Un rompecabezas que no encaja

Hay rompecabezas que no encajan por abriles que pasen. Hace cinco de los atentados de la Rambla y Cambrils, y Faisal sigue sin respuestas. “Todavía no me entra en la cabecera. No sé cómo lo hizo Es Satty. Cómo pudo coger a los chicos más listos y trabajadores, los mejores de nosotros, y comerles el tarro hasta convencerles de que fueran a matarse y que, encima, llevasen a sus hermanos pequeños con ellos”, dice.

Faisal da una calada al cigarro y sacude la cabecera. No estamos en ningún morería urbano, sino en un paisaje de postal. El mozo fuma sobre una frondosa colina. A sus pies, rodeado por las montañas del Prepirineo catalán, se extiende bucólico Ripoll, el pueblo donde llegó de criatura de Marruecos, el pueblo donde creció, el pueblo de donde salieron los terroristas del 17-A.

Sus amigos.

Faisal no se pira así. Acepta contar su historia con un nombre simulado. Su patronímico le delata: es primo de dos yihadistas, uno de los cuatro pares de hermanos que integraban la célula liderada por el imán Abdelbaki es Satty. Chicos que aparentemente cumplían todos los requisitos de la integración: hablaban catalán, casi todos tenían estudios y empleo, algunos un buen sueldo. Nadie provenía de una comunidad especialmente religiosa. Sus padres son inmigrantes de zonas rurales, con poca educación académica (siete de los diez progenitores son analfabetos) y muchos, pese a los abriles, siguen sin tan pronto como murmurar castellano ni catalán.

En el 2017, tras salir a la luz la identidad de los terroristas, Faisal se vio metido a la fuerza en un transporte de los Mossos, encañonado. Su cercanía con ellos le convertía en sospechoso. “Los conocía a todos. Llegamos a Ripoll de pequeños y crecimos juntos. A principios de los 2000, Ripoll no era como ahora. Había un racismo exagerado. En la escuela, nadie quería sentarse a tu flanco. No eran solo los niños, incluso los profesores te trataban mal”, dice el mozo, de 29 abriles.

Su amigo del alma era Youssef Aalla, muerto en la arranque de Alcanar inmediato al imán. Faisal se costal el móvil del saquillo y desliza el dedo por la pantalla, hasta acotar un vídeo. Salen los dos, con 13 o 14 abriles, haciendo bolas de fuego con un mechero. Juegos de niños antaño de que todo se ensombrezca.

“Youssef era como yo. Bebía, fumaba, le gustaba la fiesta. No leía el Corán, ni siquiera sabía árabe, hablamos amazig. De repente se giró. Se puso a murmurar de religión, dejó de salir y nos retiró la palabra”, dice Faisal.

Vio alguna vez a sus amigos con Es Satty, pero nunca fue consciente de la influencia que ejercía sobre ellos y mucho menos de los planes asesinos que urdían. El imán fue hábil y evitó ser trillado en notorio demasiado con ellos. Además seleccionó con esmero a sus discípulos. “A mí nunca me dijo ausencia”, se encoge de hombros Faisal.

Recuerda que un día él y su novia, catalana, se cruzaron con Youssef, que ya se había apartado del liga. Ahí, delante del monasterio fundado en el año 879 por Guifré el Pilós, su amigo de infancia le espetó: “¿Qué haces con una cristiana? Coge un Corán y reza”. “Me quedé flipando”, dice Faisal. Aunque su reacción fue recriminarle a ella: “Poco le habrás hecho”.

Solo comprendió la trascendencia de la secuencia cuando era demasiado tarde. Esta y otras demostraciones­ de intolerancia –otro día, Youssef rompió la tableta de su hermano diciendo que debía rezar y no competir con videojuegos– pasaron inadvertidas. Nadie, ni siquiera en sus familias, sospechó, asegura Faisal. “Said, el hermano de Youssef, avisó a su principio de que no había ido a Alcanar a congregar fruta como decía, que andaba en cosas raras. Ella no le hizo caso. Y Said acabó metido incluso. Escaso­cito”.

“Da miedo, ese odio que tenían no se veía. Si fue tan obvio, puede retornar a ocurrir”, dice Prieto, que les buscó trabajo

Más aceptablemente fue al contrario: la transformación religiosa que experimentaron los jóvenes fue paisaje como poco positivo, una señal de que maduraban. “Mis padres me echaban la bronca y me decían que a ver si seguía su ejemplo –dice Faisal–. Cuando pasó todo, fui a mi padre y le dije: ‘Mira tu camino justiciero. ¿Aún piensas que soy yo el mal hijo?’. No me contestó”.

