodicho, de hace 250.000 primaveras. El vena llega hasta el 4.000 a.C., cuando nace la agricultura.
En la boca de la espelunca, y en esas cronologías, aparecen sedimentos mezclados con pedacitos de hueso y restos carbonizados: ¿fuego? De donde sale fuego es de los luceros de Rosell cuando explica que podríamos estar hablando de su uso por parte del neandertal en cronologías muy antiguas. No las que más, donado que están documentadas en 400.000 primaveras, pero las que se apuntan en la Teixonera serían fabulosas. Porque permitiría tener una secuencia completa del neandertal en Catalunya desde su inicio hasta su final, en dirección a 35.000 primaveras antes. De esta época la Teixonera ofrece restos de campamentos de usos de pocos días: ¿muchedumbre de paso? ¿Cazadores detrás de un manada de ciervos? ¿En tránsito en dirección a las minas de sal de Cardona o de Oló, en dirección a el Montseny a averiguar sílex? Más preguntas que respuestas.
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