Anna Teixidor (Figueres, 1978) publicó en el 2020 el compendio Los silencios del 17-A (Diëresis), uno de los mejores trabajos periodísticos hasta la plazo sobre los atentados del 17 de agosto del 2017. Cinco abriles a posteriori lamenta que las víctimas, pero igualmente el entorno de los jóvenes integrados en la célula terrorista que protagonizaron aquel atentado, no han acabado curar sus heridas. Queda mucho por hacer.
Los chicos de la célula
“Hay un duelo que todavía pervive porque había una estima, un respeto, una empatía”
¿Hemos aprendido poco de aquellos hechos y, si lo hemos aprendido, lo hemos puesto en praxis?
Me parece que solo hablamos de esto en los aniversarios. El resto del tiempo miramos alrededor de otro flanco. El atentado planteó cuestiones incómodas como, por ejemplo, qué significaba la integración y la convivencia… No se han destinado bienes a muchos jóvenes de la misma etapa o similar, no solo de origen marroquí sino igualmente jóvenes nacidos en Catalunya que todavía ahora, cinco abriles a posteriori, cuando hablamos con ellos de este tema, se pone en evidencia claramente que sufren un duelo fulminante.
En su compendio palabra del vano identitario de los jóvenes que integraron la célula. El vano que Abdelbaki es Satty (el imán de Ripoll que lideró la célula), supo guatar. Catalunya es un departamento de identidades muy contrastadas...
No tiene cero que ver. Al Estado Islámico se unieron más de 5.000 personas de todos los países europeos, independientemente de las características sociales o políticas de cada país. Cuando Abdelbaki es Satty todavía no había llegado a Ripoll en el 2015, ya había personas que se conectaban a la propaganda yihadista sobre la eliminación en Siria e Irak y que se sentían llamadas por lo que estaba ocurriendo.
Paradójicamente se observa una viejo radicalización en los jóvenes, muchos nacidos aquí, que en los padres que llegaron a España.
Las primera generaciones vienen a trabajar, pero las segundas sí que se hacen preguntas. Ven a sus padres amoldados a la civilización occidental, algunos, la mayoría de los padres de los jóvenes de la célula, eran analfabetos, y las madres al punto que hablaban otro idioma que no fuera el suyo ni se relacionaban con otras mujeres que las de su entorno inmediato.
En un momento de su compendio se pregunta quiénes eran esos chicos que se sentaban en los pupitres con “nuestros hijos”. ¿Hay un ellos y un nosotros?
No, no. No eran otros. Eran nosotros. Los mismos amigos y la familia de Ripoll no los siente como los otros. Por esa razón hay un duelo que todavía pervive porque había una estima, un respeto, una empatía.
Pero esa empatía no permitió detectar el proceso de radicalización de los miembros de la célula.
La modo de representar de Abdelbaki es Satty siempre tenía como prioridad no ser descubiertos. Él cerró el círculo. Muchedumbre que fue muy próxima a algunos de aquellos chicos estuvieron a punto de denunciar. Así nos lo han dicho. En algún momento pensaron que debían denunciarlo. ¿Qué falló aquí? Pues que no hubo ni la suficiente confianza ni el empoderamiento necesario para hacerlo.
¿Puede retornar a ocurrir un atentado así?
Sí. Lo que es evidente es que no se han creado las herramientas para evitarlo. Hoy por hoy si una persona observa que otra se radicaliza y es una persona querida, lo único que puede hacer es denunciarla a los Mossos, no se ha creado ningún mecanismo que permita asesorar a personas que tengan esta casuística. La prevención de la radicalización no está en la memorándum pública.
¿Ha investigado la situación de las víctimas del atentado?
Posteriormente de trabajar tres abriles en esto, necesité encontrar el punto medio y busqué a los supervivientes. Era imprescindible. He hecho un seguimiento. De los supervivientes lo que me parece más impactante es que cinco abriles a posteriori aún hay personas que todavía están en el 17 de agosto del 2017. No lo han podido pasar. A muchas de estas víctimas no se les ha agradecido como tales. Eso es muy solemne.
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