En el 2021, según el vaivén de criminalidad publicado por el Servicio del Interior, los delitos contra la espontaneidad sexual (agresiones sexuales con penetración y resto de delitos sexuales contra la espontaneidad e indemnidad sexual) han aumentado un 22% en Andalucía. Los menores constituyen el vínculo más débil, las víctimas más indefensas y vulnerables y cuyas consecuencias sufren toda la vida.
Andalucía, según se recoge en el mensaje sobre delitos contra la espontaneidad e indemnidad sexual 2020, minucioso por el Servicio del Interior y el posterior donde quedan desglosados el tipo de agresiones a menores, es la comunidad más afectada por este tipo de infracciones.
En concreto, de los 10.293 hechos esclarecidos en todo el paraje doméstico, 1.824 proceden de esta comunidad generando 2.252 víctimas y un 49,1% son menores con edades comprendidas entre los 0 y los 17 abriles.
Este porcentaje, según la ordenamiento Save the Children, perfila a grosso modoel problema, pero no se ajusta a la existencia. De hecho, la oenegé señala que en España solo se denuncia un 15% de los casos, por lo que muchos de ellos siguen sin conocerse, así como considera que la magnitud de los abusos en el país afecta a entre 10 y 20 menores de cada cien.
Save the Children estima que las denuncias solo representan el 15% de los delitos
No hay un perfil determinado del abusador y queda descartada la vinculación de la comisión del delito con problemas mentales, si aceptablemente se ha demostrado que en la mayoría de los casos los delincuentes son hombres (97%) de entre 18 y 40 abriles (86%) y de ciudadanía española (67%) que detectan la fragilidad de los chicos y les imponen la ley del silencio para cometer sus fechorías.
Hay otro porcentaje de agresores, entre un 10%-15%, que son menores abusando de menores, como señala la psicóloga y directora de programas de infancia, adolescencia y violencia de la Fundación Márgenes y Vínculos, Celia Nevado.
Nevado hace una relación directa entre el consumo de porno por parte de los adolescentes con las conductas sexuales abusivas con destino a sus iguales. “Tienen casi seis veces más probabilidad de cultivar violencia sexual” con otros menores aquellos que “ven intencionadamente pornografía, y sobre todo de tipo violenta, que aquellos que no la ven”, declara.
La violencia sabido, es sostener, el depredador forma parte del entorno más cercano del irreflexivo, suele ser el origen de la mayoría de los casos detectados. En este sentido, las niñas con edades comprendidas entre los 7 y los 9 abriles son las más afectadas, mientras que los niños de entre 11 y 12 abriles suelen ser víctimas de algún conocido con autoridad. O lo que es lo mismo, seis de cada diez agresores son conocidos de los menores en desigual jerarquía, y es esta proximidad “lo que les facilita el acercamiento y el engatusamiento”, declara Nevado.
La psicóloga señala varios factores que hacen que los chicos no den el paso para compartir lo que les está sucediendo: las técnicas empleadas por el atacante suelen camuflarse como un diversión; otras veces recurre a las amenazas y, por otro costado, puede hacer percibir a la víctima que “los quieren de una forma peculiar, por lo que ellos guardan silencio para protegerles”.
Sin incautación, llegados a la adolescencia, las víctimas son “capaces de entender lo que les ha sucedido” y “en algunas ocasiones siguen manteniéndolo en silencio por vergüenza, incumplimiento o miedo a que se les eche en cara el no haberlo contado antiguamente”, señala.
La barrera del miedo y el silencio se puede romper en cualquier momento, pero para ello, tal y como insiste Nevado, es necesario desplegar una serie de atención profesional que haga frente a la sintomatología postraumática que la persona pueda presentar, aceptablemente a través del diversión y explicaciones adaptadas para los más pequeños o atendiendo a aspectos relativos a la autoestima, la confianza en los demás y las dudas respecto a la sexualidad en entornos adolescentes.
En este caso, se recurre a una terapia cognitivo conductual y reforzada con otras técnicas complementarias para trabajar con la tribu, y educación afectivo-sexual para aprestar la revictimización.
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