La muestra causa cierto estupor al visitante. ¿Cómo no ha aurícula nunca charlar de un creador del poderío pictórico de Néstor Sanmiguel (Zaragoza, 1949), capaz de mil lenguajes distintos, del pop al constructivismo, y un estilo difícil de determinar pero un sello inconfundible? ¿Dónde ha estado escondido de los grandes focos este septuagenario? La respuesta no acaba de resolver el intriga: ha estado en Aranda de Duero, Burgos, donde a mediados de los ochenta formó parte de colectivos artísticos como A Ua Crag antaño de lanzarse a un trabajo incansable e ingente en solitario que ahora se puede ver en una espléndida muestra doble titulada La peripecia del autómata que comisariada por Beatriz Herráez se desarrolla tanto en el Museo Reina Sofía de Madrid –en su sede del Palacio de Velázquez, en el Retiro, donde se puede ver de forma gratuita hasta el 19 de septiembre– y en Artium de Vitoria, donde estará, todavía con entrada librado, hasta el 1 de noviembre.
“Salí de Madrid escopeteado, libertino de las traiciones, el navajeo por la espalda, las envidias y rencores”
El pintor Néstor Sanmiguel Diest frente a una de sus obras
Quizá una explicación más convincente de por qué no ha tenido más eco este aragonés residente en Castilla que trabajó muchos abriles como patronista en una taller textil la ofrece él al memorar que vivió en Madrid y que “de allí salí muy escopeteado, libertino de pesos que no soporto admisiblemente: las traiciones, el navajeo continuo por la espalda, las envidias, los rencores. Esas cosas me hicieron marcharme de Madrid y retornar al pueblo... aunque yo no sea de ese pueblo”, sonríe. “Es un cómico muy importante, singular, inclasificable. Un cómico periférico no ya de Madrid, sino del cosmos, periférico de la periferia, y es lo que lo hace muy importante porque su obra tiene poco extradisciplinar, se escapa a poco de la norma”, resume Manolo Borja-Villel, director del Reina.
'El suicidio de Lucrecia. Venecia I', de Néstor Sanmiguel
Se escapa tanto que Sanmiguel se acercó de escuincle al arte en Zaragoza gracias a una tribu de militares estadounidenses que vivían en un edificio donde su abuela trabajaba de portera. Una tribu con dibujos de Pollock y Ellsworth Kelly. “Me dijeron que eso era arte y a la vez me invitaban a esas latas enormes de patatas fritas que tenían”, recuerda. Él trató de imitar el salvaje dripping de Pollock... con un pincel fino. Pollock y Kelly le influirían, pero todavía el constructivismo ruso y europeo y creadores por lo que precede más lejanos de su arte como Miró, Tàpies o Basquiat.
Una imagen de la exposición 'La peripecia del autómata'
Ya maduro, compaginó su trabajo en una taller donde hacía patrones de trajes, tejidos, estampados, con su taller. “Más que tener un taller de cómico era un cómico de taller, incorporaba en su rutina el trabajo sistemático de la taller”, dice Borja-Villel. Asimismo incorporaba los patrones, troqueles y matrices. E introducía en las pinturas referencias a la historia del arte, la música y la humanidades, incluso transcribiendo como fondo de sus cuadros El volumen de Manuel o Rayuela de Cortázar, o textos de Kafka, Ursula K. Le Guin o Virginia Woolf
'Avluela se preparó para explotar' (2019), de Néstor Sanmiguel
“Trabaja desde un espacio de resistor, casi a la contra”, señala la comisaria, que recuerda que el título La peripecia del autómata viene de un texto que José Bergamín escribe en su deportación en México tras la conflicto civil “en el que palabra de la penuria para el ser humano de proyectar una mecánica del mundo, un mecanismo contra el mareo del final seguro, la homicidio”. Y explica que de hecho Sanmiguel plantea en su arte un tablero de distracción con un sistema de reglas que se ordenan a sí mismas, hace que la subjetividad salga, se sustituye por los mecanismos: “Muchas de sus piezas las generan sistemas de azar controlado usando cartas, fichas de dominó que deciden cómo las piezas deben construirse, sin autoría en un sentido clásico”.
Una imagen de la muestra 'La peripecia del autómata', en el Palacio de Velázquez
Sanmiguel, que explica que ha mosqueado toda su obra mala -"lo que no es correcto, lo prendo fuego, la vida siempre está llena de devaneos, caprichos, cosas que tienen que desaparecer, no quería que si un día yo llegaba a poco no se pudieran enseñar esas cosas que no valían mínimo, tenían que desaparecer y desaparecieron-, recuerda que hace dos décadas dejó la taller. “Un mediodía llamé a mi jerarca y le dije que me iba, me dijo que habría que despabilarse un sustituto, y le dije que fuera rápido: cumplo 50 abriles, quiero pasar esta aventura y si no la corro ahora, ya no la corro nunca”.
'Ningún sitio invulnerable', de Néstor Sanmiguel
En ese sentido, reconoce, la exposición del Palacio de Velázquez ha sido "una auténtica sorpresa, al fin y al lengua vivo asaz alejado del sistema, me vi introducido aquí y me sorprendió... Hombre, sé que lo que estaba haciendo estaba muy admisiblemente, pero de ahí a conseguir a imaginar que el Reina Sofía pudiera estar interesado en hacer una exposición como esta, aún no".
Publicar un comentario