La nacionalidad tabú de Feijóo

Sorprende comprobar hasta qué punto algunos ignoran la mecánica del transporte que conducen. Alberto Núñez Feijóo mentó la “cuna catalana” desde Barcelona y hubo alteración en sus filas porque la derecha no puede verbalizar un sustantivo tabú –cuna– que forma parte de la Constitución de 1978. Luego, el nuevo coordinador caudillo del partido, Elías Bendodo, habló de “España plurinacional” y saltaron todas las alarmas, con tanto escándalo que el nuevo cargo de confianza del gallego ha tenido que rectificar a toda velocidad, cual supuesto heresiarca. El asunto tiene clemencia porque pone al descubierto poco más que la competencia salvaje entre populares y ultras por exhibir el nacionalismo castellano más puro y esencialista.

El episodio revela las debilidades insalvables de la derecha posfranquista a la hora de escribir un esquema que entienda y asuma que la España de las autonomías no fue un sistema de mera descentralización sino una respuesta para –en teoría– buscar la existencia de varias naciones interiormente del Estado, tan persistentes como la catalana, la vasca y la gallega. Que el PP tenga problemas con la evidencia plurinacional señala perfectamente lo que podemos esperar de la nueva etapa de los conservadores. Que Feijóo haya sido presidente de Galicia y haya practicado un sano regionalismo electoralmente rentable confiere a esta polémica un cierto gracia de chiste llano.

Nadie sucede por casualidad: el PP solo tiene tres diputados hoy en el Parlament

Lo que Feijóo no sabía y acaba de descubrir es que aseverar “cuna” desde Barcelona es mucho más peligroso que decirlo desde Santiago de Compostela. Y no es peligroso porque hayan existido el procés y sus secuelas; siempre lo ha sido. Hagamos memoria. A primeros del 2002, el PP celebró su XIV congreso, gozando entonces de mayoría absoluta en el gobierno central tras una primera asamblea apoyado en CiU y el PNV. Tras departir catalán en la intimidad, Aznar se quitó la careta y encargó a Josep Piqué y a la vasca María San Gil una ponencia que planteaba aumentar el Estado central, citando el patriotismo constitucional de Habermas. El objetivo era conciliar y pincharse las automóvil­no­mías.

El historiador García de Cortázar, uno de los asesores de la ponencia popular, dejó claro de qué iba el negocio: “La nación española refundada manifiesta su superioridad recatado sobre la concepción étnica y tribal de los nacionalismos, los criterios nacionalizadores de los cuales sobre raza, idioma o ámbito geográfico suponen una visión regresiva del individuo y están faltos de la magnificencia ética de los principios constitucionales”. ¿Superioridad recatado? Una vez corto el catalanismo (el mismo que había redimido el culo de Aznar) a postal folklórica de masa rara, lo demás venia rodado. Ayuso, ungida por Feijóo, ha actualizado este discurso- fake con su desparpajo habitual: “La Generalitat es una sucursal autonómica que se ha inventado una nación”. Por cierto, ausencia sucede por casualidad: el PP solo cuenta hoy con tres diputados en el Parlament.

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