Si el imán pronunció en la mezquita algún sermón con tintes radicales (hay testimonios contradictorios), nadie se escandalizó tanto como para dar la voz de aviso. “No rememoración ausencia exclusivo. Eso sí, era un tío rarito. Venía a sus horas, hacía su trabajo, y adiós muy buenas. No se mezclaba ni charlaba con la familia. Pero de eso a hacer lo que hizo…”, dice un musulmán que frecuentaba las oraciones.

Anna Prieto, directora de formación y ocupación en UIER, la patronal comarcal, tuvo contacto con todos los terroristas, ya fuera porque le habían dejado su currículum o porque les consiguió trabajo. A uno, Moussa Ouka­bir, que murió con 18 abriles recién cumplidos, lo tuvo seis meses sentado al flanco en la oficina. Un mes antaño de los atentados, el pequeño había completo las prácticas como oficinista en la UIER. “Era despierto, pero pasaba de todo. Luego entendí por qué”, cuenta Prieto. Le suspendió las prácticas, y Moussa se enfadó cuando se lo dijo. “Me da igual, me voy a ir muy allí de aquí”, le replicó desafiante.

“Eran chicos normales; varios, trabajadores excelentes. Aún no me lo creo. Ni cómo se metieron en esto ni la capacidad de engañarnos a todos que tuvieron. Da miedo, porque ese odio que tenían no se veía. Y, si fue tan obvio, puede retornar a ocurrir. En la sociedad cada vez hay más jóvenes vulnerables que no encuentran su identidad ni su camino”, reflexiona Prieto.

Algunos empresarios, admite, aún se niegan a contratar a musulmanes. “No creo que sea racismo, sino precaución. La confianza no se ha recuperado del todo. Hay familia que lo ha conseguido y otra que no. Con la pandemia los currículums se amontonan y, al fin y al punta, son libres de contratar a quien quieran”, dice­.

Joselina creyó que los Mossos erraban; luego supo que su querido Said le había robado para retribuir los ataques

Joselina Soldevila, de 63 abriles, incluso sigue con más preguntas que respuestas. Dueña del reputado cafè Canaules, en el centro de Ripoll, sentía un gran cariño por Said, el pequeño de los hermanos Aalla, que vivía cerca y trabajó en el restaurante. “Era un noi trempat , con ganas de hacer cosas, de proceder. Muy despierto, aprendió en un mes lo que otros tardan seis. Hablábamos de todo, política, religión, sentimientos… Cuando dejó de trabajar en el restaurante, seguía viniendo para charlar. Decía que aquí podía murmurar de cosas que sus padres no entendían. Poco antaño de los atentados caldo a ofrecerse a echar una mano, la cocinera tenía al marido enfermo. Era ese tipo de persona”, recuerda.

Cuando vio la foto del pequeño en televisión, identificado como un miembro de la célula, no tuvo dudas: la policía se equivocaba. No tardó en darse de bruces con la existencia. Los Mossos fueron a verla y le contaron que no habían sido ladrones comunes quienes, unas semanas detrás, le robaron en casa y se llevaron sus joyas. Fueron los terroristas. “Said era el único que sabía dónde vivíamos y que los viernes no volvemos hasta la amanecer”, dice Joselina.

Digerirlo no fue obvio. “Se te hace un nudo en la cabecera y no puedes amodorrarse. Te sientes culpable. Sí, culpable, por no haberlo trillado, por no suceder hecho ausencia. Tuve que ir al psiquiatra”. Hay otra cosa que la atormenta. Retener que sus joyas han servido para financiar tanta asesinato.

Las heridas supuran. Faisal arrastra episodios de ansiedad y depresión. No consigue sostener un trabajo. El patronímico pesa. Este verano entró como mecánico en una industria de la zona, posteriormente de que su suegra catalana, empleada en la empresa desde hace 28 abriles, insistiera durante meses. Pero hace unos días, cuenta Faisal, el compañero que se encargaba de formarle le hizo una pregunta: “Me han dicho que no te finta el ojo de encima, que eres comunidad de yihadistas. ¿Es cierto?”.

La primera vez que Joselina se cruzó por la calle con la principio de Said, corrió a abrazarla. “Yo no veo a la principio de unos terroristas, sino una mujer que ha perdido a dos hijos. No podemos comunicarnos, porque no palabra ni castellano ni catalán, pero nos abrazamos”.

“Youssef era como yo. Bebía, fumaba, iba de fiesta. De repente se giró”, recuerda el mejor amigo de un yihadista

Todas las familias siguen viviendo en Ripoll. Pero no es obvio. “No levantan cabecera –afirma Faisal–. El otro día celebramos la fiesta del Sacrificio. Y de repente las madres de Said y Moussa se echaron a rezumar. Ver a tantos niños correteando fue demasiado para ellas”.

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