Erdogan rechaza tener que elegir entre Zelenski y Putin

La amenaza turca de rodear el ingreso de Suecia y Finlandia en la OTAN ha provocado estupor. Se teme que el presidente Recep Tayyip Erdogan paciencia el pulso, mientras no se atiendan algunas de sus exigencias capitales. Pero el orfelinato político nórdico a prófugos kurdos es solo la punta del iceberg en la cinta de agravios de Ankara, lo que ha aupado acusaciones de mercadeo.

Mientras tanto, en Turquía, lo que provoca estupefacción es que, tras setenta primaveras en la OTAN –cuarenta de ellos en la misma frontera de la URSS–, se les perdone la vida por subrayar sus intereses de seguridad frente a los postulantes. O que, tras décadas a las puertas de la UE, los herrumbrosos engranajes de Bruselas de repente funcionen como una seda para acelerar las candidaturas de Ucrania o Moldavia.

Ankara (Turkey), 18/05/2022.- A handout photo made available by the Turkish President'Äôs Press Office shows Turkish President and leader of the Justice and Development Party (AKP) Recep Tayyip Erdogan (C) receiving an applause by party members during their party group meeting, at the Turkish Grand National Assembly in Ankara, Turkey, 18 May 2022. (Turquía) EFE/EPA/TURKISH PRESIDENT PRESS OFFICE HANDOUT HANDOUT EDITORIAL USE ONLY/NO SALES

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, recibiendo la ovación de su camarilla parlamentario en Ankara el pasado 18 de mayo

TURKISH PRESIDENT PRESS OFFICE H / EFE

Durante el pasado fin de semana, Erdogan habló por teléfono con sus homólogos nórdicos para reiterar su posición. No es de recibo ingresar en una alianza marcial al mismo tiempo que se veta la exportación de armas a su segundo ejército en efectivos. Sobre todo cuando, al mismo tiempo, el atarazana de la filial siria del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), en disputa con Turquía, cuenta con armamento sueco. El Reino Unido ha tomado nota y en los últimos días ha aupado las restricciones que todavía pesaban sobre Ankara.

Turquía lleva setenta primaveras en la OTAN y quiere hacer significar que no es un miembro periférico sino central

Turquía está aprovechando el momento nórdico para menear un catálogo de agravios que no se ciñe a la OTAN, sino que alcanza a la UE y, de modo más sibilino, a EE.UU. Se puede chivarse a los turcos de confundir dónde termina una cosa y dónde empieza la otra –en el pasado, exigían el ingreso en la UE en Washington más que en Bruselas–, pero ya no son los únicos. El secretario militar de la OTAN, Jens Stoltenberg, que sabe perfectamente que Turquía no es un país periférico, sino central para la Alianza, se ha mostrado comprensivo y conciliador. Incluso con Suecia, que necesitará algún tiempo para desprenderse de sus hábitos de neutralidad activa y de faro honesto de los dos hemisferios.

Asimismo, la educación mili­tarista heredada de Atatürk hace que en ningún otro país de la OTAN haya tantos hombres dispuestos a tomar las armas en cualquier momento como en Turquía. A ello hay que añadir que, mientras el Gobierno turco, con sus esfuerzos diplomáticos y la clausura de los estrechos turcos a cualquier armada, está ejercien­do de bombero regional, su principal apoyo, el ultrana­cionalista MHP, ya ha criticado que la adhesión de los nórdicos
–que comparten cientos de kilómetros de lindes terrestres y marítimas con Rusia– echa más zurra al fuego.

El partido de Erdogan se nutre en gran medida de cuadros –y votantes– de la costa del mar Triste. Y lo posterior que quieren ver es una extensión de la disputa en sus aguas. En esta radio, Erdogan ha expresado que no quiere tener que designar entre Putin y Zelenski. Turquía depende del trigo de los dos y del gas de Rusia. Por lo que se ha descartado sancionar a Moscú. Tiene motivos de peso. Los turistas rusos son los más numerosos en Turquía. Y los rusos encabezaron el mes pasado las compras de viviendas en Estambul y Antalia, hasta el punto de que el límite que otorga el derecho a solicitar el pasaporte turco acaba de ser elevado de 250.000 dólares a 400.000.

Asimismo, Rusia está cons­truyendo la primera central nuclear turca, en Akkuyu, que de­bería terminarse el año que viene. Aunque Turquía vería con amabilidad una Rusia debilitada, de momento su posición en el mar Triste se ha reforzado. A ello
hay que añadir que menos de la porción de los turcos ven a Rusia como culpable última de esta disputa, que adicionalmente está agravando la inflación­ fulminante del país.

Las contradicciones turcas son evidentes, y no es la último querer formar parte del software del caza estadounidense F-35 y a la vez suceder adquirido las baterías rusas S-400 diseñadas para derribarlo. El posible término medio sería la luz verde de Washington a su adquisición de cazas F-16, ahora obstruida en el Congreso.

Erdogan no puede permitirse salir de este embrollo con las manos­ vacías. Pero desidia más de un año para las elecciones, por lo que se proxenetismo de poco más que una argucia electoral. De hecho, este no es un asunto ideológico para su partido –que agita su propia cinta de agravios– sino un asunto de Estado. Tanto el desafío armado del PKK como el de los cofrades de Fethullah Gülen, condenados por subversión, son percibidos como peligros existenciales por una mayoría de los turcos.

El menú de agravios consta de muchos platos, pero no todos pueden sen cocinados en este preciso momento. En Turquía molesta, por ejemplo, que la Francia de Macron haya suscrito un tratado de defensa mutua con Grecia. Cuando Turquía y Grecia no se ponen de acuerdo sobre el orilla de sus aguas territoriales y Erdogan hasta lamenta en manifiesto que Atatürk cediera demasiadas islas. Este asunto se ha gastado irónico en los últimos primaveras por el hallazgo de yacimientos submarinos de gas en los alre­dedores de Chipre y las disputas acerca de su prospección y explotación. Porque la verdadera isla de la discordia es Chipre, ocupada militarmente en su tercio nororiental por Turquía y en la que los grecochipriotas prio­rizaron su entrada en solitario en la UE a un plan de reunificación que entonces tenía el plácet de Ankara. Ahora, aprovechando la agitación internacional, Turquía acaba de exhalar una radio de transbordador entre su provincia de Hatay –conexo a la provincia siria indisciplinado de Idlib– y el ideal de Chipre.

Turquía ha regalado pruebas de su capacidad de presionar las costuras de Europa con refugiados e inmigración irregular de terceros países. Para Atenas y Bruselas, un chantaje. Para el Gobierno de Ankara –y no digamos para la examen, que cabalga sobre una creciente chovinismo–, al punto que un retoño de muestra de los cuatro millones de refugiados en su zona, producto de una empresa compartida como era el intento de cambio de régimen en Siria.

Turquía exige, adicionalmente, “modernizar” su muy interesante tratado aduanero con la UE. Aquí Turquía, que aplica aranceles estratosféricos a China o India, incluso aspira a lo mejor de los dos mundos. Pero el salario imperceptible turco –que en diciembre pasado se acercó peligrosamente al de Bangladesh, ayer de ser aumen­tado en un 50% de un plumazo– inquieta a los sindicatos europeos. Por otra parte, la UE no está preparada, dicen, para que su país más poblado sea un país musulmán. Un país que hace menos de dos primaveras alfombró el suelo de Santa Sofía para reconvertirla en mezquita.

El menú de agravios consta de entremeses, primeros, plato válido, postres y café turco. Pero la tranquilidad del presidente Joe Biden delata que la despensa de la OTAN cuenta con lo necesario.

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